sábado, 7 de mayo de 2011

A donde me mandes iré

Dallin H. Oaks
Of the Quorum of the Twelve Apostles


Quizás no tenga yo que cruzar
montañas ni ancho mar;
quizás no sea a lucha cruel
que Cristo me quiera enviar.
Mas si Él me llama a sendas
que yo nunca caminé,
confiando en Él le diré:
Señor, adonde me mandes iré.
(“A donde me mandes iré”, Himnos, N° 175.)

Escrito por una poetisa que no era Santo de los Últimos Días, sus palabras expresan la dedicación de los hijos fieles de Dios en todas las épocas.

Abraham, que condujo a Isaac en aquella desgarradora jornada hasta el monte Moriah, iba fielmente a donde el Señor quería que fuera (véase Génesis 22). También lo hizo David, cuando salió de las filas de los ejércitos de Israel para responder al desafío del gigante Goliat (véase 1 Samuel 17). Ester, inspirada para salvar a su pueblo, recorrió un mortífero sendero para enfrentar al rey en el aposento real (véase Ester 4–5). “A donde me mandes iré, Señor” fue la motivación que tuvo Lehi para abandonar Jerusalén (véase 1 Nefi 2) y su hijo Nefi para volver en busca de los preciados anales (véase 1 Nefi 3). Se podrían citar cientos de otros ejemplos de las Escrituras.

Todas esas almas fieles demostraron su obediencia a la guía del Señor y la fe que tenían en Su poder y bondad. Como lo explicó Nefi: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7).

A nuestro alrededor, y en recuerdos de tiempos pasados, tenemos los ejemplos inspiradores del servicio humilde y fiel de Santos de los Últimos Días. Uno de los más conocidos es el del presidente J. Reuben Clark. Después de más de dieciséis años de haber sido un primer consejero de influencia extraordinaria, se reorganizó la Primera Presidencia y lo llamaron como segundo consejero. Dando un ejemplo de humildad y de disposición a prestar servicio que ha influido en generaciones, él dijo a la Iglesia:” ‘Cuando servimos al Señor, no interesa dónde sino cómo lo hacemos. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, uno debe aceptar el lugar que se le haya llamado a ocupar y no debe ni procurarlo ni rechazarlo’ ” (citado por Keith K. Hilbig en “El crear o continuar eslabones del sacerdocio”, Liahona, enero de 2002, pág. 53).

De la misma importancia, aunque menos visibles, están los millones de miembros que ahora trabajan con fe y devoción similares en los rincones remotos de la viña del Señor. Nuestros fieles misioneros mayores presentan los mejores ejemplos que conozco.

Hace poco revisé los papeles misionales de más de cincuenta matrimonios mayores. Todos habían cumplido ya por lo menos tres misiones cuando enviaron los papeles para recibir otro llamamiento; provenían de todas partes, desde Australia hasta Arizona, de California a Misuri; sus edades variaban desde sesenta y setenta y tantos años hasta… bueno, no importa. Una de las parejas, que se ofrecía para cumplir la séptima misión, había prestado servicio en la Manzana del Templo, en Alaska, en Nueva Zelanda, en Kenya y en Ghana; se les mandó a Filipinas. Se podrían citar infinidad de ejemplos similares.

Los comentarios de los líderes del sacerdocio, que aparecen en los papeles de esos matrimonios, son un testimonio de servicio y sacrificio. A continuación, cito varios:

“Dispuestos a ir a cualquier lugar y hacer cualquier cosa durante todo el tiempo que se les requiera”.

“Son un gran ejemplo de los miembros de la Iglesia que dedican su vida a servir al Señor”.

“Iremos a donde el Señor quiera que vayamos”, comentó un matrimonio. “Oramos para que nos manden a donde se nos necesite”.

Los comentarios de los líderes del sacerdocio sobre las cualidades de esos matrimonios dan un buen resumen de la obra que nuestros misioneros mayores llevan a cabo tan eficazmente.

