General Conference / Octubre 1998
Los Padres En Sión
Boyd K. Packer
"Los Padres En Sión," , (octubre 1, 1998)
Boyd K. Packer
“Quiero instar a los lideres a considerar más detenidamente el hogar paro que no extiendan llamamientos ni programen actividades que impongan cargas innecesarias sobre los padres y las familias”.
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En 1831 el Señor dio una revelación a los padres de Sión 1 . Es precisamente sobre los padres que deseo hablar.
He servido como miembro del Quórum de los Doce desde hace veintiocho años y serví otros nueve como Ayudante de los Doce, lo cual hace un total de treinta y siete años, exactamente la mitad de mi vida.
Pero tengo otro llamamiento que ha durado mas tiempo aun. Soy padre y abuelo. Me llevó unos cuantos años ganarme el titulo de abuelo y otros veinte años el de bisabuelo. Estos títulos -padre, abuelo, madre y abuela- conllevan responsabilidad y una autoridad que deriva, en parte, de la experiencia. La experiencia es una poderosa maestra.
Mi llamamiento en el sacerdocio define mi posición en la Iglesia y el título de abuelo, en mi posición en la familia. Quiero referirme a los dos en forma conjunta.
El ser padre o madre es una de las ocupaciones más importantes a las cuales puedan dedicarse los Santos de los Últimos Días. Muchos miembros se enfrentan con conflictos al esforzarse por equilibrar sus responsabilidades de padres con su fiel servicio en la Iglesia.
Hay cosas que son de importancia fundamental para el bienestar de una familia y que se encuentran únicamente al ir a la Iglesia. Allí es tan el sacerdocio, el cual faculta al hombre para guiar y bendecir a su esposa e hijos, y los convenios que los unen eternamente.
A los miembros de la Iglesia se les mandó “re[unirse] a menudo” 2 y se les mandó que “al estar reunidos os instruyáis y os edifiquéis unos a otros” 3 . Mosíah y Alma dieron la misma instrucción a los de su pueblo 4 .
Se nos ha mandado “volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres” 5 .
El Señor llamó a José Smith, hijo, por su nombre y le dijo: “… No has guardado los mandamientos, y debes ser reprendido …” 6 . El no había enseñado a sus hijos. Esa es la única ocasión en la que se emplea el vocablo reprender para corregirle.
Su consejero, Frederick G. Williams, cayó bajo la misma condenación: “no has enseñado a tus hijos e hijas la luz y la verdad” 7 . A Sidney Rigdon se le dijo lo mismo, al igual que al obispo Newel K. Whitney 8 , a lo que el Señor añadió: “Lo que digo a uno lo digo a todos” 9 .
Hemos sido testigos de la decadencia de las normas morales, las que siguen desmoronándose con la mayor rapidez. Al mismo tiempo hemos presenciado un rebosamiento de guía inspirada para los padres y para la familia.
Todos los cursos de estudio y todas las actividades de la Iglesia han sido reestructurados y correlacionados con el hogar:
* •
La enseñanza del barrio se convirtió en orientación familiar.
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Se estableció la Noche de Hogar.
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A la genealogía se le dio el nombre nuevo de historia familiar y tiene como finalidad reunir los registros de todas las familias.
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La Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles emitieron la histórica Proclamación sobre la Familia.
* •
La familia llegó a ser, y sigue siendo, el tema preponderante en reuniones, conferencias y consejos.
* •
Todo ello como preludio de una era sin precedentes de edificación de templos en los cuales se ejerce la autoridad para sellar familias para siempre.
¿Alcanzan a ver el espíritu de inspiración que descansa sobre los siervos del Señor y sobre los padres? ¿Entendemos el reto y el ataque que en la actualidad se dirigen contra la familia?
Al llevar a cabo actividades para la familia, fuera del hogar, debemos ejercer cuidado; de lo contrario, podríamos ser como el padre que se propone dar todo a los suyos, que dedica toda su energía a ese fin y lo logra sólo para darse cuenta después de que desatendió lo que más necesitaban: el estar todos juntos como familia. Y. como resultado de ello, recoge pesar en vez de satisfacción.
Cuan fácil resulta, en nuestros deseos de brindar una variedad de programas y actividades, pasar por alto las responsabilidades del padre y de la madre y la necesidad esencial de que la familia pase tiempo junta.
Debemos asegurarnos de que los programas y las actividades de la Iglesia no resulten una carga demasiado pesada para algunas familias. Los principios del Evangelio, cuando se entienden y se llevan a la práctica, fortalecen y protegen tanto a cada persona individualmente como a las familias. La devoción a la familia y la devoción a la Iglesia no son cosas diferentes y separadas.
Recientemente oí la reacción de una dama con respecto a una madre de familia, el cual fue:
“Desde que nació su bebe, no esta haciendo nada en la Iglesia”. Fue casi como ver que tenía al bebe en los brazos cuando respondió con marcada emoción: “Ella esta haciendo algo en la Iglesia: le dio vida a ese niño, le enseña y lo cría con cariño; esta haciendo lo más importante que puede hacer en la Iglesia”.
¿Cómo responderían ustedes a esta pregunta?: “Debido a su hijo discapacitado, ella esta confinada a la casa y él trabaja en dos empleos para hacer frente a los gastos extras. Rara vez asisten; ¿podemos contarlos como miembros activos de la Iglesia?”.
¿Han oído alguna vez a una hermana decir: “Mi marido es muy buen padre, pero nunca ha sido obispo ni presidente de estaca, ni ha hecho nada importante en la Iglesia”. En respuesta a ello, el padre dice vigorosamente: “¿Que hay más importante en la Iglesia que ser un buen padre?”.
La asistencia fiel a la Iglesia, conjuntamente con la cuidadosa atención a las necesidades de la familia, constituye una combinación casi perfecta. En la Iglesia se nos enseña el Gran Plan de la Felicidad’°. En el hogar aplicamos lo que hemos aprendido. Todo llamamiento, todo servicio que prestamos en la Iglesia nos brinda experiencia y valiosos conocimientos que se llevan a la vida familiar.
Tal vez nuestra perspectiva fuera mas clara si pudiéramos, por un momento, considerar la paternidad y la maternidad como un llamamiento en la Iglesia. De hecho, es mucho más que eso, pero si pudiéramos verlos como tal por un momento, llegaríamos a tener mas equilibrio en la forma de programar actividades en las que participen las familias.
No quisiera que nadie se valiera de lo que yo digo como de una excusa para rechazar un llamamiento inspirado del Señor. Lo que si quiero es instar a los líderes a considerar mas detenidamente el hogar para que no extiendan llamamientos ni programen actividades que impongan cargas innecesarias sobre los padres y las familias.
Hace poco leí una carta de un matrimonio joven cuyos llamamientos en la Iglesia a menudo les requieren conseguir a alguien que les cuide a los niños pequeños para que ellos puedan asistir a las reuniones. Esto hace que les resulte muy difícil a ambos estar en casa con sus hijos al mismo tiempo. ¿Ven en esa situación algo que debe corregirse?
Cada vez que se programa una actividad para los jóvenes, se envuelve a la familia, particularmente a la madre.
Tomemos como ejemplo a la madre que, además de su propio llamamiento en la Iglesia, así como el de su marido, debe preparar a sus hijos y correr de una actividad a la otra. Hay madres que se desaniman y hasta se deprimen. Yo recibo cartas en las que se emplea la palabra culpable debido a que no se puede cumplir con todo.
La asistencia a la Iglesia es, o debe ser, un descanso de los apremios de la vida cotidiana; debe ser motivo de paz y de satisfacción. Pero si en cambio acarrea presiones y desaliento, entonces hay algo que esta mal.
Y la Iglesia no es la única responsabilidad que tienen los padres. Hay otras instituciones que con toda legitimidad requieren también el esfuerzo de la familia: la escuela, los empleadores, la comunidad, todos ellos deben incluirse en una medida adecuada.Recientemente una madre me dijo que su familia se había mudado de un barrio apartado donde los miembros viven esparcidos en una zona rural, en el que, por necesidad, todas las actividades se llevan a cabo en una misma noche de la semana, lo cual era magnífico porque les permitía tener tiempo para la familia. Hasta me parece verlos sentados todos juntos alrededor de la mesa.
Se mudaron a una ciudad donde el barrio es mas grande y los miembros viven mas cerca de la capilla. Ella comentó que ahora los miembros de la familia tienen actividades los martes por la noche, los miércoles por la noche, los jueves por la noche, los viernes por la noche, los sábados por la noche y los domingos por la noche. “Es muy difícil para nuestra familia”, comento.
Recuerden que, cuando se programa una actividad para los jóvenes, se envuelve a la familia, particularmente a la madre.
La mayoría de las familias se esfuerzan mucho; pero algunas, cuando se ven agobiadas por dificultades de salud y problemas económicos, simplemente quedan exhaustas al tratar de mantener el ritmo y terminan por caer en la inactividad. No se dan cuenta de que se están apartando de la fuente misma de la luz y la verdad, para ayudar a la familia, y se van desplazando hacia la obscuridad en donde les aguarda el peligro y el desengaño.
Quisiera ahora referirme a lo que ciertamente debe ser el problema más difícil de solucionar. Hay jóvenes que reciben muy poca enseñanza y muy poco apoyo en el hogar. No hay duda de que debemos ofrecer ambas cosas. Pero si en la Iglesia les ofrecemos una constante selección de actividades para compensar lo que no reciben en esos hogares, les resultara difícil a los padres concienzudos disponer del tiempo para dedicar a sus propios hijos. Sólo la oración y la inspiración nos llevaran a encontrar ese delicado punto de equilibrio.
A menudo oímos: “Debemos brindar actividades regulares y entretenidas fuera del hogar pues, de lo contrario, nuestros jóvenes las buscaran en lugares menos sanos”. Algunos de ellos lo harán, pero estoy convencido de que si enseñamos a los padres a ser responsables y les otorgamos tiempo suficiente, a la larga, los hijos estarán en casa.
En el hogar, ellos aprenden lo que no se les puede enseñar eficazmente ni en la Iglesia ni en la escuela. En el hogar aprenden a trabajar y a asumir responsabilidades. Aprenderán lo que deberán hacer cuando tengan sus propios hijos.
Por ejemplo, en la Iglesia, a los niños se les enseña el principio del diezmo, pero es en el hogar donde ese principio se aplica. En el hogar hasta a los hijos más pequeños se les puede enseñar a calcular el diezmo y a pagarlo.
Una vez el presidente Harold B. Lee y su esposa nos visitaron en nuestra casa. La hermana Lee puso un puñado de monedas de un centavo sobre la mesa delante de nuestro pequeño hijo. Le pidió que separara los que brillaban mas y le dijo: “Estos son tu diezmo y pertenecen al Señor. Los demás son para ti”. Pensativo, miro los dos montoncillos y preguntó: “¿No le quedan mas monedas sucias?”. ¡Ahí fue cuando nos dimos cuenta de lo que debíamos enseñarle!
El consejo de barrio es el lugar perfecto para establecer el equilibrio entre el hogar y la Iglesia. Es allí donde los hermanos del sacerdocio, que son también padres, y las hermanas de las organizaciones auxiliares, que son también madres, pueden, de una manera inspirada, coordinar el trabajo de las organizaciones, cada una de las cuales sirve a diferentes miembros de la familia.
Los integrantes del consejo pueden comparar lo que cada organización esta ofreciendo a cada miembro y cuanto tiempo y dinero se requiere. Ellos pueden unir las familias en vez de dividirlas y prestar atención a los hogares en los que haya uno solo de los padres, a los matrimonios sin hijos, a los que no estén casados, a los ancianos, a los discapacitados y ofrecer mucho más que tan sólo actividades para los niños y los jóvenes.
El consejo de barrio dispone de fuentes de ayuda que a menudo se pasan por alto. Por ejemplo, los que son abuelos, mientras no tengan un cargo en la Iglesia, pueden ayudar a familias jóvenes que estén recorriendo el mismo camino que ellos recorrieron un día.
El Señor advirtió a los padres: “Y además, si hay padres que tengan hijos en Sión … y no les enseñen a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, al llegar a la edad de ocho años, el pecado será sobre la cabeza de los padres”“.
El consejo de barrio es ideal para satisfacer nuestras necesidades actuales. Es allí donde se puede establecer el verdadero equilibrio entre el hogar y la familia, y dar a cada uno de estos su debido lugar, y la Iglesia puede apoyar en vez de suplantar a los padres. Ambos padres entenderán tanto su obligación de enseñar a los hijos como las bendiciones que proporciona la Iglesia.
Al mismo tiempo que el mundo se vuelve cada vez más amenazante, los poderes del cielo se acercan mas y más a los padres y a las familias.
Yo he estudiado mucho las Escrituras y he enseñado de ellas.
He leído ampliamente sobre lo que han dicho los profetas y los apóstoles. Esas cosas han ejercido una profunda influencia en mi como hombre y como padre.
Pero la mayoría de las cosas que se sobre lo que nuestro Padre Celestial siente por nosotros, Sus hijos, las he aprendido de lo que siento por mi esposa, por mis hijos y por los hijos de ellos. Todo eso lo aprendí en el hogar; lo aprendí de mis padres y de mis suegros, de mi amada esposa y de mis hijos. Puedo, por tanto, dar testimonio de nuestro amoroso Padre Celestial y de nuestro Señor y Redentor. En el nombre de Jesucristo. Amen.
Show References
1.
1. D. y C. 68:25.
2.
2. D. y C. 20:75.
3.
3. D. y C.43:8.
4.
4. Véase Mosíah 18:25; Alma 6:6.
5.
5. Malaquías 4:6; véase también 3 Nefi 5-6; D. y C. 2:2-3.
6.
6. D. y C. 93:47.
7.
7. Véase D. y C. 93:41-42.
8.
8. D. y C. 93:44, 50.
9.
9. D. y C. 93:49.
10.
10. Véase Alma 12:32.
11.
11. D. y C. 68:25.
jueves, 10 de febrero de 2011
Real sacerdocio
General Conference / Abril 2006
Real sacerdocio
James E. Faust
Mis queridos hermanos, es siempre un privilegio y una seria responsabilidad el dirigirme al sacerdocio de la Iglesia. Quizás ésta sea la reunión más grande de sacerdocio en la historia del mundo. Deseo hablarte a ti, hombre joven, sobre cuán bendecido eres de poseer el Sacerdocio Aarónico, que también se conoce como el “sacerdocio menor”. Pero la palabra menor, sin embargo, no le resta en ningún modo su importancia. No hay nada pequeño en él, ¡especialmente cuando veo qué grandes son algunos de ustedes!
Estoy seguro de que recuerdas lo animado que te sentías la primera vez que repartiste la Santa Cena. Mientras los poseedores del Sacerdocio Aarónico preparan, bendicen y reparten la Santa Cena, ayudan a todos los miembros que participan de ella a volver a comprometerse con el Señor y a renovar su fe en el sacrificio expiatorio del Salvador. A los miembros que participan de la Santa Cena se les recuerda tomar sobre sí el nombre del Hijo, a recordarle siempre y a guardar Sus mandamientos que Él les ha dado, y a procurar tener Su Espíritu consigo. Espero que valores el sacerdocio que posees y cumplas siempre con los deberes que a él corresponden.
Hace poco leí la historia de unos diáconos que habían actuado con una actitud un tanto negligente al repartir la Santa Cena. Habían comenzado a pensar que era una tarea impuesta, algo que nadie más quería hacer. Con frecuencia llegaban tarde y a veces no vestían en forma adecuada. Un domingo su asesor del sacerdocio les dijo: “No tienen que preocuparse por la Santa Cena el día de hoy, ya nos hemos encargado de ello”.
Naturalmente, se sorprendieron al escuchar eso, pero como siempre, habían llegado atrasados a la reunión sacramental. No se preocuparon mucho cuando entraron durante el primer himno y se sentaron en medio de la congregación. Entonces fue que notaron quiénes estaban sentados en la banca de los diáconos: su asesor y los sumos sacerdotes del barrio, entre los que se encontraban hermanos que habían servido como obispos y presidentes de estaca. Todos estaban vestidos con trajes oscuros, con camisas blancas y corbatas. Pero más allá de eso, ellos mostraban una reverencia total mientras llevaban las bandejas de una fila a otra. Ese día, hubo algo más profundo y significativo durante la Santa Cena. Aquellos diáconos que se habían vuelto tan mecánicos en sus deberes aprendieron mediante el ejemplo que repartir la Santa Cena era una responsabilidad sagrada y uno de los más grande honores 1 . Empezaron a darse cuenta de que el sacerdocio es, como lo llamó el apóstol Pedro, un “real sacerdocio” 2 .
Por lo general, el Sacerdocio Aarónico, bajo la dirección del obispado, tiene la responsabilidad de bendecir y repartir la Santa Cena. En el barrio al que asistimos aquí en Salt Lake City, hay muchos fieles miembros adultos pero hay pocos en edad del Sacerdocio Aarónico. Con el correr de los años, he visto a esos sumos sacerdotes y élderes, hombres de fe y grandes logros, repartir la Santa Cena del Señor con humildad y reverencia. En un tiempo, ese grupo de poseedores del sacerdocio lo formaban un juez federal de alto rango, un candidato a gobernador del estado de Utah y otros destacados hombres importantes. Sin embargo, se sentían honrados y evidentemente privilegiados de realizar este sagrado deber del sacerdocio.
El Sacerdocio Aarónico es un gran don de poder espiritual que el Señor confirió a Aarón y a su descendencia 3 . Posee “la llave del ministerio de ángeles y el evangelio preparatorio” 4 y también comprende el “evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados” 5 .
Me gustaría decir unas palabras sobre el ministerio de ángeles. Tanto en tiempos antiguos como en modernos se han aparecido ángeles para dar instrucciones, amonestaciones y guía, que beneficiaban a las personas a quienes visitaban. No nos damos cuenta hasta qué punto el ministerio de ángeles influye en nuestra vida. El presidente Joseph F. Smith dijo: “En igual manera nuestros padres y madres, hermanos, hermanas y amigos que han dejado ya esta tierra, por haber sido fieles y dignos de disfrutar de estos derechos y privilegios, pueden recibir una misión de visitar nuevamente a sus parientes y amigos en la tierra, trayendo de la Presencia divina mensajes de amor, de amonestación, o reprensiones e instrucciones para aquellos a quienes aprendieron a amar en la carne” 6 . Su ministerio ha sido y sigue siendo una parte importante del Evangelio. Los ángeles ministraron a José Smith mientras éste restablecía el Evangelio en su plenitud.
Alma, hijo, tuvo una experiencia personal sobre el ministerio de ángeles. Siendo un joven, se le contaba entre los incrédulos e “indujo a muchos de los del pueblo a que imitaran sus iniquidades”. Un día, “mientras se ocupaba en destruir la iglesia de Dios” en compañía de los hijos de Mosíah, “se les apareció el ángel del Señor; y descendió como en una nube; y les habló como con voz de trueno que hizo temblar el suelo sobre el cual estaban”. El ángel clamó diciendo: “Alma, levántate y acércate, pues ¿por qué persigues tú la iglesia de Dios?”.
Alma se sintió tan agobiado por lo sucedido que se desmayó y tuvieron que llevarlo a su padre. Sólo después de que éste y otras personas hubieron ayunado y orado por dos días, Alma recuperó totalmente su salud y su fuerza. Entonces se puso de pie y comenzó a hablarles: “…me he arrepentido de mis pecados, y el Señor me ha redimido; he aquí, he nacido del Espíritu” 7 . Alma siguió adelante y se convirtió en uno de los más grandes misioneros del Libro de Mormón. Sin embargo, en todos los años de servicio misional, nunca habló de la visita del ángel, sino más bien, eligió testificar que conoció la verdad mediante el Santo Espíritu de Dios.
Sería una gran bendición el recibir instrucción de un ángel; no obstante, como nos enseñó Alma, su conversión final y perdurable sólo la obtuvo después de que hubo “ayunado y orado muchos días” 8 . Su conversión total vino del Espíritu Santo, que está a disposición de todos nosotros si somos dignos.
Los eventos milagrosos no siempre han sido una fuente para la conversión. Por ejemplo, cuando Lamán y Lemuel maltrataron físicamente a sus hermanos menores, se les apareció un ángel y los reprendió para que dejaran de hacerlo. El ángel también les volvió a asegurar que Labán se les entregaría en sus manos. Por un lado, Nefi creyó y obtuvo las planchas de bronce de Labán, mientras que por el otro, Lamán y Lemuel no creyeron ni cambiaron su actitud como resultado de la visita del ángel. Como Nefi les recordó: “¿Cómo es que os habéis olvidado de haber visto a un ángel del Señor?” 9 .
Hombre joven, tú estás edificando tu testimonio que se fortalece mediante la confirmación espiritual que proporciona el Espíritu Santo a través de las experiencias comunes de la vida. Aunque una gran manifestación podría fortalecer tu testimonio, es probable que no ocurra de esa manera.
Mientras que poseer el sacerdocio trae consigo grandes bendiciones, también conlleva grandes obligaciones.
1. 1.
Todos los poseedores del sacerdocio tienen que magnificar sus llamamientos, actuar en el nombre del Señor al grado de que su oficio y llamamiento lo permitan. Magnificamos nuestros llamamientos al seguir la guía de la presidencia del quórum, del obispo y del asesor del quórum. Significa preparar, administrar y repartir la Santa Cena como se nos pide que lo hagamos. También significa cumplir con otras responsabilidades del Sacerdocio Aarónico, como limpiar los centros de reuniones, colocar las sillas para la conferencia de estaca y otras reuniones de la Iglesia, y realizar otros deberes según se asignen.
2. 2.
Los poseedores del Sacerdocio Aarónico o preparatorio, tienen la obligación de reunir las condiciones necesarias para recibir el sacerdocio mayor y la capacitación sobre mayores responsabilidades en el servicio de la Iglesia.