“Él es especial para comenzar y hacer funcionar programas, y en liderazgo”.

“Su mayor gozo es cuando se les pide que ‘edifiquen’ y desarrollen algo, por lo que una asignación en un área en desarrollo de la Iglesia sería apropiada para ellos. Están dispuestos a prestar servicio en cualquier cargo al que se les llame”.

“Serían de mayor utilidad trabajando con los menos activos y los conversos que en las oficinas”.

“Aman a los jóvenes y tienen un don especial para tratarlos”.

“Consideran que son más eficaces, y les gusta más, la capacitación de líderes y la obra de hermanamiento”.

“Han declinado un poco físicamente, pero no en asuntos espirituales ni en su entusiasmo misional”.

“Él es un verdadero misionero. Se llama Nefi y sigue los pasos de su tocayo. Ella es una mujer extraordinaria y siempre ha sido un gran ejemplo. Serán excelentes en cualquier lugar a donde se les llame. Ésta es su quinta misión”. (Habían prestado servicio previamente en Guam, Nigeria, Vietnam, Pakistán, Singapur y Malasia. Para que descansaran de esos senderos tan difíciles, los siervos del Señor los llamaron a prestar servicio en el Templo de Nauvoo.)

Otro matrimonio habló por todos esos héroes y heroínas al escribir lo siguiente: “Iremos a cualquier parte y haremos lo que se nos pida. No es un sacrificio sino un privilegio”.

Esos misioneros mayores ofrecen una porción especial de sacrificio y dedicación; así también lo hacen nuestros presidentes de misión y de templo y sus leales compañeras. Todos dejan atrás su hogar y su familia para prestar servicio regular durante cierto tiempo. Lo mismo hacen el ejército de misioneros jóvenes, que interrumpen su vida cotidiana, se despiden de familia y de amigos y salen (generalmente pagando sus propios gastos) a prestar servicio en dondequiera que el Señor les asigne, hablando por medio de Sus siervos.
A donde me mandes iré, Señor,
a montañas o islas del mar.
Diré lo que quieras que diga, Señor,
y lo que Tú quieras seré.
(Himnos, N° 175.)

Millones de otras personas prestan servicio viviendo en su propio hogar y sirviendo voluntariamente en la Iglesia. Eso hacen los veintiséis mil obispados y presidencias de rama, y las fieles presidencias de quórumes y de la Sociedad de Socorro, la Primaria y las Mujeres Jóvenes que trabajan con ellos y bajo su dirección. Y eso hacen millones de otras personas que son fieles maestros en barrios, ramas, estacas y distritos. Pienso, además, en los cientos de miles de maestros orientadores y maestras visitantes que cumplen el mandato del Señor de “velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos” (D. y C. 20:53). Todos ellos pueden unirse en esta inspirada estrofa:
Habrá palabras de fe y paz
que me mande el Señor decir;
yo sé que en sendas de la maldad
hay seres que redimir.
Señor, si Tú quieres mi guía ser,
la senda seguiré;
tu bello mensaje podré anunciar,
y lo que me mandes diré.
(Himnos, N° 175.)

Como lo enseñó el rey y profeta Benjamín: “…cuando [estamos] al servicio de [n]uestros semejantes, sólo [estamos] al servicio de [n]uestro Dios” (Mosíah 2:17). También nos advirtió: “Y mirad que se hagan todas estas cosas con prudencia y orden; porque no se exige que un hombre corra más aprisa de lo que sus fuerzas le permiten” (Mosíah 4:27).

El Evangelio de Jesucristo nos exhorta a convertirnos; nos enseña lo que debemos hacer y nos da las oportunidades de llegar a ser lo que nuestro Padre Celestial quiere que seamos. La dimensión total de esa conversión en hombres y mujeres de Dios se lleva a cabo mejor mediante nuestras labores en Su viña.