3. 3.
Poseer el Sacerdocio Aarónico trae consigo la responsabilidad de ser un buen ejemplo, tener pensamientos puros y conducta apropiada. Adquirimos estos atributos a medida que cumplimos con los deberes del sacerdocio.
4. 4.
En tu quórum y en otras actividades, tratarás con hombres jóvenes que tienen las mismas normas que tú; y en donde se pueden fortalecer los unos a los otros.
5. 5.
Puedes estudiar las Escrituras y aprender los principios del Evangelio que te ayudarán a prepararte para servir una misión.
6. 6.
Puedes aprender a orar y a reconocer las respuestas.
Doctrina y Convenios describe los diferentes tipos de autoridad que se relacionan con el Sacerdocio Aarónico. Primero, la ordenación al sacerdocio otorga la autoridad para realizar las ordenanzas y poseer el poder del Sacerdocio Aarónico. El obispado es la presidencia del Sacerdocio Aarónico del barrio 10 . Segundo, dentro del sacerdocio hay diferentes oficios, cada uno con diferentes responsabilidades y privilegios. Como diácono se te nombra para velar por la Iglesia y para ser su ministro residente 11 . Como maestro, además de velar siempre por los miembros de la Iglesia, debes “estar con ellos y fortalecerlos” 12 . Como presbítero, tu deber es el de “predicar, enseñar, exponer, exhortar, bautizar y bendecir la santa cena, y visitar la casa de todos los miembros” 13 . Tu obispo, quien posee el oficio de sumo sacerdote, es también el presidente del quórum de presbíteros y dirige la obra del quórum.
A medida que avanzas de uno de esos oficios del Sacerdocio Aarónico a otro, mantendrás la autoridad del anterior. Por ejemplo, quienes son presbíteros todavía tienen la autoridad para realizar todo lo que hacían como diáconos o maestros. Es más, cuando en última instancia seas ordenado al Sacerdocio de Melquisedec, todavía mantendrás los oficios del Sacerdocio Aarónico y actuarás en ellos. El ya fallecido élder LeGrand Richards, que fue miembro del Quórum de los Doce durante muchos años, comprendió muy bien ese principio. A menudo decía: “Sólo soy un diácono adulto”.
Como he mencionado, la enseñanza es uno de los deberes más importantes del Sacerdocio Aarónico. La oportunidad para que tú, siendo un adolescente, enseñes con frecuencia, se presenta mientras sirves como maestro orientador, ya sea como compañero de tu padre o de algún otro poseedor del Sacerdocio de Melquisedec. Cuidar de las necesidades en forma temporal y espiritual es una parte muy importante del “velar por la Iglesia”.
El profeta José Smith dio gran prioridad a la orientación familiar. El hermano Oakley era el maestro orientador del Profeta y cuando él visitaba a la familia Smith: “El Profeta reunía a la familia y ofrecía su propia silla al hermano Oakley, pidiendo a su familia” que lo escucharan con atención 14 .
Todo hombre joven del Sacerdocio Aarónico debe tener el Espíritu consigo en su vida personal, al hacer la orientación familiar, al preparar o repartir la Santa Cena o durante otras actividades del sacerdocio. Debes evitar los tropiezos, siendo la adicción uno de los más grandes.
A todos ustedes, hermanos, les aconsejo que eviten cualquier tipo de adicción. En esta época, Satanás y sus seguidores esclavizan a algunos de nuestros jóvenes más selectos mediante la adicción al alcohol, a todo tipo de drogas, a la pornografía, al tabaco y a otros trastornos compulsivos. Algunas personas parecen nacer con una debilidad por esas sustancias y tan sólo el probarlas da como resultado una adicción incontrolable. Algunas adicciones incluso alteran el funcionamiento del cerebro y crean un deseo vehemente que domina la razón y el juicio. Estas adicciones destruyen no sólo la vida de quienes no se resisten a ellas sino también la de sus padres, cónyuge e hijos. Como el profeta Jeremías se lamentó: “Nunca los reyes de la tierra, ni todos los que habitan en el mundo, creyeron que el enemigo y el adversario entrara por las puertas…” 15 .
El Señor en Su sabiduría nos ha advertido que se deben evitar por completo las sustancias que no son buenas para nosotros. Se nos ha advertido que no debemos tomar el primer trago, ni fumar el primer cigarrillo, ni experimentar con drogas. La curiosidad y la presión de los compañeros son razones egoístas para experimentar con sustancias adictivas. Debemos detenernos y considerar todas las consecuencias, no sólo para nosotros y nuestro futuro sino para nuestros seres queridos. Estas consecuencias son físicas pero también ponen en riesgo la pérdida del Espíritu y hacen que caigamos bajo las garras de Satanás.
Testifico sobre la influencia purificadora, espiritual, consoladora, fortalecedora y de restricción que el sacerdocio ha tenido en mí. He vivido bajo su influencia espiritual durante toda mi vida: En casa de mi abuelo, en la de mi padre y luego en la mía propia. El utilizar el incomparable poder y la autoridad del sacerdocio que otorga poder a los demás, que sana y que bendice, proporciona un gran sentimiento de humildad. Que vivamos en forma digna de poseer la autoridad del sacerdocio para actuar en el nombre de Dios, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
Show References
1.
1. Adaptado de Laird Roberts, véase “El mayor de los honores”, Liahona, noviembre de 1984, pág. 40.
2.
2. 1 Pedro 2:9.
3.
3. Véase D. y C. 84:18.
4.
4. D. y C. 84:26.
5.
5. D. y C. 13:1.
6.
6. Doctrina del Evangelio, 1939, pág. 430.
7.
7. Véase Mosíah 27:8, 10, 11, 13–15, 24.
8.
8. Alma 5:46.
9.
9. 1 Nefi 7:10.
10.
10. Véase D. y C. 107:15.
11.
11. Véase D. y C. 84:111; Véase también D. y C. 20:57–59.
12.
12. D. y C. 20:53.
13.
13. D. y C. 20:46–47.
14.
14. William G. Hartley, “Ordained and Acting Teachers in the Lesser Priesthood, 1851–1883”, Brigham Young University Studies, Spring 1976, pág. 384.
15.
15. Lamentaciones 4:12.
Real sacerdocio
James E. Faust
Mientras que poseer el sacerdocio trae consigo grandes bendiciones, también conlleva grandes obligaciones.
Mis queridos hermanos, es siempre un privilegio y una seria responsabilidad el dirigirme al sacerdocio de la Iglesia. Quizás ésta sea la reunión más grande de sacerdocio en la historia del mundo. Deseo hablarte a ti, hombre joven, sobre cuán bendecido eres de poseer el Sacerdocio Aarónico, que también se conoce como el “sacerdocio menor”. Pero la palabra menor, sin embargo, no le resta en ningún modo su importancia. No hay nada pequeño en él, ¡especialmente cuando veo qué grandes son algunos de ustedes!
Estoy seguro de que recuerdas lo animado que te sentías la primera vez que repartiste la Santa Cena. Mientras los poseedores del Sacerdocio Aarónico preparan, bendicen y reparten la Santa Cena, ayudan a todos los miembros que participan de ella a volver a comprometerse con el Señor y a renovar su fe en el sacrificio expiatorio del Salvador. A los miembros que participan de la Santa Cena se les recuerda tomar sobre sí el nombre del Hijo, a recordarle siempre y a guardar Sus mandamientos que Él les ha dado, y a procurar tener Su Espíritu consigo. Espero que valores el sacerdocio que posees y cumplas siempre con los deberes que a él corresponden.
Hace poco leí la historia de unos diáconos que habían actuado con una actitud un tanto negligente al repartir la Santa Cena. Habían comenzado a pensar que era una tarea impuesta, algo que nadie más quería hacer. Con frecuencia llegaban tarde y a veces no vestían en forma adecuada. Un domingo su asesor del sacerdocio les dijo: “No tienen que preocuparse por la Santa Cena el día de hoy, ya nos hemos encargado de ello”.
Naturalmente, se sorprendieron al escuchar eso, pero como siempre, habían llegado atrasados a la reunión sacramental. No se preocuparon mucho cuando entraron durante el primer himno y se sentaron en medio de la congregación. Entonces fue que notaron quiénes estaban sentados en la banca de los diáconos: su asesor y los sumos sacerdotes del barrio, entre los que se encontraban hermanos que habían servido como obispos y presidentes de estaca. Todos estaban vestidos con trajes oscuros, con camisas blancas y corbatas. Pero más allá de eso, ellos mostraban una reverencia total mientras llevaban las bandejas de una fila a otra. Ese día, hubo algo más profundo y significativo durante la Santa Cena. Aquellos diáconos que se habían vuelto tan mecánicos en sus deberes aprendieron mediante el ejemplo que repartir la Santa Cena era una responsabilidad sagrada y uno de los más grande honores 1 . Empezaron a darse cuenta de que el sacerdocio es, como lo llamó el apóstol Pedro, un “real sacerdocio” 2 .
Por lo general, el Sacerdocio Aarónico, bajo la dirección del obispado, tiene la responsabilidad de bendecir y repartir la Santa Cena. En el barrio al que asistimos aquí en Salt Lake City, hay muchos fieles miembros adultos pero hay pocos en edad del Sacerdocio Aarónico. Con el correr de los años, he visto a esos sumos sacerdotes y élderes, hombres de fe y grandes logros, repartir la Santa Cena del Señor con humildad y reverencia. En un tiempo, ese grupo de poseedores del sacerdocio lo formaban un juez federal de alto rango, un candidato a gobernador del estado de Utah y otros destacados hombres importantes. Sin embargo, se sentían honrados y evidentemente privilegiados de realizar este sagrado deber del sacerdocio.
El Sacerdocio Aarónico es un gran don de poder espiritual que el Señor confirió a Aarón y a su descendencia 3 . Posee “la llave del ministerio de ángeles y el evangelio preparatorio” 4 y también comprende el “evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados” 5 .
Me gustaría decir unas palabras sobre el ministerio de ángeles. Tanto en tiempos antiguos como en modernos se han aparecido ángeles para dar instrucciones, amonestaciones y guía, que beneficiaban a las personas a quienes visitaban. No nos damos cuenta hasta qué punto el ministerio de ángeles influye en nuestra vida. El presidente Joseph F. Smith dijo: “En igual manera nuestros padres y madres, hermanos, hermanas y amigos que han dejado ya esta tierra, por haber sido fieles y dignos de disfrutar de estos derechos y privilegios, pueden recibir una misión de visitar nuevamente a sus parientes y amigos en la tierra, trayendo de la Presencia divina mensajes de amor, de amonestación, o reprensiones e instrucciones para aquellos a quienes aprendieron a amar en la carne” 6 . Su ministerio ha sido y sigue siendo una parte importante del Evangelio. Los ángeles ministraron a José Smith mientras éste restablecía el Evangelio en su plenitud.
Alma, hijo, tuvo una experiencia personal sobre el ministerio de ángeles. Siendo un joven, se le contaba entre los incrédulos e “indujo a muchos de los del pueblo a que imitaran sus iniquidades”. Un día, “mientras se ocupaba en destruir la iglesia de Dios” en compañía de los hijos de Mosíah, “se les apareció el ángel del Señor; y descendió como en una nube; y les habló como con voz de trueno que hizo temblar el suelo sobre el cual estaban”. El ángel clamó diciendo: “Alma, levántate y acércate, pues ¿por qué persigues tú la iglesia de Dios?”.
Alma se sintió tan agobiado por lo sucedido que se desmayó y tuvieron que llevarlo a su padre. Sólo después de que éste y otras personas hubieron ayunado y orado por dos días, Alma recuperó totalmente su salud y su fuerza. Entonces se puso de pie y comenzó a hablarles: “…me he arrepentido de mis pecados, y el Señor me ha redimido; he aquí, he nacido del Espíritu” 7 . Alma siguió adelante y se convirtió en uno de los más grandes misioneros del Libro de Mormón. Sin embargo, en todos los años de servicio misional, nunca habló de la visita del ángel, sino más bien, eligió testificar que conoció la verdad mediante el Santo Espíritu de Dios.
Sería una gran bendición el recibir instrucción de un ángel; no obstante, como nos enseñó Alma, su conversión final y perdurable sólo la obtuvo después de que hubo “ayunado y orado muchos días” 8 . Su conversión total vino del Espíritu Santo, que está a disposición de todos nosotros si somos dignos.
Los eventos milagrosos no siempre han sido una fuente para la conversión. Por ejemplo, cuando Lamán y Lemuel maltrataron físicamente a sus hermanos menores, se les apareció un ángel y los reprendió para que dejaran de hacerlo. El ángel también les volvió a asegurar que Labán se les entregaría en sus manos. Por un lado, Nefi creyó y obtuvo las planchas de bronce de Labán, mientras que por el otro, Lamán y Lemuel no creyeron ni cambiaron su actitud como resultado de la visita del ángel. Como Nefi les recordó: “¿Cómo es que os habéis olvidado de haber visto a un ángel del Señor?” 9 .
Hombre joven, tú estás edificando tu testimonio que se fortalece mediante la confirmación espiritual que proporciona el Espíritu Santo a través de las experiencias comunes de la vida. Aunque una gran manifestación podría fortalecer tu testimonio, es probable que no ocurra de esa manera.
Mientras que poseer el sacerdocio trae consigo grandes bendiciones, también conlleva grandes obligaciones.
1. 1.
Todos los poseedores del sacerdocio tienen que magnificar sus llamamientos, actuar en el nombre del Señor al grado de que su oficio y llamamiento lo permitan. Magnificamos nuestros llamamientos al seguir la guía de la presidencia del quórum, del obispo y del asesor del quórum. Significa preparar, administrar y repartir la Santa Cena como se nos pide que lo hagamos. También significa cumplir con otras responsabilidades del Sacerdocio Aarónico, como limpiar los centros de reuniones, colocar las sillas para la conferencia de estaca y otras reuniones de la Iglesia, y realizar otros deberes según se asignen.
2. 2.
Los poseedores del Sacerdocio Aarónico o preparatorio, tienen la obligación de reunir las condiciones necesarias para recibir el sacerdocio mayor y la capacitación sobre mayores responsabilidades en el servicio de la Iglesia.
3. 3.
Poseer el Sacerdocio Aarónico trae consigo la responsabilidad de ser un buen ejemplo, tener pensamientos puros y conducta apropiada. Adquirimos estos atributos a medida que cumplimos con los deberes del sacerdocio.
4. 4.
En tu quórum y en otras actividades, tratarás con hombres jóvenes que tienen las mismas normas que tú; y en donde se pueden fortalecer los unos a los otros.
5. 5.
Puedes estudiar las Escrituras y aprender los principios del Evangelio que te ayudarán a prepararte para servir una misión.
6. 6.
Puedes aprender a orar y a reconocer las respuestas.
Doctrina y Convenios describe los diferentes tipos de autoridad que se relacionan con el Sacerdocio Aarónico. Primero, la ordenación al sacerdocio otorga la autoridad para realizar las ordenanzas y poseer el poder del Sacerdocio Aarónico. El obispado es la presidencia del Sacerdocio Aarónico del barrio 10 . Segundo, dentro del sacerdocio hay diferentes oficios, cada uno con diferentes responsabilidades y privilegios. Como diácono se te nombra para velar por la Iglesia y para ser su ministro residente 11 . Como maestro, además de velar siempre por los miembros de la Iglesia, debes “estar con ellos y fortalecerlos” 12 . Como presbítero, tu deber es el de “predicar, enseñar, exponer, exhortar, bautizar y bendecir la santa cena, y visitar la casa de todos los miembros” 13 . Tu obispo, quien posee el oficio de sumo sacerdote, es también el presidente del quórum de presbíteros y dirige la obra del quórum.
A medida que avanzas de uno de esos oficios del Sacerdocio Aarónico a otro, mantendrás la autoridad del anterior. Por ejemplo, quienes son presbíteros todavía tienen la autoridad para realizar todo lo que hacían como diáconos o maestros. Es más, cuando en última instancia seas ordenado al Sacerdocio de Melquisedec, todavía mantendrás los oficios del Sacerdocio Aarónico y actuarás en ellos. El ya fallecido élder LeGrand Richards, que fue miembro del Quórum de los Doce durante muchos años, comprendió muy bien ese principio. A menudo decía: “Sólo soy un diácono adulto”.
Como he mencionado, la enseñanza es uno de los deberes más importantes del Sacerdocio Aarónico. La oportunidad para que tú, siendo un adolescente, enseñes con frecuencia, se presenta mientras sirves como maestro orientador, ya sea como compañero de tu padre o de algún otro poseedor del Sacerdocio de Melquisedec. Cuidar de las necesidades en forma temporal y espiritual es una parte muy importante del “velar por la Iglesia”.
El profeta José Smith dio gran prioridad a la orientación familiar. El hermano Oakley era el maestro orientador del Profeta y cuando él visitaba a la familia Smith: “El Profeta reunía a la familia y ofrecía su propia silla al hermano Oakley, pidiendo a su familia” que lo escucharan con atención 14 .
Todo hombre joven del Sacerdocio Aarónico debe tener el Espíritu consigo en su vida personal, al hacer la orientación familiar, al preparar o repartir la Santa Cena o durante otras actividades del sacerdocio. Debes evitar los tropiezos, siendo la adicción uno de los más grandes.
A todos ustedes, hermanos, les aconsejo que eviten cualquier tipo de adicción. En esta época, Satanás y sus seguidores esclavizan a algunos de nuestros jóvenes más selectos mediante la adicción al alcohol, a todo tipo de drogas, a la pornografía, al tabaco y a otros trastornos compulsivos. Algunas personas parecen nacer con una debilidad por esas sustancias y tan sólo el probarlas da como resultado una adicción incontrolable. Algunas adicciones incluso alteran el funcionamiento del cerebro y crean un deseo vehemente que domina la razón y el juicio. Estas adicciones destruyen no sólo la vida de quienes no se resisten a ellas sino también la de sus padres, cónyuge e hijos. Como el profeta Jeremías se lamentó: “Nunca los reyes de la tierra, ni todos los que habitan en el mundo, creyeron que el enemigo y el adversario entrara por las puertas…” 15 .
El Señor en Su sabiduría nos ha advertido que se deben evitar por completo las sustancias que no son buenas para nosotros. Se nos ha advertido que no debemos tomar el primer trago, ni fumar el primer cigarrillo, ni experimentar con drogas. La curiosidad y la presión de los compañeros son razones egoístas para experimentar con sustancias adictivas. Debemos detenernos y considerar todas las consecuencias, no sólo para nosotros y nuestro futuro sino para nuestros seres queridos. Estas consecuencias son físicas pero también ponen en riesgo la pérdida del Espíritu y hacen que caigamos bajo las garras de Satanás.
Testifico sobre la influencia purificadora, espiritual, consoladora, fortalecedora y de restricción que el sacerdocio ha tenido en mí. He vivido bajo su influencia espiritual durante toda mi vida: En casa de mi abuelo, en la de mi padre y luego en la mía propia. El utilizar el incomparable poder y la autoridad del sacerdocio que otorga poder a los demás, que sana y que bendice, proporciona un gran sentimiento de humildad. Que vivamos en forma digna de poseer la autoridad del sacerdocio para actuar en el nombre de Dios, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
Show References
1.
1. Adaptado de Laird Roberts, véase “El mayor de los honores”, Liahona, noviembre de 1984, pág. 40.
2.
2. 1 Pedro 2:9.
3.
3. Véase D. y C. 84:18.
4.
4. D. y C. 84:26.
5.
5. D. y C. 13:1.
6.
6. Doctrina del Evangelio, 1939, pág. 430.
7.
7. Véase Mosíah 27:8, 10, 11, 13–15, 24.
8.
8. Alma 5:46.
9.
9. 1 Nefi 7:10.
10.
10. Véase D. y C. 107:15.
11.
11. Véase D. y C. 84:111; Véase también D. y C. 20:57–59.
12.
12. D. y C. 20:53.
13.
13. D. y C. 20:46–47.
14.
14. William G. Hartley, “Ordained and Acting Teachers in the Lesser Priesthood, 1851–1883”, Brigham Young University Studies, Spring 1976, pág. 384.
15.
15. Lamentaciones 4:12.
Las responsabilidades del sacerdocio
Liahona, Mayo de 2009,
Las responsabilidades del sacerdocio
Élder Claudio R. M. Costa
De la Presidencia de los Setenta
Claudio R. M. Costa, "Las responsabilidades del sacerdocio", Liahona, Mayo de 2009, 56
Claudio R. M. Costa
Como poseedores del sacerdocio, podemos ser una poderosa influencia en la vida de los demás.
04285_002_021
Élder Andersen, de parte de los Setentas, me gustaría decirle que le queremos y le sostenemos con nuestro corazón y fe.
Mis queridos hermanos, es un privilegio sagrado ser parte de las reales huestes del Señor 1 . Me siento humilde al estar ante ustedes, y los imagino reunidos en diversos lugares del mundo.
En la reunión mundial de capacitación de líderes del 21 de junio de 2003, el presidente Gordon B. Hinckley nos enseñó que como poseedores del sacerdocio tenemos una responsabilidad cuatripartita. Él dijo: “Cada uno de nosotros tiene una responsabilidad cuatripartita. Primero, la responsabilidad para con nuestra familia. Segundo, la responsabilidad para con nuestro empleador. Tercero, la responsabilidad para con la obra del Señor. Cuarto, la responsabilidad para con nosotros mismos” 2 .
Esas cuatro áreas de responsabilidad son vitalmente importantes.
El presidente Hinckley dijo: “Es fundamental que no desatiendan a su familia. Nada de lo que tienen es más valioso” 3 .
Como padres, nuestra responsabilidad es dirigir a la familia en la oración familiar diaria, el estudio diario de las Escrituras y la noche de hogar. Debemos establecer prioridades y preservar esas oportunidades de edificar y fortalecer los cimientos espirituales de nuestra familia. El presidente Hinckley dijo: “Procuren que nada lo obstaculice. Considérenlo sagrado” 4 .