En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tenemos una gran tradición de servicio abnegado. Sin duda, una de las características distintivas de esta Iglesia es el hecho de que no tenemos clero profesional ni pago en los miles de nuestras congregaciones locales ni en las estacas, distritos y misiones regionales que las supervisan. Como una parte esencial del plan de Dios para Sus hijos, el liderazgo y el trabajo en esta Iglesia lo suministran Sus hijos, que dedican liberalmente su tiempo al servicio de Dios y de sus semejantes. Ellos obedecen el mandamiento del Señor de amarlo y servirlo (véase Juan 14:15; D. y C. 20:19, 42:29, 59:5). Esa es la forma en que hombres y mujeres se preparan para la suprema bendición de la vida eterna.

A pesar de ello, todavía hay quienes podrían mejorar. Cuando pido a los presidentes de estaca sugerencias en cuanto al tema que debería tratar en la conferencia de su estaca, muchas veces me hablan de miembros que rechazan llamamientos en la Iglesia o que los aceptan y no cumplen sus responsabilidades. Hay algunos que no son dedicados ni fieles, y así ha sido siempre. Pero esa actitud tiene consecuencias.

El Salvador habló del contraste entre los fieles y los infieles en tres grandes parábolas que se encuentran en el capítulo 25 de Mateo. La mitad de las invitadas quedaron excluidas de las bodas por no estar preparadas cuando llegó el esposo (véase Mateo 25:1–13). A los siervos inútiles, que no emplearon los talentos que el Maestro les había dado, no se les permitió entrar en el gozo del Señor (véase Mateo 25:14–30). Y cuando el Señor vino en Su gloria, separó a las ovejas, que habían prestado servicio a Él y a sus semejantes, de los cabritos, que no lo habían hecho. Sólo los que lo habían hecho “a uno de estos mis hermanos más pequeños” (Mateo 25:40) fueron apartados a Su derecha para “heredar el reino preparado… desde la fundación del mundo” (véase Mateo 25:31–46).

Mis hermanos y hermanas, si no están completamente dedicados, les pido que consideren a quién es que se niegan a servir o descuidan su servicio cuando rechazan un llamamiento o cuando lo aceptan, cuando prometen y no lo cumplen. Ruego que cada uno de nosotros siga estas inspiradas palabras:
Habrá quizás algún lugar,
en viñas de mi Señor,
en donde pueda con fe servir
a Cristo, mi Salvador.
(Himnos, N° 175.)

Jesús señaló el camino. Aun cuando deseó no tener que recorrer la amarga senda a través de Getsemaní y el Calvario (véase D. y C. 19:18), con sumisión le dijo al Padre: “…pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

Antes, había enseñado:

“…Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.

“Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.

“Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mateo 16:24–26).

Es preciso que recordemos el propósito de prestarnos servicio unos a otros. Si se tratara solamente de realizar parte de Su obra, Dios podría enviar “legiones de ángeles”, como Jesús enseñó en otra ocasión (véase Mateo 26:53). Pero con eso no se cumpliría el propósito del servicio que Él ha determinado. Servimos a Dios y a nuestros semejantes a fin de convertirnos en la clase de hijos que puedan volver a vivir con nuestros Padres Celestiales.
Y siempre confiando en Su bondad,
Sus dones recibiré.
Alegre, haré Su voluntad,
y lo que me mande seré.
(Himnos, N° 175.)

Hace casi diez años leí la carta de un ex misionero que describía cómo había tenido lugar ese proceso en su vida. Escribía para agradecer a los que dirigían la obra misional por haberse “atrevido a enviarme a donde el Señor quería, en lugar de a donde a mí me parecía bien”. Según explicó, provenía “de un ambiente de intelectualidad orgullosa y competitiva”. Antes de la misión estaba estudiando en una universidad prestigiosa del este de los Estados Unidos. Cito sus palabras:

“Creo que por un sentido de obligación y de costumbre, llené y envié los papeles de la misión, marcando con extremo cuidado la columna donde expresaba mi gran deseo de prestar servicio en el extranjero y en otro idioma. También tuve la precaución de hacer notar mi excelencia como estudiante de ruso y mi capacidad de pasar dos años entre el pueblo ruso. Seguro de que ningún comité podría resistirse a tales cualidades, me quedé tranquilo esperando gozar de una extraordinaria aventura cultural y educativa”.