Hablando de la noche de hogar, dijo: “Sea para ustedes sagrada la noche del lunes para la noche de hogar” 5 .
Al igual que los padres, los hijos también tienen cosas que exigen su tiempo en todo aspecto de su vida. Tienen actividades en la Iglesia, en la escuela y con los amigos. Muchos de nuestros hijos asisten a escuelas en las que son una minoría y, con frecuencia, hay eventos escolares los lunes por la noche. Actividades como deportes, prácticas y ensayos, coros y otras actividades. Debemos mantener el lunes por la noche libre de compromisos para llevar a cabo la noche de hogar. No hay otra actividad más importante para la familia.
Es durante la noche de hogar y otras situaciones familiares que preparamos a nuestros hijos para recibir las bendiciones del Señor. El élder Russell M. Nelson, del Quórum de los Doce, dijo: “Es nuestra la responsabilidad de asegurarnos de que llevemos a cabo la oración familiar, el estudio de las Escrituras y la noche de hogar. Es nuestra la responsabilidad de preparar a nuestros hijos para que reciban las ordenanzas de salvación y de exaltación” 6 .
La noche de hogar es una oportunidad muy especial para fortalecernos a nosotros mismos y a cada miembro de la familia. Es importante que todos los miembros de la familia tengan una asignación. Un niño podría compartir la lección de la Primaria que tuvo el domingo anterior. La noche de hogar fortaleció la fe y el testimonio de mi propia familia.
El estudio diario de las Escrituras es otra actividad familiar importante. Recuerdo cuando mi hijo tenía siete años. Una noche había tormenta y se cortó la luz de casa mientras él se duchaba. Mi esposa le dijo que terminara rápido, y que luego tomara una vela y bajara lentamente para efectuar la oración familiar. Le advirtió que tuviera cuidado de no dejar caer la vela en la alfombra porque podría causar un incendio y la casa podría quemarse. Varios minutos después, bajó las escaleras con la vela en una mano y las Escrituras en la otra. Su mamá le preguntó por qué traía las Escrituras, y él contestó: “Mamá, si la casa se quema, ¡tengo que salvar mis Escrituras!”. Supimos que nuestro esfuerzo para ayudarlo a amar las Escrituras se había sembrado en su corazón para siempre.
En cuanto a la responsabilidad que tenemos con nuestro empleador, el presidente Hinckley dijo: “Tienen una obligación. Sean honrados con su empleador. No realicen trabajo de la Iglesia en el tiempo remunerado por él” 7 .
También nos recordó que nuestro empleo nos permite velar por nuestra familia y ser siervos eficaces en la Iglesia.
Los poseedores del sacerdocio tienen muchas responsabilidades y asignaciones. Tenemos oportunidades de visitar, entrevistar, enseñar y servir a las personas. Es nuestra la sagrada responsabilidad de edificar a los miembros de la Iglesia y ayudar a fortalecer su fe y su testimonio del Salvador Jesucristo. Tenemos oportunidades de velar por las familias a las que servimos como maestros orientadores, de enseñar a los miembros a proveer para sí mismos, para su familia, y para los pobres y necesitados a la manera del Señor. Los poseedores del sacerdocio tienen la responsabilidad de motivar a los jóvenes a prepararse para servir honorablemente en misiones de tiempo completo y para casarse en el templo 8 .
El presidente Ezra Taft Benson enseñó: “Los poseedores del sacerdocio deben velar por los miembros de su quórum y sus familias valiéndose del programa de orientación familiar” 9 .
Debemos preocuparnos por cada miembro de la Iglesia por quien tengamos responsabilidad. La orientación familiar es una de nuestras grandes responsabilidades.
Como padres, también tenemos la sagrada responsabilidad de ser un ejemplo digno para los hijos para ayudarles a ser mejores padres y líderes de su propio hogar. Cito al élder M. Russell Ballard, del Quórum de los Doce: “Pedimos a todos los líderes del sacerdocio, en especial a ustedes, padres, que preparen a sus hijos. Prepárenlos tanto espiritual como temporalmente, para lucir y actuar como siervos del Señor” 10 .
Cuando recibimos el sacerdocio, hacemos un convenio eterno de servir a los demás 11 . Como poseedores del sacerdocio, podemos ser una poderosa influencia en la vida de los demás.
El presidente Thomas S. Monson nos recordó: “Cuán afortunados y bendecidos somos de ser poseedores del Sacerdocio de Dios…
“‘…Siempre tengan presente que la gente espera dirección de ustedes y que están influyendo en la vida de las personas para bien o para mal y esa influencia se sentirá en las generaciones por venir’” 12 .
Nuestro ejemplo siempre se manifestará muy fuerte. En mis años como miembro de la Iglesia, he recibido la influencia del ejemplo de muchos líderes y miembros de la Iglesia. Recuerdo un maravilloso matrimonio que fue un gran ejemplo para nuestra familia y para todo el barrio. Ellos se bautizaron en 1982 y yo era su obispo.
Celso e Irene vivían muy lejos de la capilla. Caminaban 40 minutos de ida y 40 de regreso, y nunca faltaban a una reunión. Siempre estaban allí sonrientes y dispuestos a servir a los demás. Celso e Irene tienen un hijo, Marcos, que nació con una discapacidad física y mental. Recuerdo bien cómo lo cuidaban con mucho amor. En 1999, Celso tuvo una hemorragia cerebral que lo dejó paralizado de la cintura para abajo, pero siguió yendo fielmente a la Iglesia con su familia. Eran fieles en el pago del diezmo y daban una generosa ofrenda de ayuno. Nuestro hijo Moroni es ahora su obispo y me dijo que Celso e Irene continúan sirviendo fielmente. No sólo prestan servicio en sus llamamientos del barrio, sino también como obreros de las ordenanzas en el Templo de São Paulo, Brasil, cada viernes; allí sirven desde muy temprano hasta muy tarde. Siempre contribuyen de buena voluntad su tiempo y sus recursos al cumplir fielmente con sus responsabilidades en la Iglesia.
El presidente Monson aconsejó: “La mayoría de los actos de servicio de los poseedores del sacerdocio se realizan calladamente y sin ostentación; una sonrisa amistosa, un cálido apretón de manos, un testimonio sincero de la verdad, pueden literalmente elevar vidas, cambiar la naturaleza humana y salvar almas preciosas” 13 .
Ésa es la clase de servicio callado que brindan Celso e Irene.
Al considerar el prudente uso de nuestro tiempo y recursos para satisfacer las necesidades de nuestra familia, nuestro empleo y los llamamientos de la Iglesia, es importante recordar que todo poseedor del sacerdocio tiene que progresar espiritualmente. Es una responsabilidad que tenemos con nosotros mismos, y es importante recordar que todos tenemos ayudantes 14 ; el consejo de nuestros profetas, videntes y reveladores es la ayuda más valiosa que recibimos.
Nuestro Salvador nos invitó a cada uno individualmente:
“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas…
“…porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” 15 .
Cuando efectuemos Su obra y hagamos Su voluntad en lugar de la nuestra, comprenderemos que el yugo es fácil, y ligera la carga. Él siempre estará con nosotros, y nos revelará la porción exacta que necesitamos para obtener el éxito en la familia, en nuestro trabajo y en toda responsabilidad que tengamos en Su Iglesia. Nos ayudará a crecer individualmente y como hermanos en el sacerdocio.
Sé que la Iglesia es verdadera. Sé que José Smith es un profeta de Dios. Sé que Thomas S. Monson es el profeta actual en la tierra hoy día. Sé que Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Show References
Notas
1. 1.
Véase “¡Mirad! Reales huestes”, Himnos Nº 163.
2. 2.
Gordon B. Hinckley, “Regocijémonos en el privilegio de servir”, Reunión mundial de capacitación de líderes, 21 de junio de 2003, pág. 23.
3. 3.
Reunión mundial de capacitación de líderes, 21 de junio de 2003, pág. 23
4. 4.
Véase Reunión mundial de capacitación de líderes, 21 de junio de 2003, pág. 23.
5. 5.
Reunión mundial de capacitación de líderes, 21 de junio de 2003, pág. 24.
6. 6.
Russell M. Nelson, “Nuestro deber sagrado de honrar a la mujer”, Liahona, julio de 1999, pág. 47.
7. 7.
Reunión mundial de capacitación de líderes, 21 de junio de 2003, pág. 24.
8. 8.
Véase carta de la Primera Presidencia, “Énfasis en la capacitación de líderes”, 25 de septiembre de 1996.
9. 9.
Ezra Taft Benson, “Fortalece tus estacas”, Liahona, agosto de 1991, pág. 6.
10. 10.
Véase M. Russell Ballard, “Preparaos para servir”, Liahona, julio de 1985.
11. 11.
Véase élder M. Russell Ballard, The Greater Priesthood: Giving a Lifetime of Service in the Kingdom, Ensign, septiembre de 1992, pág. 71.
12. 12.
Thomas S. Monson, “Ejemplos de rectitud”, Liahona, mayo de 2008, págs. 65, 66.
13. 13.
“Aprendamos, hagamos, seamos”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 62.
14. 14.
Véase Reunión mundial de capacitación de líderes, 21 de junio de 2003, pág. 24.
15. 15.
Mateo 11:29–30.
Las responsabilidades del sacerdocio
Élder Claudio R. M. Costa
De la Presidencia de los Setenta
Claudio R. M. Costa, "Las responsabilidades del sacerdocio", Liahona, Mayo de 2009, 56
Claudio R. M. Costa
Como poseedores del sacerdocio, podemos ser una poderosa influencia en la vida de los demás.
04285_002_021
Élder Andersen, de parte de los Setentas, me gustaría decirle que le queremos y le sostenemos con nuestro corazón y fe.
Mis queridos hermanos, es un privilegio sagrado ser parte de las reales huestes del Señor 1 . Me siento humilde al estar ante ustedes, y los imagino reunidos en diversos lugares del mundo.
En la reunión mundial de capacitación de líderes del 21 de junio de 2003, el presidente Gordon B. Hinckley nos enseñó que como poseedores del sacerdocio tenemos una responsabilidad cuatripartita. Él dijo: “Cada uno de nosotros tiene una responsabilidad cuatripartita. Primero, la responsabilidad para con nuestra familia. Segundo, la responsabilidad para con nuestro empleador. Tercero, la responsabilidad para con la obra del Señor. Cuarto, la responsabilidad para con nosotros mismos” 2 .
Esas cuatro áreas de responsabilidad son vitalmente importantes.
El presidente Hinckley dijo: “Es fundamental que no desatiendan a su familia. Nada de lo que tienen es más valioso” 3 .
Como padres, nuestra responsabilidad es dirigir a la familia en la oración familiar diaria, el estudio diario de las Escrituras y la noche de hogar. Debemos establecer prioridades y preservar esas oportunidades de edificar y fortalecer los cimientos espirituales de nuestra familia. El presidente Hinckley dijo: “Procuren que nada lo obstaculice. Considérenlo sagrado” 4 .
Hablando de la noche de hogar, dijo: “Sea para ustedes sagrada la noche del lunes para la noche de hogar” 5 .
Al igual que los padres, los hijos también tienen cosas que exigen su tiempo en todo aspecto de su vida. Tienen actividades en la Iglesia, en la escuela y con los amigos. Muchos de nuestros hijos asisten a escuelas en las que son una minoría y, con frecuencia, hay eventos escolares los lunes por la noche. Actividades como deportes, prácticas y ensayos, coros y otras actividades. Debemos mantener el lunes por la noche libre de compromisos para llevar a cabo la noche de hogar. No hay otra actividad más importante para la familia.
Es durante la noche de hogar y otras situaciones familiares que preparamos a nuestros hijos para recibir las bendiciones del Señor. El élder Russell M. Nelson, del Quórum de los Doce, dijo: “Es nuestra la responsabilidad de asegurarnos de que llevemos a cabo la oración familiar, el estudio de las Escrituras y la noche de hogar. Es nuestra la responsabilidad de preparar a nuestros hijos para que reciban las ordenanzas de salvación y de exaltación” 6 .
La noche de hogar es una oportunidad muy especial para fortalecernos a nosotros mismos y a cada miembro de la familia. Es importante que todos los miembros de la familia tengan una asignación. Un niño podría compartir la lección de la Primaria que tuvo el domingo anterior. La noche de hogar fortaleció la fe y el testimonio de mi propia familia.
El estudio diario de las Escrituras es otra actividad familiar importante. Recuerdo cuando mi hijo tenía siete años. Una noche había tormenta y se cortó la luz de casa mientras él se duchaba. Mi esposa le dijo que terminara rápido, y que luego tomara una vela y bajara lentamente para efectuar la oración familiar. Le advirtió que tuviera cuidado de no dejar caer la vela en la alfombra porque podría causar un incendio y la casa podría quemarse. Varios minutos después, bajó las escaleras con la vela en una mano y las Escrituras en la otra. Su mamá le preguntó por qué traía las Escrituras, y él contestó: “Mamá, si la casa se quema, ¡tengo que salvar mis Escrituras!”. Supimos que nuestro esfuerzo para ayudarlo a amar las Escrituras se había sembrado en su corazón para siempre.
En cuanto a la responsabilidad que tenemos con nuestro empleador, el presidente Hinckley dijo: “Tienen una obligación. Sean honrados con su empleador. No realicen trabajo de la Iglesia en el tiempo remunerado por él” 7 .
También nos recordó que nuestro empleo nos permite velar por nuestra familia y ser siervos eficaces en la Iglesia.
Los poseedores del sacerdocio tienen muchas responsabilidades y asignaciones. Tenemos oportunidades de visitar, entrevistar, enseñar y servir a las personas. Es nuestra la sagrada responsabilidad de edificar a los miembros de la Iglesia y ayudar a fortalecer su fe y su testimonio del Salvador Jesucristo. Tenemos oportunidades de velar por las familias a las que servimos como maestros orientadores, de enseñar a los miembros a proveer para sí mismos, para su familia, y para los pobres y necesitados a la manera del Señor. Los poseedores del sacerdocio tienen la responsabilidad de motivar a los jóvenes a prepararse para servir honorablemente en misiones de tiempo completo y para casarse en el templo 8 .
El presidente Ezra Taft Benson enseñó: “Los poseedores del sacerdocio deben velar por los miembros de su quórum y sus familias valiéndose del programa de orientación familiar” 9 .
Debemos preocuparnos por cada miembro de la Iglesia por quien tengamos responsabilidad. La orientación familiar es una de nuestras grandes responsabilidades.
Como padres, también tenemos la sagrada responsabilidad de ser un ejemplo digno para los hijos para ayudarles a ser mejores padres y líderes de su propio hogar. Cito al élder M. Russell Ballard, del Quórum de los Doce: “Pedimos a todos los líderes del sacerdocio, en especial a ustedes, padres, que preparen a sus hijos. Prepárenlos tanto espiritual como temporalmente, para lucir y actuar como siervos del Señor” 10 .
Cuando recibimos el sacerdocio, hacemos un convenio eterno de servir a los demás 11 . Como poseedores del sacerdocio, podemos ser una poderosa influencia en la vida de los demás.
El presidente Thomas S. Monson nos recordó: “Cuán afortunados y bendecidos somos de ser poseedores del Sacerdocio de Dios…
“‘…Siempre tengan presente que la gente espera dirección de ustedes y que están influyendo en la vida de las personas para bien o para mal y esa influencia se sentirá en las generaciones por venir’” 12 .
Nuestro ejemplo siempre se manifestará muy fuerte. En mis años como miembro de la Iglesia, he recibido la influencia del ejemplo de muchos líderes y miembros de la Iglesia. Recuerdo un maravilloso matrimonio que fue un gran ejemplo para nuestra familia y para todo el barrio. Ellos se bautizaron en 1982 y yo era su obispo.
Celso e Irene vivían muy lejos de la capilla. Caminaban 40 minutos de ida y 40 de regreso, y nunca faltaban a una reunión. Siempre estaban allí sonrientes y dispuestos a servir a los demás. Celso e Irene tienen un hijo, Marcos, que nació con una discapacidad física y mental. Recuerdo bien cómo lo cuidaban con mucho amor. En 1999, Celso tuvo una hemorragia cerebral que lo dejó paralizado de la cintura para abajo, pero siguió yendo fielmente a la Iglesia con su familia. Eran fieles en el pago del diezmo y daban una generosa ofrenda de ayuno. Nuestro hijo Moroni es ahora su obispo y me dijo que Celso e Irene continúan sirviendo fielmente. No sólo prestan servicio en sus llamamientos del barrio, sino también como obreros de las ordenanzas en el Templo de São Paulo, Brasil, cada viernes; allí sirven desde muy temprano hasta muy tarde. Siempre contribuyen de buena voluntad su tiempo y sus recursos al cumplir fielmente con sus responsabilidades en la Iglesia.
El presidente Monson aconsejó: “La mayoría de los actos de servicio de los poseedores del sacerdocio se realizan calladamente y sin ostentación; una sonrisa amistosa, un cálido apretón de manos, un testimonio sincero de la verdad, pueden literalmente elevar vidas, cambiar la naturaleza humana y salvar almas preciosas” 13 .
Ésa es la clase de servicio callado que brindan Celso e Irene.
Al considerar el prudente uso de nuestro tiempo y recursos para satisfacer las necesidades de nuestra familia, nuestro empleo y los llamamientos de la Iglesia, es importante recordar que todo poseedor del sacerdocio tiene que progresar espiritualmente. Es una responsabilidad que tenemos con nosotros mismos, y es importante recordar que todos tenemos ayudantes 14 ; el consejo de nuestros profetas, videntes y reveladores es la ayuda más valiosa que recibimos.
Nuestro Salvador nos invitó a cada uno individualmente:
“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas…
“…porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” 15 .
Cuando efectuemos Su obra y hagamos Su voluntad en lugar de la nuestra, comprenderemos que el yugo es fácil, y ligera la carga. Él siempre estará con nosotros, y nos revelará la porción exacta que necesitamos para obtener el éxito en la familia, en nuestro trabajo y en toda responsabilidad que tengamos en Su Iglesia. Nos ayudará a crecer individualmente y como hermanos en el sacerdocio.
Sé que la Iglesia es verdadera. Sé que José Smith es un profeta de Dios. Sé que Thomas S. Monson es el profeta actual en la tierra hoy día. Sé que Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Show References
Notas
1. 1.
Véase “¡Mirad! Reales huestes”, Himnos Nº 163.
2. 2.
Gordon B. Hinckley, “Regocijémonos en el privilegio de servir”, Reunión mundial de capacitación de líderes, 21 de junio de 2003, pág. 23.
3. 3.
Reunión mundial de capacitación de líderes, 21 de junio de 2003, pág. 23
4. 4.
Véase Reunión mundial de capacitación de líderes, 21 de junio de 2003, pág. 23.
5. 5.
Reunión mundial de capacitación de líderes, 21 de junio de 2003, pág. 24.
6. 6.
Russell M. Nelson, “Nuestro deber sagrado de honrar a la mujer”, Liahona, julio de 1999, pág. 47.
7. 7.
Reunión mundial de capacitación de líderes, 21 de junio de 2003, pág. 24.
8. 8.
Véase carta de la Primera Presidencia, “Énfasis en la capacitación de líderes”, 25 de septiembre de 1996.
9. 9.
Ezra Taft Benson, “Fortalece tus estacas”, Liahona, agosto de 1991, pág. 6.
10. 10.
Véase M. Russell Ballard, “Preparaos para servir”, Liahona, julio de 1985.
11. 11.
Véase élder M. Russell Ballard, The Greater Priesthood: Giving a Lifetime of Service in the Kingdom, Ensign, septiembre de 1992, pág. 71.
12. 12.
Thomas S. Monson, “Ejemplos de rectitud”, Liahona, mayo de 2008, págs. 65, 66.
13. 13.
“Aprendamos, hagamos, seamos”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 62.
14. 14.
Véase Reunión mundial de capacitación de líderes, 21 de junio de 2003, pág. 24.
15. 15.
Mateo 11:29–30.
Lección 6: La orientación familiar
Deberes y bendiciones del Sacerdocio, Parte B / Lección 6: La orientación familiar
"Lección 6: La orientación familiar," El sacerdocio y el gobierno de la Iglesia, ()
31112_002_010
El propósito de esta lección es ayudarnos a entender y a cumplir con nuestro llamamiento de maestro orientador.
Introducción
Al ser maestros, presbíteros o poseedores del Sacerdocio de Melquisedec, se nos puede llamar para hacer la orientación familiar. Una de las formas de magnificar nuestros llamamientos del sacerdocio es mediante la enseñanza, el cuidado y la ayuda a los miembros de la Iglesia. El programa de la orientación familiar nos brinda esta oportunidad.
Los líderes del sacerdocio son quienes nos llaman para ser maestros orientadores. En las ramas y en los barrios ya organizados, esto lo hace el líder del quórum del Sacerdocio de Melquisedec después de haber consultado con el obispo o con el presidente de rama. Dos poseedores del sacerdocio sirven como compañeros de la orientación familiar y se espera que ambos visiten regularmente a los miembros que se les haya asignado.
* •
Muestre la ayuda visual 6-a, “El líder del quórum es el que llama a los maestros orientadores”.
El élder Boyd K. Packer dijo en una oportunidad: “He oído a algunos hombres decir, en su respuesta a una pregunta acerca de su asignación en la Iglesia: ‘Solamente soy maestro orientador’ ”; y entonces explicó que la orientación familiar es una de las asignaciones del sacerdocio más importantes de la Iglesia. Los maestros orientadores son guardianes de un rebaño; se les nombra en donde el ministerio es más importante. Ellos son siervos del Señor (véase, “Cuán gran su protección”, Liahona, julio de 1973, págs. 8–9).
Los maestros orientadores: Siervos del Señor
La siguiente historia, relatada por el hermano Earl Stowell, nos demuestra la importancia de la orientación familiar. Se asignó al hermano Stowell y a su compañero para que fueran los maestros orientadores de algunas familias menos activas del barrio. El hermano Stowell relata lo siguiente:
“Algunos días después… llegamos a una casa en particular. Como soy bajo de estatura, siempre he tenido que mirar para arriba cuando quiero mirar a alguien a los ojos; pero esta vez tuve que bajar la cabeza a medida que abría la puerta, pues se presentaba ante mí un hombrecito de no más de un metro y medio de estatura.
* •
Muestre la ayuda visual 6-b, “Pequeño Ben”.
“Era delgado [y entrado en años], pero su postura derecha y sus movimientos llenos de energía, evidenciaban que los años tendrían mucho que luchar para encorvar su fuerte espalda. Sus ojos, pequeños y penetrantes, estaban en extremo separados; su boca lucía como un corte derecho en la porción inferior del rostro y parecía ir de oreja a oreja; su rostro curtido se asemejaba al cuero grueso arrugado.
“Le dijimos que éramos vecinos y que éramos miembros de la Iglesia; que habíamos pasado para conocerlo. Se notaba un poco molesto cuando nos invitó a pasar a una pequeña sala, bien equipada con ceniceros… Nos contó que manejaba un camión y yo pensé que debía de ser una camioneta; pero no era así, se trataba nada menos que de un gigantesco camión volquete (basculador). ¡Me quedé admirado!
“ ‘Los conductores de estos camiones son generalmente hombres grandes. ¿Cómo hace para…?’
“Me interrumpió diciendo: ‘Tengo una llave inglesa, de 30 centímetros, bastante pesada, cerca del asiento en la cabina… Mis compañeros lo saben y eso nos hace iguales’…
“A medida que pasaban los meses, esperábamos ansiosos el día en que nos tocaba visitar a Ben. Una tarde cuando lo visitamos, se lo veía muy cansado, por lo que sólo estuvimos unos pocos minutos. Cuando íbamos saliendo, Ben nos miró y dijo: ‘¿Cuándo van a comenzar a decirme las cosas que tengo que hacer, dejar de fumar, asistir a la Iglesia y todo lo demás?’.
“Le respondí: ‘Ben, nosotros nos sentiríamos mucho más felices si usted ya estuviera haciendo esas cosas, pero es usted quien debe decidir lo que debe hacer con su vida. Estamos seguros que le ofenderíamos si le dijéramos lo que tiene que hacer, sabiendo que usted mismo ya lo sabe. Nosotros venimos a verlo, bueno… porque nuestra familia no está completa sin usted’. Él me estrechó la mano por unos segundos.
“Pocos días después, aquella misma semana, recibí una llamada telefónica. Era la voz de Ben. ‘¿A qué hora es la reunión del sacerdocio?’ De inmediato me ofrecí para ir a buscarlo en mi automóvil y para tener compañía en mi viaje hacia la capilla.
“La respuesta: ‘No, conozco el camino y nadie tiene que llevarme adonde yo sé que debo estar’.
“Cuando llegué a la capilla, él estaba parado fuera, esperando. ‘Creo que es mejor que no entre hasta que deje de fumar’, murmuró. Le respondí que sería mucho más fácil dejar de fumar con la ayuda del Señor’. Él dijo: ‘He fumado desde que tenía ocho años y dudo que pueda dejar de fumar ahora’. Le aseguré que yo sabía que podría hacerlo.
“Muy pronto le dieron el sobrenombre de ‘Pequeño Ben’ y a pesar de su escasa educación, su estatura y edad, hizo buenos amigos y pronto comenzó a tomar parte en cuanto proyecto llevaba a cabo el quórum de élderes.
“Una tarde sonó el teléfono: ‘Tengo que hablar con usted’. Su voz estaba al borde de la histeria. ‘Me han pedido que sea maestro orientador. No puedo hacerlo; fumo y no sé nada de nada. ¿Cómo puedo enseñarle a la gente lo que yo mismo no sé? ¿Qué voy a hacer?’
“Eso me preocupó, ya que ‘Pequeño Ben’ era una persona muy especial para nosotros y no queríamos perderlo nuevamente. Comencé a orar en silencio con mucho ahínco. Respiré profundamente y luego comencé a hablar: ‘Ben, ¿le dijimos nosotros alguna vez lo que tenía que hacer?’.
“ ‘No, ustedes sólo me demostraron que yo era importante para ustedes… y en realidad me sentí importante. Quizá ésa es la razón por la que comencé a asistir a la Iglesia’.
“ ‘Ben, cuando le conocimos descubrimos en usted a alguien que valía la pena cualquier sacrificio y esfuerzo. Ahora, ¿podría usted visitar a estas personas y también acordarse lo importante que ellas son? ¿Podría usted visitarlas y luego decirles que son tan importantes como para verlos de vez en cuando, y que le gustaría compartir con ellos algo que usted mismo ha encontrado?’
“Hubo varios minutos de silencio y luego dijo: ‘Por seguro que lo voy a hacer’.
“Al volver del trabajo yo frecuentemente pasaba por la calle donde vivían las familias que visitaba Ben, todas eran menos activas y la mayoría tenía a uno de los padres que no era miembro de la Iglesia y no asistían a las reuniones. Una tarde vi a Ben que caminaba muy rápido llevando una sandía, la más grande que había visto aquella estación; sus manos aferraban fuertemente la sandía y daba la impresión de que hacía un verdadero esfuerzo con cada paso que daba. Había caminado casi tres cuadras desde el mercado y, finalmente, lo vi entrar en una de las casas.
“La próxima vez que me encontré con él, le dije que lo había visto con la sandía. Bajó la cabeza y agregó: ‘Lo que pasó fue que cuando iba para casa pasé frente al mercado y me puse a pensar en esos muchachos. Su padre está sin trabajo y las sandías son escasas y cuestan caras. Yo sabía que ellos no las habían probado este año; así que entré y compré la sandía más grande que encontré’.
“Algunos días después lo vi caminar vivamente en el calor de la tarde, llevando una tarjeta de cumpleaños. Él me contó más tarde: ‘Hay una niñita que sólo tiene hermanos y son ellos los que tienen toda la atención, de manera que pensé que en vez de poner la carta en el correo, la llevaría personalmente, así ella también se sentiría importante. Hace algunas semanas, unos chicos le sacaron un brazo a una de sus muñecas. Nadie prestó atención al hecho y sólo la dueña de la muñeca se veía triste. Me llevé la muñeca, le arreglé el resorte que sujetaba el brazo y quedó otra vez en perfecto estado. Ahora, cuando voy a visitarla, ella se acomoda con la muñeca en el suelo y apoya su cabecita en mi pierna’. Me pareció sentir un poco de emoción en la voz de Ben mientras hablaba.
“No había pasado mucho tiempo cuando recibí una llamada telefónica llena de emoción: ‘Una de las niñitas de las familias que yo visito se va a bautizar’. Era el resultado tangible de su orientación familiar y yo me alegré muchísimo.
“Esas familias no habían tenido contacto con la Iglesia en los últimos cinco años, fuera de los maestros orientadores y alguna visita ocasional de las maestras visitantes de la Sociedad de Socorro. Pero Ben me llamó por lo menos ocho veces en los próximos tres años, siempre emocionado, para contarme de una bendición que iba a realizarse, de un bautismo, o de algún jovencito que avanzaba en el sacerdocio. Una vez le pregunté cuál era el secreto para influenciar tan positivamente la vida de tanta gente, a lo que él me contestó: ‘Simplemente hice lo que usted me dijo: No les hice saber que era mejor que ellos o lo que yo consideraba que tenían que hacer. Les dije que el Señor en su bondad había puesto la mesa espiritual para su familia y que cuando ellos no participaba con nosotros, quedaba un espacio vacío y que así la familia no estaba completa’.
“Ahora, cuando visitamos a nuestras familias, siempre tenemos presente el buen ejemplo de ‘Pequeño Ben’ ”(“Little Ben”, Ensign, marzo de 1977, págs. 66–68).
¿Cuál fue la clave del éxito de los maestros orientadores de “Pequeño Ben”? ¿Cómo usó Ben la misma clave, cuando él sirvió como maestro orientador?
Las responsabilidades de los maestros orientadores
* •
Muestre la ayuda visual 6-c, “Se llama a los maestros orientadores para que visiten a las familias”.
El Señor le dio la responsabilidad a los maestros orientadores de visitar los hogares de los miembros y alentarlos para que oren y cumplan con los deberes familiares. Él los ha llamado a ser “guardas” para que cuiden y protejan a Sus hijos (véase Jeremías 31:6; Ezequiel 33:1–9).
El presidente Harold B. Lee dijo que los maestros orientadores deben entender que su misión es proteger, fortalecer y ayudar a los miembros a llevar a cabo su deber; pidió que los líderes del sacerdocio cambiaran el énfasis de ser maestros del hogar que presentan una lección, para ser guardianes del hogar que protejan la Iglesia. Cuando comprendamos este concepto, haremos una orientación familiar que dé resultados. (Véase Seminario para Representantes Regionales, abril de 1972, pág. 8.)
¿Qué significa ser un guarda de la Iglesia? ¿Por qué es importante que antes de enseñarles, las familias que visitamos comprendan que son importantes para nosotros? (Refiérase a la historia de “Pequeño Ben”.)
Como maestros orientadores, representamos al obispo o al presidente de rama ante las familias que visitamos. Como tales, debemos informar a nuestros líderes del sacerdocio, en una entrevista personal del sacerdocio, el resultado de las visitas y las necesidades de los miembros que se nos han asignado. Por supuesto que siempre que encontremos a alguien enfermo o si hubiera algún otro problema en las familias asignadas, debemos informar a nuestro líder del sacerdocio inmediatamente, sin tener que esperar hasta la entrevista personal.
Las familias necesitan a los maestros orientadores
Como maestros orientadores debemos pensar en las necesidades de los miembros que nos han sido asignados… Debemos entender tanto las necesidades individuales como las familiares y hacer las visitas con el propósito de elevar almas; no sólo para hacer una visita más. Debemos amar a cada uno y sentir el deseo de ayudar; debemos ayudar a los que tengan necesidades y ayudarles a desarrollar valor y fortaleza.
Pida a los miembros de la clase que indiquen las necesidades que tienen la mayoría de las familias. Anote las respuestas en la pizarra. Agregue otras necesidades que se sugieran más adelante en la lección.
Cada familia de la Iglesia necesita el Espíritu de nuestro Padre Celestial. El presidente David O. McKay ha dicho: “Como maestros orientadores es nuestro deber llevar el espíritu divino a todo hogar y a todo corazón”. (Presidente Marion G. Romney, “Las responsabilidades de los maestros orientadores”, Liahona, octubre de 1973, pág. 13.) Para ayudar a las familias que visitamos a obtener el Espíritu, debemos alentarles para que lleven a cabo la noche de hogar, que oren en familia y que tengan sus oraciones individuales, además de pedirles que participen activamente en la Iglesia (véase D. y C. 20:53–55).
Otra necesidad de toda familia es la ayuda que reciba en tiempos de enfermedad. El Señor nos ha aconsejado que en tiempos de enfermedad llamemos a los élderes de la Iglesia. Como maestros orientadores debemos saber cuándo los miembros de las familias que nos han sido asignadas están enfermos. Por esta razón, debemos estar preparados y ser dignos para bendecirlos si ellos lo pidieran. (Véase Santiago 5:14–15.)
Toda persona y toda familia enfrenta desafíos en la vida y, en ocasiones, se desanima. Como maestros orientadores debemos, con espíritu de oración, localizar los problemas individuales y familiares y buscar maneras de apoyar, animar y ayudar de la mejor manera que podamos a los padres, a los niños y a los adultos solteros que se nos haya asignado. El simplemente ofrecer ayuda no es suficiente.
Tanto las familias como los individuos necesitan a los maestros orientadores. Algunas veces no se dan cuenta de esto, pero la verdad es que en realidad los necesitan. Si como maestros orientadores oramos y somos diligentes en nuestros esfuerzos por buscar maneras de ayudar a las personas y a las familias bajo nuestra responsabilidad, recibiremos la inspiración para guiarnos al proporcionarles las bendiciones que ellos tanto necesitan.
¿De qué manera satisfizo “Pequeño Ben” las necesidades de las familias que visitaba como maestro orientador?
El siguiente relato demuestra la forma en que un buen maestro orientador ayudó a una familia:
“El hermano y la hermana Robertson… eran una pareja joven y muy activa en la Iglesia, pero no tenían sus noches de hogar ni sus oraciones familiares, ‘porque solamente somos nosotros dos’. Mi compañero y yo les dimos lecciones sobre estos temas y los alentamos; pero no tuvimos éxito…
“Durante las próximas dos semanas mi compañero y yo nos reunimos varias veces para hablar de las posibles necesidades de las familias que visitábamos. Determinamos las cosas que en verdad necesitaban una atención especial y en nuestra próxima visita pusimos a prueba un nuevo método. A los hermanos Robertson no les preguntamos, ‘¿Qué podemos hacer para ayudarlos?’, sino ‘¿Les gustaría venir a mi casa el próximo jueves para participar con nosotros en una noche de hogar especial con nuestra familia?’ A lo que ellos respondieron que lo harían gustosos…
“Un domingo, después de la reunión sacramental, el hermano y la hermana Robertson se acercaron y me dieron su testimonio de que se sentían más felices desde que comenzaron a tener oraciones familiares y sus noches de hogar” (Don B. Center, “The Day We Really Started Home Teaching”, Ensign, junio de 1977, págs. 18–19).
Ayuda para los padres
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Muestre la ayuda visual 6-d, “Los maestros orientadores deben ayudar al padre a dirigir a su familia”.
La Iglesia de Jesucristo fue establecida para la salvación de la familia y no de la persona en forma individual solamente. El padre de familia, como jefe de hogar, tiene la primordial responsabilidad de dirigir a su familia hacia la exaltación. Para poder actuar con eficacia los maestros orientadores tienen que entender este principio y, como tales, debemos reconocer que hemos sido llamados para ayudar al padre de familia o al jefe del hogar en sus esfuerzos para guiar a su familia hacia la perfección.
Una de las maneras de saber cómo podemos ayudar a la familia es tener primero una reunión a solas con el jefe del hogar. En esa oportunidad podemos preguntarle cuáles son las necesidades de la familia y qué es lo que quiere que hagamos para ayudarle a satisfacerlas
La siguiente historia demuestra la forma en que dos maestros orientadores hicieron su trabajo a través del padre.
“Samuel García no era miembro de la Iglesia. Su esposa y sus hijos lo eran, motivo por el cual las organizaciones auxiliares y los maestros orientadores visitaban a la familia García. Estas visitas eran dirigidas por lo general a los de la familia que eran miembros de la Iglesia. Por consiguiente, el hermano García se disculpaba o no se presentaba a la hora de las visitas…
“Durante los últimos dos años un nuevo maestro orientador, el hermano Moreno, fue asignado a la familia García. Después de haberse presentado a ellos y después de comentar con el líder del sacerdocio sobre la situación de la familia, el hermano Moreno sintió una fuerte impresión de que debía concentrar su atención en el jefe de familia, el hermano García. Durante los meses siguientes lo hizo de una manera deliberada y bien pensada. Por ejemplo, nunca hacía una cita para la visita por medio de la hermana García, sino más bien por medio de su esposo… En estas visitas comentaba con él la forma en que podría ayudar a cada uno de los miembros de su familia. Al principio, al hermano García le extrañó esta deferencia, ya que no estaba de acuerdo con el modelo acostumbrado, pero pronto sintió aprecio por el hermano Moreno. Se hicieron muchas visitas muy cordiales al hogar, pero rara vez se dio un mensaje directo del Evangelio a la familia.
“Cierta noche, el hermano Moreno hablaba en forma privada con el hermano García en la sala de la casa y le preguntó: ‘¿Samuel, cómo es que con una familia tan maravillosa y con todo lo que ellos hacen en la Iglesia, usted nunca pensó en ser miembro de la Iglesia?’. El hermano Moreno quedó asombrado con la respuesta. ‘Creo que nadie nunca me preguntó si estaba interesado. Efectivamente, yo he leído mucho de la literatura de su Iglesia y creo tanto como usted’.
“Un mes más tarde Samuel García fue bautizado y actualmente toda su familia ha sido sellada a él en el templo” (véase, Cuando te hayas convertido [Manual del Sacerdocio de Melquisedec, 1974], págs. 210–211).
Pida a un maestro orientador que dé su testimonio sobre la orientación familiar. Después pida a un padre que dé su testimonio sobre el efecto que haya tenido la orientación familiar en su familia.
Conclusión
Como maestros orientadores se nos ha dado la responsabilidad de cuidar a las familias de la Iglesia. Debemos visitarlas regularmente y enseñarles el Evangelio, y al mismo tiempo alentarlas para que vivan dignamente. A fin de cumplir con nuestros llamamientos debemos desarrollar nuestro amor por cada miembro de la familia que visitemos y trabajar con los jefes de los hogares, orando constantemente, con objeto de reconocer las necesidades de las familias que visitamos, y ayudar a satisfacer esas necesidades.
Cometidos
1. 1.
Considere sus responsabilidad como maestro orientador mediante la oración.
2. 2.
Determine las maneras en que puede:
1. a.
Mejorar su trabajo como maestro orientador.
2. b.
Ayudar a su compañero a ser mejor maestro orientador.
3. c.
Trabajar con el padre de cada familia que le sea asignada.
4. d.
Satisfacer las necesidades de cada miembro de la familia.
3. 3.
Analice con su propia familia la forma en que ustedes puedan ayudar a sus maestros orientadores. Si lo desea, puede leer la historia “Visita al profeta José Smith”, en Deberes y bendiciones del sacerdocio, Parte A, lección 6, bajo “Deberes del Maestro”.
Pasajes adicionales de las Escrituras
Juan 21:15–17 (el mandamiento de enseñar a otros).
Efesios 5:23 (el marido es el cabeza del hogar).
2 Timoteo 2:2 (los fieles enseñan a otras personas).
1 Pedro 5:1–4 (la responsabilidad de los élderes).
D. y C. 46:27 (se da el don de discernimiento a los maestros orientadores).
D. y C. 84:106 (el fuerte debe edificar al débil).
Preparación del maestro
Antes de presentar esta lección:
1. 1.
Estudie D. y C. 20:46–47, 51–55.
2. 2.
Al final de la lección invite:
1. a.
A un maestro orientador para que dé su testimonio acerca de la orientación familiar.
2. b.
A un padre para que dé su testimonio acerca del efecto que haya tenido la orientación familiar en su propia familia.
3. 3.
Pida a los miembros de la clase que lean o presenten las historias y los pasajes de las Escrituras de esta lección.
"Lección 6: La orientación familiar," El sacerdocio y el gobierno de la Iglesia, ()
31112_002_010
El propósito de esta lección es ayudarnos a entender y a cumplir con nuestro llamamiento de maestro orientador.
Introducción
Al ser maestros, presbíteros o poseedores del Sacerdocio de Melquisedec, se nos puede llamar para hacer la orientación familiar. Una de las formas de magnificar nuestros llamamientos del sacerdocio es mediante la enseñanza, el cuidado y la ayuda a los miembros de la Iglesia. El programa de la orientación familiar nos brinda esta oportunidad.
Los líderes del sacerdocio son quienes nos llaman para ser maestros orientadores. En las ramas y en los barrios ya organizados, esto lo hace el líder del quórum del Sacerdocio de Melquisedec después de haber consultado con el obispo o con el presidente de rama. Dos poseedores del sacerdocio sirven como compañeros de la orientación familiar y se espera que ambos visiten regularmente a los miembros que se les haya asignado.
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Muestre la ayuda visual 6-a, “El líder del quórum es el que llama a los maestros orientadores”.
El élder Boyd K. Packer dijo en una oportunidad: “He oído a algunos hombres decir, en su respuesta a una pregunta acerca de su asignación en la Iglesia: ‘Solamente soy maestro orientador’ ”; y entonces explicó que la orientación familiar es una de las asignaciones del sacerdocio más importantes de la Iglesia. Los maestros orientadores son guardianes de un rebaño; se les nombra en donde el ministerio es más importante. Ellos son siervos del Señor (véase, “Cuán gran su protección”, Liahona, julio de 1973, págs. 8–9).
Los maestros orientadores: Siervos del Señor
La siguiente historia, relatada por el hermano Earl Stowell, nos demuestra la importancia de la orientación familiar. Se asignó al hermano Stowell y a su compañero para que fueran los maestros orientadores de algunas familias menos activas del barrio. El hermano Stowell relata lo siguiente:
“Algunos días después… llegamos a una casa en particular. Como soy bajo de estatura, siempre he tenido que mirar para arriba cuando quiero mirar a alguien a los ojos; pero esta vez tuve que bajar la cabeza a medida que abría la puerta, pues se presentaba ante mí un hombrecito de no más de un metro y medio de estatura.
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Muestre la ayuda visual 6-b, “Pequeño Ben”.
“Era delgado [y entrado en años], pero su postura derecha y sus movimientos llenos de energía, evidenciaban que los años tendrían mucho que luchar para encorvar su fuerte espalda. Sus ojos, pequeños y penetrantes, estaban en extremo separados; su boca lucía como un corte derecho en la porción inferior del rostro y parecía ir de oreja a oreja; su rostro curtido se asemejaba al cuero grueso arrugado.
“Le dijimos que éramos vecinos y que éramos miembros de la Iglesia; que habíamos pasado para conocerlo. Se notaba un poco molesto cuando nos invitó a pasar a una pequeña sala, bien equipada con ceniceros… Nos contó que manejaba un camión y yo pensé que debía de ser una camioneta; pero no era así, se trataba nada menos que de un gigantesco camión volquete (basculador). ¡Me quedé admirado!