Se quedó impactado al recibir el llamamiento para cumplir una misión en los Estados Unidos. No sabía nada del estado en el cual prestaría servicio, aparte de que estaría en su propio país y hablando en inglés, en lugar del otro idioma que había aprendido y, como dijo: “Las personas con las cuales trabajaría serían académicamente incompetentes”. Continúa diciendo: “Estuve a punto de rechazar el llamamiento, pensando que me sentiría más útil anotándome en el Cuerpo de Paz o algo por el estilo”.

Felizmente, aquel joven orgulloso encontró el valor y la fe para aceptar el llamamiento y seguir la guía y los consejos del buen presidente de misión. Entonces comenzó el milagro de su progreso espiritual. Él lo describe así:

“Al empezar mi servicio entre la gente ignorante de [aquel estado], luché denodadamente durante varios meses; pero la dulce influencia del Espíritu comenzó gradualmente a derrumbar las paredes de orgullo e incredulidad que rodeaban estrechamente mi alma. Y empezó el milagro de mi conversión a Cristo; el sentido de la realidad de Dios y de la fraternidad eterna del hombre se hizo cada vez más fuerte en mi turbada mente”.

Él reconoció que no le había sido fácil, pero que con la influencia del excelente presidente de la misión y con el amor creciente que fue sintiendo hacia la gente a la cual servía, el cambio se hizo posible y tuvo lugar.

“Mi deseo de amar y servir a esas personas que, en la escala más importante, eran por lo menos mis iguales y casi sin duda superiores a mí, se hizo cada vez más fuerte. Por primera vez en la vida, aprendí la humildad, aprendí lo que significa valorar a los demás sin tener en cuenta los detalles insignificantes de la vida. Empecé a sentir que el corazón se me henchía de amor por los espíritus que vinieron conmigo a esta tierra” (carta a las Autoridades Generales, febrero de 1994).

Tal es el milagro del servicio. Como lo dijo la poetisa:
Mas si Él me llama a sendas
que yo nunca caminé,
confiando en Él le diré:
Señor, adonde me mandes iré.
(Himnos, N° 175.)

Testifico de Jesucristo, que nos llama a Su camino y a Su servicio, y ruego que tengamos la fe y la dedicación de seguirlo y las fuerzas para ser lo que Él quiere que seamos, en el nombre de Jesucristo. Amén.

viernes, 15 de abril de 2011

El poder del sacerdocio

Abril 2011 General Conference
El poder del sacerdocio

Thomas S. Monson

President of the Church

Thomas S. Monson

Que hoy y siempre seamos dignos receptores del divino poder del sacerdocio que poseemos. Que bendiga nuestras vidas y que lo usemos para bendecir la vida de los demás.


He orado y meditado mucho acerca de qué decirles esta noche. No deseo ofender a nadie. Pensé: “¿Cuáles son los desafíos que tenemos? ¿Con qué me enfrento cada día que causa que llore, a veces hasta altas horas de la noche?”. Pensé que trataría de hablar de algunos de esos desafíos esta noche. Algunos se aplicarán a los hombres jóvenes; algunos se aplicarán a los de mediana edad; algunos se aplicarán a quienes son un poco mayores que los de la mediana edad. De los ancianos no hablamos.

Por lo tanto, simplemente quiero comenzar declarando que ha sido bueno para nosotros estar juntos esta noche. Hemos escuchado mensajes extraordinarios y oportunos sobre el sacerdocio de Dios. Yo, al igual que ustedes, he sido elevado e inspirado.

Esta noche quiero abordar temas que he tenido muy presentes últimamente y que he tenido la impresión de que debo compartir con ustedes. De una forma u otra, todos tienen que ver con la dignidad personal requerida para recibir y ejercer el sagrado poder del sacerdocio que poseemos.