“ ‘Los conductores de estos camiones son generalmente hombres grandes. ¿Cómo hace para…?’
“Me interrumpió diciendo: ‘Tengo una llave inglesa, de 30 centímetros, bastante pesada, cerca del asiento en la cabina… Mis compañeros lo saben y eso nos hace iguales’…
“A medida que pasaban los meses, esperábamos ansiosos el día en que nos tocaba visitar a Ben. Una tarde cuando lo visitamos, se lo veía muy cansado, por lo que sólo estuvimos unos pocos minutos. Cuando íbamos saliendo, Ben nos miró y dijo: ‘¿Cuándo van a comenzar a decirme las cosas que tengo que hacer, dejar de fumar, asistir a la Iglesia y todo lo demás?’.
“Le respondí: ‘Ben, nosotros nos sentiríamos mucho más felices si usted ya estuviera haciendo esas cosas, pero es usted quien debe decidir lo que debe hacer con su vida. Estamos seguros que le ofenderíamos si le dijéramos lo que tiene que hacer, sabiendo que usted mismo ya lo sabe. Nosotros venimos a verlo, bueno… porque nuestra familia no está completa sin usted’. Él me estrechó la mano por unos segundos.
“Pocos días después, aquella misma semana, recibí una llamada telefónica. Era la voz de Ben. ‘¿A qué hora es la reunión del sacerdocio?’ De inmediato me ofrecí para ir a buscarlo en mi automóvil y para tener compañía en mi viaje hacia la capilla.
“La respuesta: ‘No, conozco el camino y nadie tiene que llevarme adonde yo sé que debo estar’.
“Cuando llegué a la capilla, él estaba parado fuera, esperando. ‘Creo que es mejor que no entre hasta que deje de fumar’, murmuró. Le respondí que sería mucho más fácil dejar de fumar con la ayuda del Señor’. Él dijo: ‘He fumado desde que tenía ocho años y dudo que pueda dejar de fumar ahora’. Le aseguré que yo sabía que podría hacerlo.
“Muy pronto le dieron el sobrenombre de ‘Pequeño Ben’ y a pesar de su escasa educación, su estatura y edad, hizo buenos amigos y pronto comenzó a tomar parte en cuanto proyecto llevaba a cabo el quórum de élderes.
“Una tarde sonó el teléfono: ‘Tengo que hablar con usted’. Su voz estaba al borde de la histeria. ‘Me han pedido que sea maestro orientador. No puedo hacerlo; fumo y no sé nada de nada. ¿Cómo puedo enseñarle a la gente lo que yo mismo no sé? ¿Qué voy a hacer?’
“Eso me preocupó, ya que ‘Pequeño Ben’ era una persona muy especial para nosotros y no queríamos perderlo nuevamente. Comencé a orar en silencio con mucho ahínco. Respiré profundamente y luego comencé a hablar: ‘Ben, ¿le dijimos nosotros alguna vez lo que tenía que hacer?’.
“ ‘No, ustedes sólo me demostraron que yo era importante para ustedes… y en realidad me sentí importante. Quizá ésa es la razón por la que comencé a asistir a la Iglesia’.
“ ‘Ben, cuando le conocimos descubrimos en usted a alguien que valía la pena cualquier sacrificio y esfuerzo. Ahora, ¿podría usted visitar a estas personas y también acordarse lo importante que ellas son? ¿Podría usted visitarlas y luego decirles que son tan importantes como para verlos de vez en cuando, y que le gustaría compartir con ellos algo que usted mismo ha encontrado?’
“Hubo varios minutos de silencio y luego dijo: ‘Por seguro que lo voy a hacer’.
“Al volver del trabajo yo frecuentemente pasaba por la calle donde vivían las familias que visitaba Ben, todas eran menos activas y la mayoría tenía a uno de los padres que no era miembro de la Iglesia y no asistían a las reuniones. Una tarde vi a Ben que caminaba muy rápido llevando una sandía, la más grande que había visto aquella estación; sus manos aferraban fuertemente la sandía y daba la impresión de que hacía un verdadero esfuerzo con cada paso que daba. Había caminado casi tres cuadras desde el mercado y, finalmente, lo vi entrar en una de las casas.
“La próxima vez que me encontré con él, le dije que lo había visto con la sandía. Bajó la cabeza y agregó: ‘Lo que pasó fue que cuando iba para casa pasé frente al mercado y me puse a pensar en esos muchachos. Su padre está sin trabajo y las sandías son escasas y cuestan caras. Yo sabía que ellos no las habían probado este año; así que entré y compré la sandía más grande que encontré’.
“Algunos días después lo vi caminar vivamente en el calor de la tarde, llevando una tarjeta de cumpleaños. Él me contó más tarde: ‘Hay una niñita que sólo tiene hermanos y son ellos los que tienen toda la atención, de manera que pensé que en vez de poner la carta en el correo, la llevaría personalmente, así ella también se sentiría importante. Hace algunas semanas, unos chicos le sacaron un brazo a una de sus muñecas. Nadie prestó atención al hecho y sólo la dueña de la muñeca se veía triste. Me llevé la muñeca, le arreglé el resorte que sujetaba el brazo y quedó otra vez en perfecto estado. Ahora, cuando voy a visitarla, ella se acomoda con la muñeca en el suelo y apoya su cabecita en mi pierna’. Me pareció sentir un poco de emoción en la voz de Ben mientras hablaba.
“No había pasado mucho tiempo cuando recibí una llamada telefónica llena de emoción: ‘Una de las niñitas de las familias que yo visito se va a bautizar’. Era el resultado tangible de su orientación familiar y yo me alegré muchísimo.
“Esas familias no habían tenido contacto con la Iglesia en los últimos cinco años, fuera de los maestros orientadores y alguna visita ocasional de las maestras visitantes de la Sociedad de Socorro. Pero Ben me llamó por lo menos ocho veces en los próximos tres años, siempre emocionado, para contarme de una bendición que iba a realizarse, de un bautismo, o de algún jovencito que avanzaba en el sacerdocio. Una vez le pregunté cuál era el secreto para influenciar tan positivamente la vida de tanta gente, a lo que él me contestó: ‘Simplemente hice lo que usted me dijo: No les hice saber que era mejor que ellos o lo que yo consideraba que tenían que hacer. Les dije que el Señor en su bondad había puesto la mesa espiritual para su familia y que cuando ellos no participaba con nosotros, quedaba un espacio vacío y que así la familia no estaba completa’.
“Ahora, cuando visitamos a nuestras familias, siempre tenemos presente el buen ejemplo de ‘Pequeño Ben’ ”(“Little Ben”, Ensign, marzo de 1977, págs. 66–68).
¿Cuál fue la clave del éxito de los maestros orientadores de “Pequeño Ben”? ¿Cómo usó Ben la misma clave, cuando él sirvió como maestro orientador?
Las responsabilidades de los maestros orientadores
* •
Muestre la ayuda visual 6-c, “Se llama a los maestros orientadores para que visiten a las familias”.
El Señor le dio la responsabilidad a los maestros orientadores de visitar los hogares de los miembros y alentarlos para que oren y cumplan con los deberes familiares. Él los ha llamado a ser “guardas” para que cuiden y protejan a Sus hijos (véase Jeremías 31:6; Ezequiel 33:1–9).
El presidente Harold B. Lee dijo que los maestros orientadores deben entender que su misión es proteger, fortalecer y ayudar a los miembros a llevar a cabo su deber; pidió que los líderes del sacerdocio cambiaran el énfasis de ser maestros del hogar que presentan una lección, para ser guardianes del hogar que protejan la Iglesia. Cuando comprendamos este concepto, haremos una orientación familiar que dé resultados. (Véase Seminario para Representantes Regionales, abril de 1972, pág. 8.)
¿Qué significa ser un guarda de la Iglesia? ¿Por qué es importante que antes de enseñarles, las familias que visitamos comprendan que son importantes para nosotros? (Refiérase a la historia de “Pequeño Ben”.)
Como maestros orientadores, representamos al obispo o al presidente de rama ante las familias que visitamos. Como tales, debemos informar a nuestros líderes del sacerdocio, en una entrevista personal del sacerdocio, el resultado de las visitas y las necesidades de los miembros que se nos han asignado. Por supuesto que siempre que encontremos a alguien enfermo o si hubiera algún otro problema en las familias asignadas, debemos informar a nuestro líder del sacerdocio inmediatamente, sin tener que esperar hasta la entrevista personal.
Las familias necesitan a los maestros orientadores
Como maestros orientadores debemos pensar en las necesidades de los miembros que nos han sido asignados… Debemos entender tanto las necesidades individuales como las familiares y hacer las visitas con el propósito de elevar almas; no sólo para hacer una visita más. Debemos amar a cada uno y sentir el deseo de ayudar; debemos ayudar a los que tengan necesidades y ayudarles a desarrollar valor y fortaleza.
Pida a los miembros de la clase que indiquen las necesidades que tienen la mayoría de las familias. Anote las respuestas en la pizarra. Agregue otras necesidades que se sugieran más adelante en la lección.
Cada familia de la Iglesia necesita el Espíritu de nuestro Padre Celestial. El presidente David O. McKay ha dicho: “Como maestros orientadores es nuestro deber llevar el espíritu divino a todo hogar y a todo corazón”. (Presidente Marion G. Romney, “Las responsabilidades de los maestros orientadores”, Liahona, octubre de 1973, pág. 13.) Para ayudar a las familias que visitamos a obtener el Espíritu, debemos alentarles para que lleven a cabo la noche de hogar, que oren en familia y que tengan sus oraciones individuales, además de pedirles que participen activamente en la Iglesia (véase D. y C. 20:53–55).
Otra necesidad de toda familia es la ayuda que reciba en tiempos de enfermedad. El Señor nos ha aconsejado que en tiempos de enfermedad llamemos a los élderes de la Iglesia. Como maestros orientadores debemos saber cuándo los miembros de las familias que nos han sido asignadas están enfermos. Por esta razón, debemos estar preparados y ser dignos para bendecirlos si ellos lo pidieran. (Véase Santiago 5:14–15.)
Toda persona y toda familia enfrenta desafíos en la vida y, en ocasiones, se desanima. Como maestros orientadores debemos, con espíritu de oración, localizar los problemas individuales y familiares y buscar maneras de apoyar, animar y ayudar de la mejor manera que podamos a los padres, a los niños y a los adultos solteros que se nos haya asignado. El simplemente ofrecer ayuda no es suficiente.
Tanto las familias como los individuos necesitan a los maestros orientadores. Algunas veces no se dan cuenta de esto, pero la verdad es que en realidad los necesitan. Si como maestros orientadores oramos y somos diligentes en nuestros esfuerzos por buscar maneras de ayudar a las personas y a las familias bajo nuestra responsabilidad, recibiremos la inspiración para guiarnos al proporcionarles las bendiciones que ellos tanto necesitan.
¿De qué manera satisfizo “Pequeño Ben” las necesidades de las familias que visitaba como maestro orientador?
El siguiente relato demuestra la forma en que un buen maestro orientador ayudó a una familia:
“El hermano y la hermana Robertson… eran una pareja joven y muy activa en la Iglesia, pero no tenían sus noches de hogar ni sus oraciones familiares, ‘porque solamente somos nosotros dos’. Mi compañero y yo les dimos lecciones sobre estos temas y los alentamos; pero no tuvimos éxito…
“Durante las próximas dos semanas mi compañero y yo nos reunimos varias veces para hablar de las posibles necesidades de las familias que visitábamos. Determinamos las cosas que en verdad necesitaban una atención especial y en nuestra próxima visita pusimos a prueba un nuevo método. A los hermanos Robertson no les preguntamos, ‘¿Qué podemos hacer para ayudarlos?’, sino ‘¿Les gustaría venir a mi casa el próximo jueves para participar con nosotros en una noche de hogar especial con nuestra familia?’ A lo que ellos respondieron que lo harían gustosos…
“Un domingo, después de la reunión sacramental, el hermano y la hermana Robertson se acercaron y me dieron su testimonio de que se sentían más felices desde que comenzaron a tener oraciones familiares y sus noches de hogar” (Don B. Center, “The Day We Really Started Home Teaching”, Ensign, junio de 1977, págs. 18–19).
Ayuda para los padres
* •
Muestre la ayuda visual 6-d, “Los maestros orientadores deben ayudar al padre a dirigir a su familia”.
La Iglesia de Jesucristo fue establecida para la salvación de la familia y no de la persona en forma individual solamente. El padre de familia, como jefe de hogar, tiene la primordial responsabilidad de dirigir a su familia hacia la exaltación. Para poder actuar con eficacia los maestros orientadores tienen que entender este principio y, como tales, debemos reconocer que hemos sido llamados para ayudar al padre de familia o al jefe del hogar en sus esfuerzos para guiar a su familia hacia la perfección.
Una de las maneras de saber cómo podemos ayudar a la familia es tener primero una reunión a solas con el jefe del hogar. En esa oportunidad podemos preguntarle cuáles son las necesidades de la familia y qué es lo que quiere que hagamos para ayudarle a satisfacerlas
La siguiente historia demuestra la forma en que dos maestros orientadores hicieron su trabajo a través del padre.
“Samuel García no era miembro de la Iglesia. Su esposa y sus hijos lo eran, motivo por el cual las organizaciones auxiliares y los maestros orientadores visitaban a la familia García. Estas visitas eran dirigidas por lo general a los de la familia que eran miembros de la Iglesia. Por consiguiente, el hermano García se disculpaba o no se presentaba a la hora de las visitas…
“Durante los últimos dos años un nuevo maestro orientador, el hermano Moreno, fue asignado a la familia García. Después de haberse presentado a ellos y después de comentar con el líder del sacerdocio sobre la situación de la familia, el hermano Moreno sintió una fuerte impresión de que debía concentrar su atención en el jefe de familia, el hermano García. Durante los meses siguientes lo hizo de una manera deliberada y bien pensada. Por ejemplo, nunca hacía una cita para la visita por medio de la hermana García, sino más bien por medio de su esposo… En estas visitas comentaba con él la forma en que podría ayudar a cada uno de los miembros de su familia. Al principio, al hermano García le extrañó esta deferencia, ya que no estaba de acuerdo con el modelo acostumbrado, pero pronto sintió aprecio por el hermano Moreno. Se hicieron muchas visitas muy cordiales al hogar, pero rara vez se dio un mensaje directo del Evangelio a la familia.
“Cierta noche, el hermano Moreno hablaba en forma privada con el hermano García en la sala de la casa y le preguntó: ‘¿Samuel, cómo es que con una familia tan maravillosa y con todo lo que ellos hacen en la Iglesia, usted nunca pensó en ser miembro de la Iglesia?’. El hermano Moreno quedó asombrado con la respuesta. ‘Creo que nadie nunca me preguntó si estaba interesado. Efectivamente, yo he leído mucho de la literatura de su Iglesia y creo tanto como usted’.
“Un mes más tarde Samuel García fue bautizado y actualmente toda su familia ha sido sellada a él en el templo” (véase, Cuando te hayas convertido [Manual del Sacerdocio de Melquisedec, 1974], págs. 210–211).
Pida a un maestro orientador que dé su testimonio sobre la orientación familiar. Después pida a un padre que dé su testimonio sobre el efecto que haya tenido la orientación familiar en su familia.
Conclusión
Como maestros orientadores se nos ha dado la responsabilidad de cuidar a las familias de la Iglesia. Debemos visitarlas regularmente y enseñarles el Evangelio, y al mismo tiempo alentarlas para que vivan dignamente. A fin de cumplir con nuestros llamamientos debemos desarrollar nuestro amor por cada miembro de la familia que visitemos y trabajar con los jefes de los hogares, orando constantemente, con objeto de reconocer las necesidades de las familias que visitamos, y ayudar a satisfacer esas necesidades.
Cometidos
1. 1.
Considere sus responsabilidad como maestro orientador mediante la oración.
2. 2.
Determine las maneras en que puede:
1. a.
Mejorar su trabajo como maestro orientador.
2. b.
Ayudar a su compañero a ser mejor maestro orientador.
3. c.
Trabajar con el padre de cada familia que le sea asignada.
4. d.
Satisfacer las necesidades de cada miembro de la familia.
3. 3.
Analice con su propia familia la forma en que ustedes puedan ayudar a sus maestros orientadores. Si lo desea, puede leer la historia “Visita al profeta José Smith”, en Deberes y bendiciones del sacerdocio, Parte A, lección 6, bajo “Deberes del Maestro”.
Pasajes adicionales de las Escrituras
Juan 21:15–17 (el mandamiento de enseñar a otros).
Efesios 5:23 (el marido es el cabeza del hogar).
2 Timoteo 2:2 (los fieles enseñan a otras personas).
1 Pedro 5:1–4 (la responsabilidad de los élderes).
D. y C. 46:27 (se da el don de discernimiento a los maestros orientadores).
D. y C. 84:106 (el fuerte debe edificar al débil).
Preparación del maestro
Antes de presentar esta lección:
1. 1.
Estudie D. y C. 20:46–47, 51–55.
2. 2.
Al final de la lección invite:
1. a.
A un maestro orientador para que dé su testimonio acerca de la orientación familiar.
2. b.
A un padre para que dé su testimonio acerca del efecto que haya tenido la orientación familiar en su propia familia.
3. 3.
Pida a los miembros de la clase que lean o presenten las historias y los pasajes de las Escrituras de esta lección.
"Recibiréis su palabra"
General Conference / Conferences /abril de 2001
"Recibiréis su palabra"
Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Hermanos y hermanas, ¿han tenido alguna vez la experiencia de estar en un auto con el chofer dando vueltas y vueltas por las calles de una ciudad diciendo: "Yo sé dónde es. Estoy seguro de que puedo encontrarlo"? Y finalmente, frustrado, se detiene para pedir orientación a alguien. ¡Puedo ver que ustedes, hermanas, han pasado por eso! Cuánto más fácil es encontrar nuestro camino cuando seguimos las direcciones de alguien que sabe cómo llegar a nuestro destino.
Muchos de nosotros tal vez nos encontremos en una situación similar al viajar por los caminos de la vida, tan llenos de desafíos. Éstos son tiempos difíciles y las normas culturales y sociológicas del mundo, con respecto a lo que es apropiado, honrado, íntegro y políticamente correcto, cambian constantemente. Justo cuando creemos conocer el camino a la felicidad y a la paz, nace una nueva ideología que puede llevarnos por un camino que sólo aumentará nuestra confusión e intensificará nuestra desesperación. En esas ocasiones, haríamos bien en preguntar: "¿Hay alguna voz clara, pura, sin prejuicios con la que siempre podamos contar? ¿Hay una voz que siempre nos dé direcciones claras para encontrar el camino en el mundo atribulado de hoy? La respuesta es sí. Esa voz es la voz del profeta y de los apóstoles vivientes.
Cuando se organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días hace 171 años este mes, el Señor dio una revelación a los miembros de Su Iglesia por medio de Su profeta, José Smith, hijo. Al referirse al Presidente de la Iglesia, el Salvador instruyó a los miembros: ". . .daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad;
"porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca" (D. y C. 21:4–5).
Luego el Señor dio una promesa maravillosa a aquellos que son obedientes: "Porque si hacéis estas cosas, las puertas del infierno no prevalecerán contra vosotros; sí, y Dios el Señor dispersará los poderes de las tinieblas de ante vosotros, y hará sacudir los cielos para vuestro bien y para la gloria de su nombre" (D. y C. 21:6).
Un año y medio más tarde, agregó a esa significativa promesa esta severa advertencia: "Y será revelado el brazo del Señor; y vendrá el día en que aquellos que no oyeren la voz del Señor, ni la voz de sus siervos, ni prestaren atención a las palabras de los profetas y apóstoles, serán desarraigados de entre el pueblo" (D. y C. 1:14).
"Lo que yo, el Señor, he dicho, yo lo he dicho, y no me disculpo; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo" (D. y C. 1:38).
No es cosa insignificante, mis hermanos y hermanas, el tener un profeta de Dios entre nosotros. Grandes y maravillosas son las bendiciones que recibimos en nuestra vida cuando damos oído a la palabra del Señor dada a nosotros por intermedio de él. Al mismo tiempo, el saber que el presidente Gordon B. Hinckley es el profeta de Dios nos da también una responsabilidad. Cuando escuchamos el consejo del Señor expresado por medio de las palabras del Presidente de la Iglesia, nuestra respuesta debe ser positiva y pronta. La historia ha demostrado que hay seguridad, paz, prosperidad y felicidad cuando respondemos al consejo profético tal como lo hizo Nefi de la antigüedad: "Iré y haré lo que el Señor ha mandado" (1 Nefi 3:7).
Sabemos en cuanto a la experiencia de Naamán, que sufría de lepra y que finalmente se puso en contacto con el profeta Eliseo y se le dijo: "Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio" (2 Reyes 5:10).
Al principio, Naamán no deseaba seguir el consejo de Eliseo. No pudo entender lo que se le había pedido hacer: Lavarse siete veces en el río Jordán. En otras palabras, su orgullo y porfía evitaban que recibiera la bendición del Señor a través de Su profeta. Afortunadamente, al final bajó y "se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio" (2 Reyes 5:14).
Qué humilde debe haberse sentido Naamán al darse cuenta de que estaba a punto de dejar que su orgullo y su poco deseo de escuchar el consejo del profeta le impidieran recibir tan grande bendición de limpieza. Y cuánta humildad debe ocasionarnos el contemplar cuántos de nosotros podríamos privarnos de grandes y prometidas bendiciones porque no escuchamos y luego no hacemos las cosas relativamente simples que nuestro profeta nos dice que hagamos hoy día.
Durante el último año, por ejemplo, el presidente Hinckley ha dado tres discursos importantes sobre el fortalecimiento de la familia, y en particular el fortalecimiento de los jóvenes y de los jóvenes adultos de la Iglesia. Primero, en octubre, durante la reunión general de la Sociedad de Socorro, habló muy directamente a las madres al respecto. Luego habló a los padres y a los líderes del sacerdocio durante la sesión del sacerdocio de la conferencia general. ¿Lo recuerdan, padres? Él les recordó a ustedes, padres y madres, que "han entrado en una sociedad con nuestro Padre Celestial a fin de dar experiencia terrenal a Sus hijos e hijas. Ellos son hijos de Él y son hijos de ustedes, carne de su carne, por quienes Él les hará responsables" ("Madre, tu más grande desafío", Liahona, enero de 2001, pág. 113).
Y luego, en noviembre del año pasado, desde este mismo púlpito, el presidente Hinckley habló a toda la gente joven de la Iglesia. En enseñanzas sinceras que se recordarán por mucho tiempo, alentó a la juventud de la Iglesia a establecerse metas para que sean agradecidos, sean inteligentes, sean limpios, sean verídicos, sean humildes y sean dedicados a la oración. Esos seis puntos importantes del presidente Hinckley son una norma maravillosa para todos los Santos de los Últimos Días. Repitió esos principios a las jovencitas en su reunión de la semana pasada, y considero que se aplican tanto a padres y a madres como a los jóvenes y a los jóvenes adultos solteros. Como padres y líderes adultos de la juventud, no podemos esperar que nuestros jóvenes tomen en serio las cosas que les dice el profeta si nosotros adoptamos una actitud pasiva en nuestras vidas hacia ese consejo.
Es importante recordar que el presidente Hinckley oró al Señor a favor de nuestros jóvenes. Él dijo: "Quiero que sepan que he estado de rodillas pidiéndole al Señor que me bendiga con el poder, la capacidad y las palabras para llegar al corazón de ustedes" ("El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud", Liahona, abril de 2001, pág. 30).
Durante la sesión del sacerdocio, el presidente Hinckley dijo: "Espero que [sus hijos y sus hijas] puedan compartir sus problemas con ustedes, sus padres y sus madres. Confío en que ustedes los escuchen, que sean pacientes y comprensivos, que los acerquen a ustedes y los consuelen y los apoyen en su soledad. Oren para pedir orientación, para pedir paciencia. Oren y supliquen tener la fortaleza necesaria para querer[los] aunque la infracción haya sido grave. Oren para pedir entendimiento y bondad, y, sobre todo, sabiduría e inspiración" ("Y se multiplicará la paz de tus hijos", Liahona, enero de 2001, pág. 67).
¿Hemos estudiado su consejo y determinado lo que debemos evitar o hacer diferente? Sé de una muchacha de diecisiete años que, justo antes del discurso del profeta, se había perforado las orejas por segunda vez. Llegó a casa después de la charla fogonera, se sacó el segundo juego de aretes y simplemente les dijo a sus padres: "Si el presidente Hinckley dice que debemos usar un solo par de aretes, eso es suficiente para mí".
Es posible que el usar dos pares de aretes tenga o no tenga consecuencias eternas para esa joven, pero su deseo de obedecer al profeta sí las tendrá. Y si ella lo obedece ahora, en algo relativamente sencillo, cuánto más fácil será seguirlo cuando tenga que ver con asuntos más serios.
¿Estamos prestando oído, hermanos y hermanas? ¿Escuchamos las palabras del profeta a nosotros, como padres, como líderes de la juventud y como jóvenes? O ¿estamos dejando que, como Naamán hizo al principio, nos ciegue el orgullo y la obstinación que podrían impedir que recibiéramos las bendiciones que provienen del seguir las enseñanzas del profeta de Dios?
Hoy día les hago una promesa; es simple, pero es verdadera: Si escuchan al profeta viviente y a los apóstoles y obedecen nuestro consejo, no se irán por mal camino.
Ahora bien, mis hermanos y hermanas y jóvenes de la Iglesia, les ruego que no pierdan la oportunidad de sentarse juntos como familia y analizar el consejo dado por el presidente Hinckley. Padres, enséñense el uno al otro y a sus hijos en las noches de hogar para la familia y en los consejos familiares. Líderes, conozcan y enseñen estos principios en lecciones y en reuniones de liderazgo y analicen en las reuniones de consejo de barrio y de estaca la forma de bendecir la vida de nuestros miembros, tanto jóvenes como mayores. Los tres discursos del Presidente, además de consejos para la juventud de sus consejeros, se han publicado en la revista Liahona. "El presidente Hinckley habla a la juventud y a los padres" ya está a la disposición en video y es una maravillosa fuente de consulta para las noches de hogar y para las ocasiones en que el obispo habla con la juventud. Obispos, no les enviamos este material para que lo guarden en un armario de la oficina. Asegúrense de que la juventud de su barrio lo escuche nuevamente y lo entienda y se comprometa a vivir de acuerdo con lo que indica el Presidente de la Iglesia.
Ahora le hablo directamente a la juventud de la Iglesia sobre este importante tema de seguir al profeta. En mis viajes por la Iglesia estos últimos meses, he notado que muchos de ustedes están siguiendo con entusiasmo su consejo. Muchos de ustedes ya han tomado la decisión de prestar más atención al aseo personal, más aún de lo que lo hacían antes. Muchos de ustedes tratan, en forma más diligente, de evitar las malas conversaciones, de elegir sus amigos con más cuidado, de mantenerse alejados de la pornografía y de las drogas ilícitas, de no asistir a conciertos maléficos y a fiestas peligrosas, de respetar sus cuerpos y de mantenerse moralmente limpios en todos sentidos. A aquellos de ustedes que no hayan escuchado todavía, les amonesto a no desatender el consejo del Presidente de la Iglesia; Él les ha hablado en forma clara; estudien sus palabras y esfuércense por obedecerlas; son verdaderas y provienen de Dios. Alentamos a aquellos que necesiten arrepentirse a seguir adelante con fe y a purificarse ante el Señor. Cada uno de ustedes se está preparando ahora para ser un futuro líder en la Iglesia y para eso es preciso ser limpios, fieles y leales al Señor.
Nunca olviden lo que sintieron cuando el presidente Hinckley oró por ustedes. ¿Percibieron cuán valiosos son ustedes mientras él oraba "Bendícelos para que anden aceptablemente ante Ti como Tus preciados hijos e hijas. Cada uno de ellos es Tu hijo, con la capacidad de realizar cosas grandes y nobles"? ("El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud", Liahona, abril de 2001, pág. 41).
Ahora bien, mis queridos hermanos y hermanas, les ruego que pongan atención a lo que han enseñado los líderes de la Iglesia en esta conferencia general. Pongan en práctica las enseñanzas que les ayudarán a ustedes y a sus familias. Llevemos todos a nuestros hogares, sin importar las circunstancias familiares, las enseñanzas de los profetas y apóstoles, a fin de fortalecer nuestras relaciones el uno con el otro y con nuestro Padre Celestial y con el Señor Jesucristo. Les prometo, en el nombre del Señor, que si escuchan, no sólo con sus oídos, sino también con sus corazones, el Espíritu Santo les manifestará la verdad de los mensajes dados por el presidente Hinckley, sus consejeros, los apóstoles y los demás líderes de la Iglesia. El Espíritu les indicará lo que deben hacer en forma individual y como familias, con objeto de seguir nuestro consejo para que se fortalezcan sus testimonios y tengan paz y gozo.
Mis hermanos y hermanas, les testifico que la plenitud del Evangelio sempiterno de Jesucristo se ha restaurado en la tierra por medio del profeta José Smith. Hoy somos bendecidos por ser guiados por un profeta de Dios, el presidente Gordon B. Hinckley. Que escuchemos y luego hagamos lo que él nos enseña, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.
"Recibiréis su palabra"
Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles
"No es cosa insignificante, mis hermanos y hermanas, el tener un profeta de Dios entre nosotros. Grandes y maravillosas son las bendiciones que recibimos en nuestra vida cuando damos oído a la palabra del Señor dada a nosotros por intermedio de él".
Hermanos y hermanas, ¿han tenido alguna vez la experiencia de estar en un auto con el chofer dando vueltas y vueltas por las calles de una ciudad diciendo: "Yo sé dónde es. Estoy seguro de que puedo encontrarlo"? Y finalmente, frustrado, se detiene para pedir orientación a alguien. ¡Puedo ver que ustedes, hermanas, han pasado por eso! Cuánto más fácil es encontrar nuestro camino cuando seguimos las direcciones de alguien que sabe cómo llegar a nuestro destino.
Muchos de nosotros tal vez nos encontremos en una situación similar al viajar por los caminos de la vida, tan llenos de desafíos. Éstos son tiempos difíciles y las normas culturales y sociológicas del mundo, con respecto a lo que es apropiado, honrado, íntegro y políticamente correcto, cambian constantemente. Justo cuando creemos conocer el camino a la felicidad y a la paz, nace una nueva ideología que puede llevarnos por un camino que sólo aumentará nuestra confusión e intensificará nuestra desesperación. En esas ocasiones, haríamos bien en preguntar: "¿Hay alguna voz clara, pura, sin prejuicios con la que siempre podamos contar? ¿Hay una voz que siempre nos dé direcciones claras para encontrar el camino en el mundo atribulado de hoy? La respuesta es sí. Esa voz es la voz del profeta y de los apóstoles vivientes.
Cuando se organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días hace 171 años este mes, el Señor dio una revelación a los miembros de Su Iglesia por medio de Su profeta, José Smith, hijo. Al referirse al Presidente de la Iglesia, el Salvador instruyó a los miembros: ". . .daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad;
"porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca" (D. y C. 21:4–5).
Luego el Señor dio una promesa maravillosa a aquellos que son obedientes: "Porque si hacéis estas cosas, las puertas del infierno no prevalecerán contra vosotros; sí, y Dios el Señor dispersará los poderes de las tinieblas de ante vosotros, y hará sacudir los cielos para vuestro bien y para la gloria de su nombre" (D. y C. 21:6).
Un año y medio más tarde, agregó a esa significativa promesa esta severa advertencia: "Y será revelado el brazo del Señor; y vendrá el día en que aquellos que no oyeren la voz del Señor, ni la voz de sus siervos, ni prestaren atención a las palabras de los profetas y apóstoles, serán desarraigados de entre el pueblo" (D. y C. 1:14).
"Lo que yo, el Señor, he dicho, yo lo he dicho, y no me disculpo; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo" (D. y C. 1:38).
No es cosa insignificante, mis hermanos y hermanas, el tener un profeta de Dios entre nosotros. Grandes y maravillosas son las bendiciones que recibimos en nuestra vida cuando damos oído a la palabra del Señor dada a nosotros por intermedio de él. Al mismo tiempo, el saber que el presidente Gordon B. Hinckley es el profeta de Dios nos da también una responsabilidad. Cuando escuchamos el consejo del Señor expresado por medio de las palabras del Presidente de la Iglesia, nuestra respuesta debe ser positiva y pronta. La historia ha demostrado que hay seguridad, paz, prosperidad y felicidad cuando respondemos al consejo profético tal como lo hizo Nefi de la antigüedad: "Iré y haré lo que el Señor ha mandado" (1 Nefi 3:7).
Sabemos en cuanto a la experiencia de Naamán, que sufría de lepra y que finalmente se puso en contacto con el profeta Eliseo y se le dijo: "Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio" (2 Reyes 5:10).
Al principio, Naamán no deseaba seguir el consejo de Eliseo. No pudo entender lo que se le había pedido hacer: Lavarse siete veces en el río Jordán. En otras palabras, su orgullo y porfía evitaban que recibiera la bendición del Señor a través de Su profeta. Afortunadamente, al final bajó y "se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio" (2 Reyes 5:14).
Qué humilde debe haberse sentido Naamán al darse cuenta de que estaba a punto de dejar que su orgullo y su poco deseo de escuchar el consejo del profeta le impidieran recibir tan grande bendición de limpieza. Y cuánta humildad debe ocasionarnos el contemplar cuántos de nosotros podríamos privarnos de grandes y prometidas bendiciones porque no escuchamos y luego no hacemos las cosas relativamente simples que nuestro profeta nos dice que hagamos hoy día.
Durante el último año, por ejemplo, el presidente Hinckley ha dado tres discursos importantes sobre el fortalecimiento de la familia, y en particular el fortalecimiento de los jóvenes y de los jóvenes adultos de la Iglesia. Primero, en octubre, durante la reunión general de la Sociedad de Socorro, habló muy directamente a las madres al respecto. Luego habló a los padres y a los líderes del sacerdocio durante la sesión del sacerdocio de la conferencia general. ¿Lo recuerdan, padres? Él les recordó a ustedes, padres y madres, que "han entrado en una sociedad con nuestro Padre Celestial a fin de dar experiencia terrenal a Sus hijos e hijas. Ellos son hijos de Él y son hijos de ustedes, carne de su carne, por quienes Él les hará responsables" ("Madre, tu más grande desafío", Liahona, enero de 2001, pág. 113).
Y luego, en noviembre del año pasado, desde este mismo púlpito, el presidente Hinckley habló a toda la gente joven de la Iglesia. En enseñanzas sinceras que se recordarán por mucho tiempo, alentó a la juventud de la Iglesia a establecerse metas para que sean agradecidos, sean inteligentes, sean limpios, sean verídicos, sean humildes y sean dedicados a la oración. Esos seis puntos importantes del presidente Hinckley son una norma maravillosa para todos los Santos de los Últimos Días. Repitió esos principios a las jovencitas en su reunión de la semana pasada, y considero que se aplican tanto a padres y a madres como a los jóvenes y a los jóvenes adultos solteros. Como padres y líderes adultos de la juventud, no podemos esperar que nuestros jóvenes tomen en serio las cosas que les dice el profeta si nosotros adoptamos una actitud pasiva en nuestras vidas hacia ese consejo.
Es importante recordar que el presidente Hinckley oró al Señor a favor de nuestros jóvenes. Él dijo: "Quiero que sepan que he estado de rodillas pidiéndole al Señor que me bendiga con el poder, la capacidad y las palabras para llegar al corazón de ustedes" ("El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud", Liahona, abril de 2001, pág. 30).
Durante la sesión del sacerdocio, el presidente Hinckley dijo: "Espero que [sus hijos y sus hijas] puedan compartir sus problemas con ustedes, sus padres y sus madres. Confío en que ustedes los escuchen, que sean pacientes y comprensivos, que los acerquen a ustedes y los consuelen y los apoyen en su soledad. Oren para pedir orientación, para pedir paciencia. Oren y supliquen tener la fortaleza necesaria para querer[los] aunque la infracción haya sido grave. Oren para pedir entendimiento y bondad, y, sobre todo, sabiduría e inspiración" ("Y se multiplicará la paz de tus hijos", Liahona, enero de 2001, pág. 67).
¿Hemos estudiado su consejo y determinado lo que debemos evitar o hacer diferente? Sé de una muchacha de diecisiete años que, justo antes del discurso del profeta, se había perforado las orejas por segunda vez. Llegó a casa después de la charla fogonera, se sacó el segundo juego de aretes y simplemente les dijo a sus padres: "Si el presidente Hinckley dice que debemos usar un solo par de aretes, eso es suficiente para mí".
Es posible que el usar dos pares de aretes tenga o no tenga consecuencias eternas para esa joven, pero su deseo de obedecer al profeta sí las tendrá. Y si ella lo obedece ahora, en algo relativamente sencillo, cuánto más fácil será seguirlo cuando tenga que ver con asuntos más serios.
¿Estamos prestando oído, hermanos y hermanas? ¿Escuchamos las palabras del profeta a nosotros, como padres, como líderes de la juventud y como jóvenes? O ¿estamos dejando que, como Naamán hizo al principio, nos ciegue el orgullo y la obstinación que podrían impedir que recibiéramos las bendiciones que provienen del seguir las enseñanzas del profeta de Dios?
Hoy día les hago una promesa; es simple, pero es verdadera: Si escuchan al profeta viviente y a los apóstoles y obedecen nuestro consejo, no se irán por mal camino.
Ahora bien, mis hermanos y hermanas y jóvenes de la Iglesia, les ruego que no pierdan la oportunidad de sentarse juntos como familia y analizar el consejo dado por el presidente Hinckley. Padres, enséñense el uno al otro y a sus hijos en las noches de hogar para la familia y en los consejos familiares. Líderes, conozcan y enseñen estos principios en lecciones y en reuniones de liderazgo y analicen en las reuniones de consejo de barrio y de estaca la forma de bendecir la vida de nuestros miembros, tanto jóvenes como mayores. Los tres discursos del Presidente, además de consejos para la juventud de sus consejeros, se han publicado en la revista Liahona. "El presidente Hinckley habla a la juventud y a los padres" ya está a la disposición en video y es una maravillosa fuente de consulta para las noches de hogar y para las ocasiones en que el obispo habla con la juventud. Obispos, no les enviamos este material para que lo guarden en un armario de la oficina. Asegúrense de que la juventud de su barrio lo escuche nuevamente y lo entienda y se comprometa a vivir de acuerdo con lo que indica el Presidente de la Iglesia.
Ahora le hablo directamente a la juventud de la Iglesia sobre este importante tema de seguir al profeta. En mis viajes por la Iglesia estos últimos meses, he notado que muchos de ustedes están siguiendo con entusiasmo su consejo. Muchos de ustedes ya han tomado la decisión de prestar más atención al aseo personal, más aún de lo que lo hacían antes. Muchos de ustedes tratan, en forma más diligente, de evitar las malas conversaciones, de elegir sus amigos con más cuidado, de mantenerse alejados de la pornografía y de las drogas ilícitas, de no asistir a conciertos maléficos y a fiestas peligrosas, de respetar sus cuerpos y de mantenerse moralmente limpios en todos sentidos. A aquellos de ustedes que no hayan escuchado todavía, les amonesto a no desatender el consejo del Presidente de la Iglesia; Él les ha hablado en forma clara; estudien sus palabras y esfuércense por obedecerlas; son verdaderas y provienen de Dios. Alentamos a aquellos que necesiten arrepentirse a seguir adelante con fe y a purificarse ante el Señor. Cada uno de ustedes se está preparando ahora para ser un futuro líder en la Iglesia y para eso es preciso ser limpios, fieles y leales al Señor.
Nunca olviden lo que sintieron cuando el presidente Hinckley oró por ustedes. ¿Percibieron cuán valiosos son ustedes mientras él oraba "Bendícelos para que anden aceptablemente ante Ti como Tus preciados hijos e hijas. Cada uno de ellos es Tu hijo, con la capacidad de realizar cosas grandes y nobles"? ("El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud", Liahona, abril de 2001, pág. 41).
Ahora bien, mis queridos hermanos y hermanas, les ruego que pongan atención a lo que han enseñado los líderes de la Iglesia en esta conferencia general. Pongan en práctica las enseñanzas que les ayudarán a ustedes y a sus familias. Llevemos todos a nuestros hogares, sin importar las circunstancias familiares, las enseñanzas de los profetas y apóstoles, a fin de fortalecer nuestras relaciones el uno con el otro y con nuestro Padre Celestial y con el Señor Jesucristo. Les prometo, en el nombre del Señor, que si escuchan, no sólo con sus oídos, sino también con sus corazones, el Espíritu Santo les manifestará la verdad de los mensajes dados por el presidente Hinckley, sus consejeros, los apóstoles y los demás líderes de la Iglesia. El Espíritu les indicará lo que deben hacer en forma individual y como familias, con objeto de seguir nuestro consejo para que se fortalezcan sus testimonios y tengan paz y gozo.
Mis hermanos y hermanas, les testifico que la plenitud del Evangelio sempiterno de Jesucristo se ha restaurado en la tierra por medio del profeta José Smith. Hoy somos bendecidos por ser guiados por un profeta de Dios, el presidente Gordon B. Hinckley. Que escuchemos y luego hagamos lo que él nos enseña, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.
¡Él confía en nosotros!
General Conference / Conferences /octubre de 2006
¡Él confía en nosotros!
Élder Stanley G. Ellis
De los Setenta
Hace varios años, mi esposa y yo fuimos llamados a presidir la Misión Brasil São Paulo Norte. El llamamiento significaba que íbamos a estar en el exterior por tres años. Debido a nuestra situación familiar y empresarial, sentimos que no debíamos vender nuestra casa ni nuestro negocio en Houston.
Al comenzar los preparativos preliminares, fue evidente que necesitaríamos un poder notarial, un documento legal que otorga a otra persona la autoridad para hacer cualquier cosa en nuestro nombre. La persona que tuviera ese documento podría vender nuestra casa u otros bienes, pedir dinero prestado en nuestro nombre, gastar nuestro dinero e incluso, ¡vender el negocio! La idea de darle tanto poder y autoridad a otra persona sobre nuestros asuntos nos infundía temor.
Decidimos darle el poder notarial a una persona de confianza, un buen amigo y socio que ejerció muy bien ese poder y esa autoridad. Hizo lo que habríamos hecho nosotros si hubiésemos estado allí.
Hermanos, piensen en lo que el Señor nos ha dado: ¡Su poder y autoridad, el poder y la autoridad para actuar por Él en todo lo relacionado con Su obra!
Con ese poder del sacerdocio y la debida autorización de los que tienen las llaves, podemos realizar las ordenanzas de salvación en nombre de Él: bautizar para la remisión de los pecados; confirmar y conferir el Espíritu Santo; conferir el sacerdocio; ordenar a los oficios del sacerdocio y efectuar las ordenanzas del templo. En Su nombre podemos administrar Su Iglesia. En Su nombre podemos bendecir, hacer la orientación familiar y aún sanar a los enfermos.
¡Cuánta confianza ha depositado el Señor en nosotros! Imagínense, ¡Él confía en nosotros!
Antes de recibir el sacerdocio ya se nos había preparado y probado mediante la fe en Jesucristo, el arrepentimiento, el bautismo y la recepción del don del Espíritu Santo. Al momento de ser ordenados, variaba nuestro nivel de experiencia, pero el procedimiento divino era el mismo. Los que ejercían las llaves del sacerdocio oraron acerca de nosotros y nos entrevistaron. Los miembros de nuestra unidad nos sostuvieron y fuimos ordenados por alguien que tenía la autoridad y que estaba autorizado para hacerlo.
El Señor es prudente con Su sacerdocio; ejercer Su poder y autoridad es una responsabilidad sagrada.
¡Qué maravilloso habernos ganado la confianza de Dios! ¡Él confía en ustedes! ¡Él confía en mí!
Cuando recibimos el sacerdocio, lo hacemos mediante convenio, o sea, una promesa mutua. Él promete bendecirnos, pero bajo ciertas condiciones. Nosotros prometemos cumplir esas condiciones y, al hacerlo, el Señor cumple siempre Su palabra y nos brinda la bendición, por lo general, más de lo que acordó. Él es muy generoso.
Cuando recibimos el Sacerdocio de Melquisedec, recibimos lo que se llama “el juramento y el convenio” del sacerdocio. Le prometemos al Señor dos cosas y Él nos promete dos cosas. Prometemos ser “fieles hasta obtener estos dos sacerdocios” y fieles en “magnifica[r] [nuestro] llamamiento”. Él promete que seremos “santificados por el Espíritu”. Luego, después de haber sido fieles en todo hasta el final, Él promete que “todo lo que mi Padre tiene [nos] será dado” (véase D. y C. 84:33–41).
El Señor bendice a Sus hijos mediante el servicio del sacerdocio. Para ayudarnos a tener éxito en el servicio fiel, nos da directivas y amonestaciones; lo ha hecho en las Escrituras y continúa guiándonos a través de nuestros líderes y de la inspiración del Espíritu Santo.
En las Escrituras hay muchos pasajes de instrucción y amonestación a los poseedores del sacerdocio. Uno de los mejores es la sección 121 de Doctrina y Convenios. En unos cuantos versículos el Señor nos enseña que el sacerdocio sólo se puede ejercer con rectitud. Debemos tratar a los demás con persuasión, paciencia y bondad. Él nos recuerda la importancia de la caridad y la virtud para contar con la compañía constante del Espíritu Santo.
Esa sección también nos advierte de actitudes y hechos que harán que perdamos el poder del sacerdocio. Si “aspiramos a los honores de los hombres”, intentamos “encubrir nuestros pecados, satisfacer nuestro orgullo o nuestra vana ambición” o buscamos “ejercer control” sobre los demás, perdemos el poder del sacerdocio (véanse los versículos 35–37). Desde ese momento, practicaremos la superchería sacerdotal, habremos abandonado el servicio a Dios y nos habremos puesto al servicio de Satanás.
Conviene que los poseedores del sacerdocio estudien con regularidad la sección 121. Es fácil de entender porque nuestros profetas modernos han hecho hincapié en la necesidad de mantener nuestra dignidad y nos han dado Para la fortaleza de la juventud como guía para ayudarnos.
Una razón por la que debemos mantener la dignidad es que nunca sabemos cuándo necesitaremos usar el sacerdocio.
Cuando nuestro hijo Matthew tenía cinco años, se cayó del trampolín más alto de la piscina comunal del barrio y se pegó en la orilla de hormigón o concreto, fracturándose el cráneo y sufriendo conmoción cerebral. Lo llevaron por helicóptero al Centro Médico de Houston para recibir tratamiento de emergencia. Yo necesitaba inmediatamente la ayuda del sacerdocio. Nuestro maestro orientador y nuestro líder del sacerdocio eran dignos y estaban preparados. Me ayudaron a darle a Matthew una bendición y se recuperó totalmente.
Tenemos que estar preparados en todo momento; como se dice en escultismo: “Siempre listos”.
Ciertamente queremos evitar la superchería sacerdotal, pero el apóstol Pablo nos advirtió de otro peligro. Nos advirtió que en nuestros días habría quienes “tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella” (2 Timoteo 3:5).
Como poseedores del sacerdocio, ¿cómo podemos tener apariencia de piedad, pero negar la eficacia de ella? ¿Podría ser que no utilicemos el sacerdocio que poseemos, que sólo visitemos a las familias pero no demos el mensaje de la orientación familiar, que sólo oremos en una ordenanza o en una ordenación en lugar de dar una bendición, que hagamos la obra del Señor sin primero orar para conocer Su voluntad y hacerlo a Su manera?
Recuerden el consejo que nos dio el Señor a través de Nefi: “nada debéis hacer ante el Señor, sin que primero oréis” (2 Nefi 32:9).
Hace años fui llamado a servir como consejero de la presidencia de la Estaca Houston Norte, Texas. Estaba estudiando la parábola de los talentos. Recuerdan la historia. Un hombre tenía que irse, y confió sus bienes a sus siervos. Uno recibió cinco talentos, el segundo dos y el último uno. A su regreso, pidió que le rindieran cuentas.
Al siervo que recibió cinco y devolvió diez, y también al que tomó dos y devolvió cuatro, se los declaró buenos siervos y fieles. Pero el que captó mi atención fue el siervo que recibió uno, lo cuidó y se lo devolvió a salvo a su señor. Me sorprendió la respuesta del señor: “Siervo malo y negligente… quitadle, pues, el talento… y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera” (véase Mateo 25:14–30).
Esto pareció ser una reacción severa hacia el que parecía tratar de cuidar lo que se le había dado; pero el Espíritu me enseñó esta verdad: ¡El Señor espera que haya una diferencia! En ese momento supe que cada uno de nosotros algún día estará ante Dios para darle cuentas de nuestro servicio y mayordomías en el sacerdocio. ¿Marcamos una diferencia? En mi caso, ¿era la Estaca Houston Norte, Texas, mejor después de mi relevo que cuando fui llamado?
Afortunadamente el Señor nos enseña cómo ser fructíferos y tener una buena influencia. “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto…” (Juan 15:5). Si ejercemos Su sacerdocio a Su manera, siguiendo la instrucción que recibamos de Sus siervos y de Su Espíritu, ¡seremos siervos buenos y fieles!
¡Mis queridos hermanos del sacerdocio, el Señor Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor, vive! Él nos conoce y nos ama. Depositó Su confianza en nosotros al darnos el poder y la autoridad de Su sacerdocio. Yo soy testigo de esa verdad. Ruego que usemos Su poder y autoridad para hacer Su voluntad a Su manera.
Al escuchar a los presidentes Hinckley, Monson y Faust, doy mi testimonio personal de que cada uno de ellos es un profeta, vidente y revelador. Estoy deseoso de escuchar su consejo. En el nombre de Jesucristo. Amén.
¡Él confía en nosotros!
Élder Stanley G. Ellis
De los Setenta
Cada uno de nosotros algún día estará ante Dios para darle cuentas de nuestro servicio en el sacerdocio.
Hace varios años, mi esposa y yo fuimos llamados a presidir la Misión Brasil São Paulo Norte. El llamamiento significaba que íbamos a estar en el exterior por tres años. Debido a nuestra situación familiar y empresarial, sentimos que no debíamos vender nuestra casa ni nuestro negocio en Houston.
Al comenzar los preparativos preliminares, fue evidente que necesitaríamos un poder notarial, un documento legal que otorga a otra persona la autoridad para hacer cualquier cosa en nuestro nombre. La persona que tuviera ese documento podría vender nuestra casa u otros bienes, pedir dinero prestado en nuestro nombre, gastar nuestro dinero e incluso, ¡vender el negocio! La idea de darle tanto poder y autoridad a otra persona sobre nuestros asuntos nos infundía temor.
Decidimos darle el poder notarial a una persona de confianza, un buen amigo y socio que ejerció muy bien ese poder y esa autoridad. Hizo lo que habríamos hecho nosotros si hubiésemos estado allí.
Hermanos, piensen en lo que el Señor nos ha dado: ¡Su poder y autoridad, el poder y la autoridad para actuar por Él en todo lo relacionado con Su obra!
Con ese poder del sacerdocio y la debida autorización de los que tienen las llaves, podemos realizar las ordenanzas de salvación en nombre de Él: bautizar para la remisión de los pecados; confirmar y conferir el Espíritu Santo; conferir el sacerdocio; ordenar a los oficios del sacerdocio y efectuar las ordenanzas del templo. En Su nombre podemos administrar Su Iglesia. En Su nombre podemos bendecir, hacer la orientación familiar y aún sanar a los enfermos.
¡Cuánta confianza ha depositado el Señor en nosotros! Imagínense, ¡Él confía en nosotros!
Antes de recibir el sacerdocio ya se nos había preparado y probado mediante la fe en Jesucristo, el arrepentimiento, el bautismo y la recepción del don del Espíritu Santo. Al momento de ser ordenados, variaba nuestro nivel de experiencia, pero el procedimiento divino era el mismo. Los que ejercían las llaves del sacerdocio oraron acerca de nosotros y nos entrevistaron. Los miembros de nuestra unidad nos sostuvieron y fuimos ordenados por alguien que tenía la autoridad y que estaba autorizado para hacerlo.
El Señor es prudente con Su sacerdocio; ejercer Su poder y autoridad es una responsabilidad sagrada.
¡Qué maravilloso habernos ganado la confianza de Dios! ¡Él confía en ustedes! ¡Él confía en mí!
Cuando recibimos el sacerdocio, lo hacemos mediante convenio, o sea, una promesa mutua. Él promete bendecirnos, pero bajo ciertas condiciones. Nosotros prometemos cumplir esas condiciones y, al hacerlo, el Señor cumple siempre Su palabra y nos brinda la bendición, por lo general, más de lo que acordó. Él es muy generoso.
Cuando recibimos el Sacerdocio de Melquisedec, recibimos lo que se llama “el juramento y el convenio” del sacerdocio. Le prometemos al Señor dos cosas y Él nos promete dos cosas. Prometemos ser “fieles hasta obtener estos dos sacerdocios” y fieles en “magnifica[r] [nuestro] llamamiento”. Él promete que seremos “santificados por el Espíritu”. Luego, después de haber sido fieles en todo hasta el final, Él promete que “todo lo que mi Padre tiene [nos] será dado” (véase D. y C. 84:33–41).
El Señor bendice a Sus hijos mediante el servicio del sacerdocio. Para ayudarnos a tener éxito en el servicio fiel, nos da directivas y amonestaciones; lo ha hecho en las Escrituras y continúa guiándonos a través de nuestros líderes y de la inspiración del Espíritu Santo.
En las Escrituras hay muchos pasajes de instrucción y amonestación a los poseedores del sacerdocio. Uno de los mejores es la sección 121 de Doctrina y Convenios. En unos cuantos versículos el Señor nos enseña que el sacerdocio sólo se puede ejercer con rectitud. Debemos tratar a los demás con persuasión, paciencia y bondad. Él nos recuerda la importancia de la caridad y la virtud para contar con la compañía constante del Espíritu Santo.
Esa sección también nos advierte de actitudes y hechos que harán que perdamos el poder del sacerdocio. Si “aspiramos a los honores de los hombres”, intentamos “encubrir nuestros pecados, satisfacer nuestro orgullo o nuestra vana ambición” o buscamos “ejercer control” sobre los demás, perdemos el poder del sacerdocio (véanse los versículos 35–37). Desde ese momento, practicaremos la superchería sacerdotal, habremos abandonado el servicio a Dios y nos habremos puesto al servicio de Satanás.
Conviene que los poseedores del sacerdocio estudien con regularidad la sección 121. Es fácil de entender porque nuestros profetas modernos han hecho hincapié en la necesidad de mantener nuestra dignidad y nos han dado Para la fortaleza de la juventud como guía para ayudarnos.
Una razón por la que debemos mantener la dignidad es que nunca sabemos cuándo necesitaremos usar el sacerdocio.
Cuando nuestro hijo Matthew tenía cinco años, se cayó del trampolín más alto de la piscina comunal del barrio y se pegó en la orilla de hormigón o concreto, fracturándose el cráneo y sufriendo conmoción cerebral. Lo llevaron por helicóptero al Centro Médico de Houston para recibir tratamiento de emergencia. Yo necesitaba inmediatamente la ayuda del sacerdocio. Nuestro maestro orientador y nuestro líder del sacerdocio eran dignos y estaban preparados. Me ayudaron a darle a Matthew una bendición y se recuperó totalmente.
Tenemos que estar preparados en todo momento; como se dice en escultismo: “Siempre listos”.
Ciertamente queremos evitar la superchería sacerdotal, pero el apóstol Pablo nos advirtió de otro peligro. Nos advirtió que en nuestros días habría quienes “tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella” (2 Timoteo 3:5).
Como poseedores del sacerdocio, ¿cómo podemos tener apariencia de piedad, pero negar la eficacia de ella? ¿Podría ser que no utilicemos el sacerdocio que poseemos, que sólo visitemos a las familias pero no demos el mensaje de la orientación familiar, que sólo oremos en una ordenanza o en una ordenación en lugar de dar una bendición, que hagamos la obra del Señor sin primero orar para conocer Su voluntad y hacerlo a Su manera?
Recuerden el consejo que nos dio el Señor a través de Nefi: “nada debéis hacer ante el Señor, sin que primero oréis” (2 Nefi 32:9).
Hace años fui llamado a servir como consejero de la presidencia de la Estaca Houston Norte, Texas. Estaba estudiando la parábola de los talentos. Recuerdan la historia. Un hombre tenía que irse, y confió sus bienes a sus siervos. Uno recibió cinco talentos, el segundo dos y el último uno. A su regreso, pidió que le rindieran cuentas.
Al siervo que recibió cinco y devolvió diez, y también al que tomó dos y devolvió cuatro, se los declaró buenos siervos y fieles. Pero el que captó mi atención fue el siervo que recibió uno, lo cuidó y se lo devolvió a salvo a su señor. Me sorprendió la respuesta del señor: “Siervo malo y negligente… quitadle, pues, el talento… y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera” (véase Mateo 25:14–30).
Esto pareció ser una reacción severa hacia el que parecía tratar de cuidar lo que se le había dado; pero el Espíritu me enseñó esta verdad: ¡El Señor espera que haya una diferencia! En ese momento supe que cada uno de nosotros algún día estará ante Dios para darle cuentas de nuestro servicio y mayordomías en el sacerdocio. ¿Marcamos una diferencia? En mi caso, ¿era la Estaca Houston Norte, Texas, mejor después de mi relevo que cuando fui llamado?
Afortunadamente el Señor nos enseña cómo ser fructíferos y tener una buena influencia. “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto…” (Juan 15:5). Si ejercemos Su sacerdocio a Su manera, siguiendo la instrucción que recibamos de Sus siervos y de Su Espíritu, ¡seremos siervos buenos y fieles!
¡Mis queridos hermanos del sacerdocio, el Señor Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor, vive! Él nos conoce y nos ama. Depositó Su confianza en nosotros al darnos el poder y la autoridad de Su sacerdocio. Yo soy testigo de esa verdad. Ruego que usemos Su poder y autoridad para hacer Su voluntad a Su manera.
Al escuchar a los presidentes Hinckley, Monson y Faust, doy mi testimonio personal de que cada uno de ellos es un profeta, vidente y revelador. Estoy deseoso de escuchar su consejo. En el nombre de Jesucristo. Amén.
A Sión venid,
General Conference / Octubre 2008
A Sión venid
D. Todd Christofferson
"A Sión venid," , (octubre 1, 2008)
El profeta José Smith dijo: “La edificación de Sión es una causa que ha interesado al pueblo de Dios en todas las edades; es un tema que los profetas, reyes y sacerdotes han tratado con gozo particular. Han mirado adelante, con gloriosa expectativa, hacia el día en que ahora vivimos; e inspirados por celestiales y gozosas expectativas, han cantado, escrito y profetizado acerca de ésta, nuestra época; pero murieron sin verla. Nosotros somos el pueblo favorecido que Dios ha elegido para llevar a cabo la gloria de los últimos días” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, [Curso de estudio del Sacerdocio de Melquisedec y de la Sociedad de Socorro, 2007], pág. 195).
Sión es a la vez un lugar y un pueblo; fue el nombre que se dio a la antigua ciudad de Enoc en los tiempos anteriores al Diluvio. “…Y aconteció que en sus días él edificó una ciudad que se llamó la Ciudad de Santidad, a saber, Sión” (Moisés 7:19). Aquella Sión existió unos trescientos sesenta y cinco años (véase Moisés 7:68). El registro de las Escrituras dice: “Y Enoc y todo su pueblo anduvieron con Dios, y él moró en medio de Sión; y aconteció que Sión no fue más, porque Dios la llevó a su propio seno, y desde entonces se extendió el dicho: Sión ha huido” (Moisés 7:69). Más tarde, a Jerusalén y su templo se les llamó el monte de Sión, y las Escrituras profetizan de una futura Nueva Jerusalén donde Cristo reinará como “Rey de Sión”, cuando “por el espacio de mil años la tierra descansará” (Moisés 7:53, 64).
El Señor llamó al pueblo de Enoc, Sión, “porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18). En otra parte Él dijo: “…porque ésta es Sión: los puros de corazón” (D. y C. 97:21).
La antítesis y antagonista de Sión es Babilonia. La ciudad de Babilonia originalmente era Babel, la de la conocida Torre de Babel, y más adelante llegó a ser la capital del Imperio Babilónico. Su edificio principal era el templo de Bel o Baal, el ídolo al cual se referían los profetas del Antiguo Testamento como “vergüenza” dadas las perversiones sexuales que se relacionaban con su adoración (véase el Diccionario Bíblico en inglés: “Asiria y Babilonia”, “Babilonia o Babel”, o la Guía para el Estudio de las Escrituras: “Baal”). Su mundanalidad, su adoración del mal y el cautiverio de Judá después de la conquista en el año 587 a.C., todo ello se combina para que Babilonia se considere el símbolo de las sociedades decadentes y de la esclavitud espiritual.
Es en base a ese antecedente que el Señor dijo a los miembros de Su Iglesia: “Salid de Babilonia; congregaos de entre las naciones, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (D. y C. 133:7). Mandó que los élderes de Su Iglesia fueran enviados a todo el mundo para llevar a cabo ese recogimiento, lo que dio comienzo a un empeño que continúa en pleno vigor hoy día. “Y he aquí, éste será su pregón y la voz del Señor a todo pueblo: Id a la tierra de Sión para que se ensanchen las fronteras de mi pueblo, y sean fortalecidas sus estacas, y Sión se extienda hasta las regiones inmediatas” (D. y C. 133:9).
Así es como hoy el pueblo del Señor está congregándose “de entre las naciones” al reunirse en congregaciones y estacas de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días esparcidas entre las naciones. Nefi previó que esos “dominios” serían pequeños pero que el poder del Señor descendería “sobre los santos de la iglesia del cordero… que se hallaban dispersados sobre la superficie de la tierra; y [tendrían] por armas su rectitud” (véase 1 Nefi 14:12–14). El Señor nos pide que seamos faros de rectitud para guiar a los que busquen la seguridad y las bendiciones de Sión:
“De cierto os digo a todos: Levantaos y brillad, para que vuestra luz sea un estandarte a las naciones;
“a fin de que el recogimiento en la tierra de Sión y sus estacas sea para defensa y para refugio contra la tempestad y contra la ira, cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra” (D. y C. 115:5–6).
Bajo la dirección del profeta José Smith, los primeros miembros de la Iglesia intentaron establecer el lugar central de Sión en Misuri, pero no se hicieron merecedores de edificar la ciudad santa. El Señor explicó una de las razones por las que fracasaron:
“…no han aprendido a ser obedientes en las cosas que requerí de sus manos, sino que están llenos de toda clase de iniquidad, y no dan de sus bienes a los pobres ni a los afligidos entre ellos, como corresponde a los santos;
“ ni están unidos conforme a la unión que requiere la ley del reino celestial” (D. y C. 105:3–4).
“…había riñas, y contiendas, y envidias, y disputas, y deseos sensuales y codiciosos entre ellos; y como resultado de estas cosas, profanaron sus heredades” (D. y C. 101:6).
Sin embargo, antes de juzgar a esos primeros santos con demasiada severidad, debemos analizarnos a nosotros mismos para ver si somos mucho mejores.
Sión es Sión debido al carácter, a los atributos y a la fidelidad de sus habitantes. Recuerden que “el Señor llamó Sión a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18). Si queremos establecer Sión en nuestros hogares, ramas, barrios y estacas, debemos estar a la altura de esa norma. Será preciso: (1) que lleguemos a ser unidos en corazón y voluntad; (2) que individual y colectivamente lleguemos a ser un pueblo santo; y (3) que cuidemos de los pobres y los necesitados con tal eficacia que eliminemos la pobreza de entre nosotros. No podemos esperar hasta que venga Sión para que sucedan esas cosas; Sión vendrá sólo cuando las hagamos.
La unidad
Al considerar la unidad que se requiere para que Sión florezca, debemos preguntarnos si hemos superado las “riñas, y contiendas, y envidias, y disputas” (D. y C. 101:6). ¿Estamos, individualmente y como pueblo, libres de contención y disputas y unidos “conforme a la unión que requiere la ley del reino celestial”? (D. y C. 105:4). El perdonarnos unos a otros es esencial para lograr esa unidad. Jesús dijo: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres” (D. y C. 64:10).
Llegaremos a ser uno de corazón y voluntad si cada uno pone al Salvador como centro de nuestra vida y si seguimos a aquellos a quienes Él ha comisionado para dirigirnos. Podemos unirnos al presidente Thomas S. Monson en amor y preocupación el uno por el otro. En la conferencia general de abril de este año, el presidente Monson habló a los que se han apartado de la Iglesia y a todos nosotros cuando dijo: “En el refugio privado de nuestra propia conciencia yace ese espíritu, esa determinación de despojarnos de la persona antigua y alcanzar la medida de nuestro verdadero potencial. En ese espíritu, volvemos a extender esa sincera invitación: Vuelvan. Les tendemos la mano con el amor puro de Cristo y expresamos nuestro deseo de ayudarlos y recibirlos en plena hermandad. A los que estén heridos en el espíritu o que tengan dificultades y temor, les decimos: Permítannos ayudarlos, animarlos y calmar sus temores” (“El mirar hacia atrás y seguir adelante”, Liahona, mayo de 2008, pág. 90).
A fines de julio de este año, los jóvenes adultos solteros de diversos países de Europa se reunieron en las afueras de Budapest, Hungría, para una conferencia. Entre ellos había un grupo de veinte hombres y mujeres jóvenes de Moldavia que habían pasado días tratando de obtener pasaportes y visas, y más de treinta horas viajando en autobús para llegar allí. El programa de la conferencia incluía unos quince talleres; cada persona tenía que elegir los dos o tres que le interesaran más. En lugar de concentrarse exclusivamente en su intereses personales, los jóvenes moldavos se reunieron e hicieron planes para que por lo menos uno de ellos estuviera en cada una de las clases y tomara abundantes notas; después, compartirían lo que habían aprendido unos con otros y más tarde lo harían con los jóvenes adultos de Moldavia que no habían podido asistir. En su forma más sencilla eso ejemplifica la unidad y el amor de unos por los otros que, multiplicado miles de veces en diversas maneras, volverá “a traer a Sión”(Isaías 52:8).
La santidad
Gran parte de la obra de establecer Sión consiste en nuestros esfuerzos individuales por llegar a ser “los puros de corazón” (D. y C. 97:21). “No se puede edificar a Sión sino de acuerdo con los principios de la ley del reino celestial”, dijo el Señor, “de otra manera, no la puedo recibir” (D. y C. 105:5). La ley del reino celestial es, por supuesto, la ley y los convenios del Evangelio, que incluyen el tener constantemente presente al Salvador y nuestro compromiso de obediencia, sacrificio, consagración y fidelidad.
El Salvador censuró a algunos de los primeros santos por sus “deseos sensuales” (D. y C. 101:6; véase también D. y C. 88:121). Aquellas eran personas que vivían en un mundo donde no existían ni la televisión, ni el cine, ni internet ni los iPod. En un mundo inundado por imágenes y música sensuales, ¿nos encontramos libres de ese tipo de deseos y de los males que los acompañan? En lugar de alterar los límites de la vestimenta modesta o de transigir a la inmoralidad indirecta de la pornografía, debemos sentir hambre y sed de rectitud. Para venir a Sión, no es suficiente que seamos un tanto menos inicuos que los demás; no sólo debemos ser buenos, sino que debemos llegar a ser hombres y mujeres santos. Recordando la frase del élder Neal A. Maxwell, establezcamos de una vez por todas nuestra residencia en Sión y renunciemos a nuestra casa de veraneo en Babilonia (véase “Proponed esto en vuestros corazones”, Liahona, noviembre de 2006, págs. 102–103).
El cuidado de los pobres
A través de la historia, el Señor ha evaluado a las sociedades y a las personas según la forma en que cuidaron de los pobres. Él ha dicho:
“Porque la tierra está llena, y hay suficiente y de sobra; sí, yo preparé todas las cosas, y he concedido a los hijos de los hombres que sean sus propios agentes.
“De manera que, si alguno toma de la abundancia que he creado, y no reparte su porción a los pobres y a los necesitados, conforme a la ley de mi evangelio, en el infierno alzará los ojos con los malvados, estando en tormento” (D. y C. 104:17–18; véase también D. y C. 56:16–17).
Además, dice: “No obstante, en vuestras cosas temporales seréis iguales, y esto no de mala gana; de lo contrario, se retendrá la abundancia de las manifestaciones del Espíritu” (D. y C. 70:14; véase también D. y C. 49:20; 78:5–7).
Nosotros controlamos cómo se dispone de nuestros medios y recursos, pero somos responsables ante Dios de nuestra mayordomía en las cosas terrenales. Es gratificante ver la generosidad de ustedes al contribuir a las ofrendas de ayuno y a los proyectos humanitarios. A través de los años, el sufrimiento de millones de personas se ha aliviado y muchas otras han logrado ser autosuficientes gracias a la generosidad de los santos. No obstante, al seguir la causa de Sión, cada uno de nosotros debe considerar en oración si está haciendo lo que debe, todo lo que el Señor espera que haga, con respecto a los pobres y los necesitados.
Al vivir, como muchos lo hacemos, en sociedades que adoran las posesiones y los placeres, podemos preguntarnos si nos estamos manteniendo distanciados de la codicia y del deseo de adquirir cada vez más de los bienes de este mundo. El materialismo no es nada más que otra manifestación de la idolatría y el orgullo que caracterizan a Babilonia. Tal vez podamos aprender a estar satisfechos con lo suficiente para nuestras necesidades.
El apóstol Pablo advirtió a Timoteo sobre las personas que “toman la piedad como fuente de ganancia” (1 Timoteo 6:5).
Él dijo: “…nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar.
“Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Timoteo 6:7–8).
En gran parte del mundo estamos entrando en tiempos económicos inestables. Cuidemos los unos de los otros de la mejor manera posible. Recuerdo la historia de una familia vietnamita que huyó de Saigón en 1975 y terminó viviendo en una pequeña casa rodante en Provo, Utah. Uno de los jóvenes de la familia de refugiados llegó a ser el compañero de orientación familiar de un tal hermano Johnson, que vivía cerca con su familia numerosa. El muchacho relató lo siguiente:
“Un día el hermano Johnson notó que nuestra familia no tenía una mesa en la cocina; al día siguiente apareció con una mesa de aspecto extraño pero muy práctica, que cabía perfectamente contra la pared frente al fregadero y la encimera de la cocina. Digo que era extraña porque dos de las patas hacían juego con la parte superior y las otras dos no; y además, había varias clavijas de madera que sobresalían en uno de los costados de la gastada superficie.
“Empezamos a usarla para preparar los alimentos y comer algunas comidas rápidas. Aún comíamos la comida principal sentados en el suelo… según la costumbre vietnamita.
“Una tarde, esperando al hermano Johnson a la entrada de su casa para hacer la orientación familiar, vi, con gran sorpresa, que en la cocina había una mesa casi idéntica a la que le había regalado a mi familia; la única diferencia consistía en que en donde nuestra mesa tenía clavijas, ¡la de los Johnson tenía agujeros! Entonces me di cuenta de que, al notar nuestra necesidad, aquel hombre caritativo había cortado su mesa de cocina por la mitad y había hecho nuevas patas para las dos mitades.
“Era obvio que la familia Johnson no podía sentarse toda junta alrededor de aquella pequeña mesa; probablemente no cabían cómodamente ni siquiera cuando estaba entera…
“En el transcurso de mi vida, aquel acto de bondad ha sido un fuerte recordatorio de la verdadera generosidad” (Son Quang Le, según lo relató a Beth Ellis Le, “Dos mesas casi idénticas”, Liahona, julio de 2004, pág. 45).
El profeta José Smith dijo: “Nuestro objetivo principal debe ser la edificación de Sión” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, pág. 196). En nuestra familia y en nuestras estacas y distritos, procuremos establecer Sión por medio de la unidad, la piedad y la caridad, preparándonos para ese gran día en que Sión, la Nueva Jerusalén, se levante. En las palabras de nuestro himno:
Israel, Jesús os llama
de las tierras de pesar.
Babilonia va cayendo
Dios sus torres volcará.
A Sión venid, pues prestos;
en sus centros paz gozad.
A Sión venid, pues prestos;
El Señor ya volverá.
Testifico de Jesucristo, el Rey de Sión, en el nombre de Jesucristo. Amén.
A Sión venid
D. Todd Christofferson
"A Sión venid," , (octubre 1, 2008)
En nuestra familia y en nuestras estacas y distritos, procuremos establecer Sión por medio de la unidad, la piedad y la caridad.
El profeta José Smith dijo: “La edificación de Sión es una causa que ha interesado al pueblo de Dios en todas las edades; es un tema que los profetas, reyes y sacerdotes han tratado con gozo particular. Han mirado adelante, con gloriosa expectativa, hacia el día en que ahora vivimos; e inspirados por celestiales y gozosas expectativas, han cantado, escrito y profetizado acerca de ésta, nuestra época; pero murieron sin verla. Nosotros somos el pueblo favorecido que Dios ha elegido para llevar a cabo la gloria de los últimos días” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, [Curso de estudio del Sacerdocio de Melquisedec y de la Sociedad de Socorro, 2007], pág. 195).
Sión es a la vez un lugar y un pueblo; fue el nombre que se dio a la antigua ciudad de Enoc en los tiempos anteriores al Diluvio. “…Y aconteció que en sus días él edificó una ciudad que se llamó la Ciudad de Santidad, a saber, Sión” (Moisés 7:19). Aquella Sión existió unos trescientos sesenta y cinco años (véase Moisés 7:68). El registro de las Escrituras dice: “Y Enoc y todo su pueblo anduvieron con Dios, y él moró en medio de Sión; y aconteció que Sión no fue más, porque Dios la llevó a su propio seno, y desde entonces se extendió el dicho: Sión ha huido” (Moisés 7:69). Más tarde, a Jerusalén y su templo se les llamó el monte de Sión, y las Escrituras profetizan de una futura Nueva Jerusalén donde Cristo reinará como “Rey de Sión”, cuando “por el espacio de mil años la tierra descansará” (Moisés 7:53, 64).
El Señor llamó al pueblo de Enoc, Sión, “porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18). En otra parte Él dijo: “…porque ésta es Sión: los puros de corazón” (D. y C. 97:21).
La antítesis y antagonista de Sión es Babilonia. La ciudad de Babilonia originalmente era Babel, la de la conocida Torre de Babel, y más adelante llegó a ser la capital del Imperio Babilónico. Su edificio principal era el templo de Bel o Baal, el ídolo al cual se referían los profetas del Antiguo Testamento como “vergüenza” dadas las perversiones sexuales que se relacionaban con su adoración (véase el Diccionario Bíblico en inglés: “Asiria y Babilonia”, “Babilonia o Babel”, o la Guía para el Estudio de las Escrituras: “Baal”). Su mundanalidad, su adoración del mal y el cautiverio de Judá después de la conquista en el año 587 a.C., todo ello se combina para que Babilonia se considere el símbolo de las sociedades decadentes y de la esclavitud espiritual.
Es en base a ese antecedente que el Señor dijo a los miembros de Su Iglesia: “Salid de Babilonia; congregaos de entre las naciones, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (D. y C. 133:7). Mandó que los élderes de Su Iglesia fueran enviados a todo el mundo para llevar a cabo ese recogimiento, lo que dio comienzo a un empeño que continúa en pleno vigor hoy día. “Y he aquí, éste será su pregón y la voz del Señor a todo pueblo: Id a la tierra de Sión para que se ensanchen las fronteras de mi pueblo, y sean fortalecidas sus estacas, y Sión se extienda hasta las regiones inmediatas” (D. y C. 133:9).
Así es como hoy el pueblo del Señor está congregándose “de entre las naciones” al reunirse en congregaciones y estacas de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días esparcidas entre las naciones. Nefi previó que esos “dominios” serían pequeños pero que el poder del Señor descendería “sobre los santos de la iglesia del cordero… que se hallaban dispersados sobre la superficie de la tierra; y [tendrían] por armas su rectitud” (véase 1 Nefi 14:12–14). El Señor nos pide que seamos faros de rectitud para guiar a los que busquen la seguridad y las bendiciones de Sión:
“De cierto os digo a todos: Levantaos y brillad, para que vuestra luz sea un estandarte a las naciones;
“a fin de que el recogimiento en la tierra de Sión y sus estacas sea para defensa y para refugio contra la tempestad y contra la ira, cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra” (D. y C. 115:5–6).
Bajo la dirección del profeta José Smith, los primeros miembros de la Iglesia intentaron establecer el lugar central de Sión en Misuri, pero no se hicieron merecedores de edificar la ciudad santa. El Señor explicó una de las razones por las que fracasaron:
“…no han aprendido a ser obedientes en las cosas que requerí de sus manos, sino que están llenos de toda clase de iniquidad, y no dan de sus bienes a los pobres ni a los afligidos entre ellos, como corresponde a los santos;
“ ni están unidos conforme a la unión que requiere la ley del reino celestial” (D. y C. 105:3–4).
“…había riñas, y contiendas, y envidias, y disputas, y deseos sensuales y codiciosos entre ellos; y como resultado de estas cosas, profanaron sus heredades” (D. y C. 101:6).
Sin embargo, antes de juzgar a esos primeros santos con demasiada severidad, debemos analizarnos a nosotros mismos para ver si somos mucho mejores.
Sión es Sión debido al carácter, a los atributos y a la fidelidad de sus habitantes. Recuerden que “el Señor llamó Sión a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18). Si queremos establecer Sión en nuestros hogares, ramas, barrios y estacas, debemos estar a la altura de esa norma. Será preciso: (1) que lleguemos a ser unidos en corazón y voluntad; (2) que individual y colectivamente lleguemos a ser un pueblo santo; y (3) que cuidemos de los pobres y los necesitados con tal eficacia que eliminemos la pobreza de entre nosotros. No podemos esperar hasta que venga Sión para que sucedan esas cosas; Sión vendrá sólo cuando las hagamos.
La unidad
Al considerar la unidad que se requiere para que Sión florezca, debemos preguntarnos si hemos superado las “riñas, y contiendas, y envidias, y disputas” (D. y C. 101:6). ¿Estamos, individualmente y como pueblo, libres de contención y disputas y unidos “conforme a la unión que requiere la ley del reino celestial”? (D. y C. 105:4). El perdonarnos unos a otros es esencial para lograr esa unidad. Jesús dijo: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres” (D. y C. 64:10).
Llegaremos a ser uno de corazón y voluntad si cada uno pone al Salvador como centro de nuestra vida y si seguimos a aquellos a quienes Él ha comisionado para dirigirnos. Podemos unirnos al presidente Thomas S. Monson en amor y preocupación el uno por el otro. En la conferencia general de abril de este año, el presidente Monson habló a los que se han apartado de la Iglesia y a todos nosotros cuando dijo: “En el refugio privado de nuestra propia conciencia yace ese espíritu, esa determinación de despojarnos de la persona antigua y alcanzar la medida de nuestro verdadero potencial. En ese espíritu, volvemos a extender esa sincera invitación: Vuelvan. Les tendemos la mano con el amor puro de Cristo y expresamos nuestro deseo de ayudarlos y recibirlos en plena hermandad. A los que estén heridos en el espíritu o que tengan dificultades y temor, les decimos: Permítannos ayudarlos, animarlos y calmar sus temores” (“El mirar hacia atrás y seguir adelante”, Liahona, mayo de 2008, pág. 90).
A fines de julio de este año, los jóvenes adultos solteros de diversos países de Europa se reunieron en las afueras de Budapest, Hungría, para una conferencia. Entre ellos había un grupo de veinte hombres y mujeres jóvenes de Moldavia que habían pasado días tratando de obtener pasaportes y visas, y más de treinta horas viajando en autobús para llegar allí. El programa de la conferencia incluía unos quince talleres; cada persona tenía que elegir los dos o tres que le interesaran más. En lugar de concentrarse exclusivamente en su intereses personales, los jóvenes moldavos se reunieron e hicieron planes para que por lo menos uno de ellos estuviera en cada una de las clases y tomara abundantes notas; después, compartirían lo que habían aprendido unos con otros y más tarde lo harían con los jóvenes adultos de Moldavia que no habían podido asistir. En su forma más sencilla eso ejemplifica la unidad y el amor de unos por los otros que, multiplicado miles de veces en diversas maneras, volverá “a traer a Sión”(Isaías 52:8).
La santidad
Gran parte de la obra de establecer Sión consiste en nuestros esfuerzos individuales por llegar a ser “los puros de corazón” (D. y C. 97:21). “No se puede edificar a Sión sino de acuerdo con los principios de la ley del reino celestial”, dijo el Señor, “de otra manera, no la puedo recibir” (D. y C. 105:5). La ley del reino celestial es, por supuesto, la ley y los convenios del Evangelio, que incluyen el tener constantemente presente al Salvador y nuestro compromiso de obediencia, sacrificio, consagración y fidelidad.
El Salvador censuró a algunos de los primeros santos por sus “deseos sensuales” (D. y C. 101:6; véase también D. y C. 88:121). Aquellas eran personas que vivían en un mundo donde no existían ni la televisión, ni el cine, ni internet ni los iPod. En un mundo inundado por imágenes y música sensuales, ¿nos encontramos libres de ese tipo de deseos y de los males que los acompañan? En lugar de alterar los límites de la vestimenta modesta o de transigir a la inmoralidad indirecta de la pornografía, debemos sentir hambre y sed de rectitud. Para venir a Sión, no es suficiente que seamos un tanto menos inicuos que los demás; no sólo debemos ser buenos, sino que debemos llegar a ser hombres y mujeres santos. Recordando la frase del élder Neal A. Maxwell, establezcamos de una vez por todas nuestra residencia en Sión y renunciemos a nuestra casa de veraneo en Babilonia (véase “Proponed esto en vuestros corazones”, Liahona, noviembre de 2006, págs. 102–103).
El cuidado de los pobres
A través de la historia, el Señor ha evaluado a las sociedades y a las personas según la forma en que cuidaron de los pobres. Él ha dicho:
“Porque la tierra está llena, y hay suficiente y de sobra; sí, yo preparé todas las cosas, y he concedido a los hijos de los hombres que sean sus propios agentes.
“De manera que, si alguno toma de la abundancia que he creado, y no reparte su porción a los pobres y a los necesitados, conforme a la ley de mi evangelio, en el infierno alzará los ojos con los malvados, estando en tormento” (D. y C. 104:17–18; véase también D. y C. 56:16–17).
Además, dice: “No obstante, en vuestras cosas temporales seréis iguales, y esto no de mala gana; de lo contrario, se retendrá la abundancia de las manifestaciones del Espíritu” (D. y C. 70:14; véase también D. y C. 49:20; 78:5–7).
Nosotros controlamos cómo se dispone de nuestros medios y recursos, pero somos responsables ante Dios de nuestra mayordomía en las cosas terrenales. Es gratificante ver la generosidad de ustedes al contribuir a las ofrendas de ayuno y a los proyectos humanitarios. A través de los años, el sufrimiento de millones de personas se ha aliviado y muchas otras han logrado ser autosuficientes gracias a la generosidad de los santos. No obstante, al seguir la causa de Sión, cada uno de nosotros debe considerar en oración si está haciendo lo que debe, todo lo que el Señor espera que haga, con respecto a los pobres y los necesitados.
Al vivir, como muchos lo hacemos, en sociedades que adoran las posesiones y los placeres, podemos preguntarnos si nos estamos manteniendo distanciados de la codicia y del deseo de adquirir cada vez más de los bienes de este mundo. El materialismo no es nada más que otra manifestación de la idolatría y el orgullo que caracterizan a Babilonia. Tal vez podamos aprender a estar satisfechos con lo suficiente para nuestras necesidades.
El apóstol Pablo advirtió a Timoteo sobre las personas que “toman la piedad como fuente de ganancia” (1 Timoteo 6:5).
Él dijo: “…nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar.
“Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Timoteo 6:7–8).
En gran parte del mundo estamos entrando en tiempos económicos inestables. Cuidemos los unos de los otros de la mejor manera posible. Recuerdo la historia de una familia vietnamita que huyó de Saigón en 1975 y terminó viviendo en una pequeña casa rodante en Provo, Utah. Uno de los jóvenes de la familia de refugiados llegó a ser el compañero de orientación familiar de un tal hermano Johnson, que vivía cerca con su familia numerosa. El muchacho relató lo siguiente:
“Un día el hermano Johnson notó que nuestra familia no tenía una mesa en la cocina; al día siguiente apareció con una mesa de aspecto extraño pero muy práctica, que cabía perfectamente contra la pared frente al fregadero y la encimera de la cocina. Digo que era extraña porque dos de las patas hacían juego con la parte superior y las otras dos no; y además, había varias clavijas de madera que sobresalían en uno de los costados de la gastada superficie.
“Empezamos a usarla para preparar los alimentos y comer algunas comidas rápidas. Aún comíamos la comida principal sentados en el suelo… según la costumbre vietnamita.
“Una tarde, esperando al hermano Johnson a la entrada de su casa para hacer la orientación familiar, vi, con gran sorpresa, que en la cocina había una mesa casi idéntica a la que le había regalado a mi familia; la única diferencia consistía en que en donde nuestra mesa tenía clavijas, ¡la de los Johnson tenía agujeros! Entonces me di cuenta de que, al notar nuestra necesidad, aquel hombre caritativo había cortado su mesa de cocina por la mitad y había hecho nuevas patas para las dos mitades.
“Era obvio que la familia Johnson no podía sentarse toda junta alrededor de aquella pequeña mesa; probablemente no cabían cómodamente ni siquiera cuando estaba entera…
“En el transcurso de mi vida, aquel acto de bondad ha sido un fuerte recordatorio de la verdadera generosidad” (Son Quang Le, según lo relató a Beth Ellis Le, “Dos mesas casi idénticas”, Liahona, julio de 2004, pág. 45).
El profeta José Smith dijo: “Nuestro objetivo principal debe ser la edificación de Sión” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, pág. 196). En nuestra familia y en nuestras estacas y distritos, procuremos establecer Sión por medio de la unidad, la piedad y la caridad, preparándonos para ese gran día en que Sión, la Nueva Jerusalén, se levante. En las palabras de nuestro himno:
Israel, Jesús os llama
de las tierras de pesar.
Babilonia va cayendo
Dios sus torres volcará.
A Sión venid, pues prestos;
en sus centros paz gozad.
A Sión venid, pues prestos;
El Señor ya volverá.
Testifico de Jesucristo, el Rey de Sión, en el nombre de Jesucristo. Amén.
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