Permítanme empezar leyéndoles de la sección 121 de Doctrina y Convenios:

“…los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y… éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud.

“Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre” 1 .

Hermanos, ésas son las palabras definitivas del Señor en cuanto a Su autoridad divina. No podemos tener dudas en cuanto a la obligación que esto nos impone a cada uno de los que poseemos el sacerdocio de Dios.

Hemos venido a la tierra en tiempos difíciles. La brújula moral de las masas gradualmente ha cambiado al punto de aceptar “prácticamente cualquier cosa”.

He vivido lo suficiente para haber presenciado gran parte de la metamorfosis de la moralidad de la sociedad. Si bien antes las normas de la Iglesia eran casi todas compatibles con las de la sociedad, ahora nos divide un gran abismo que cada vez se agranda más.

Muchas películas y programas de televisión presentan comportamientos que se encuentran en oposición directa a las leyes de Dios. No se sometan ustedes a la insinuación y a la indecencia explícita que con mucha frecuencia se ve allí. Las letras de gran parte de la música actual caen en la misma categoría. Lo profano, que es tan prevalente a nuestro alrededor hoy, jamás se habría tolerado en un pasado no muy distante. Lamentablemente, se toma en vano el nombre del Señor una y otra vez. Recordemos juntos el mandamiento ---uno de los diez--- que el Señor reveló a Moisés en el monte Sinaí: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano, porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano” 2 . Lamento que cualquiera de nosotros estemos sujetos a un lenguaje profano, y les ruego que no lo empleen. Les imploro que no digan ni hagan nada de lo que no puedan sentirse orgullosos.

Manténganse totalmente alejados de la pornografía; nunca se permitan verla; jamás. Se ha demostrado que es una adicción la cual es muy difícil de vencer. Eviten el consumo de alcohol y tabaco y cualquier otra droga, que también son adicciones que les costará mucho superar.

¿Qué los protegerá del pecado y la maldad que los rodea? Sostengo que un testimonio firme de nuestro Salvador y de Su evangelio los ayudará a mantenerse a salvo. Si no han leído el Libro de Mormón, léanlo. No les pediré que levanten la mano. Si lo hacen con oración y con el deseo sincero de saber la verdad, el Espíritu Santo les manifestará que es verdadero. Si es verdadero, y lo es, entonces José Smith fue un profeta que vio a Dios el Padre y a Su Hijo Jesucristo. La Iglesia es verdadera. Si aún no tienen un testimonio de estas cosas, hagan lo necesario para obtenerlo. Es esencial que tengan un testimonio propio, ya que los testimonios de los demás sólo les servirán hasta cierto punto. Una vez que se obtiene, el testimonio debe mantenerse activo y vivo por medio de la obediencia a los mandamientos de Dios y mediante la oración y el estudio Escrituras con regularidad. Asistan a la Iglesia. Ustedes, jóvenes, asistan a seminario o instituto si tienen esa oportunidad.

Si hubiese algo que no está bien en su vida, tienen disponible una salida. Dejen toda iniquidad; hablen con el obispo. Sea cual sea el problema, se puede resolver mediante el debido arrepentimiento. Pueden volver a ser limpios. Al hablar de aquellos que se arrepienten, dijo el Señor: “…aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos…” 3 , “…y yo, el Señor, no los recuerdo más” 4 .

El Salvador de la humanidad se describió a sí mismo diciendo que estaba en el mundo sin ser del mundo 5 . Nosotros también podemos estar en el mundo sin ser del mundo al rechazar los conceptos falsos y las enseñanzas falsas, y ser fieles a lo que Dios nos ha mandado.

Ahora bien, últimamente he pensado mucho en ustedes jóvenes que están en edad de casarse pero que no han sentido el deseo de hacerlo. Veo que hay jóvenes encantadoras que desean casarse y criar una familia; sin embargo, sus oportunidades se ven limitadas porque hay tantos varones jóvenes que están postergando el matrimonio.

Esta situación no es nueva. Es mucho lo que han dicho sobre este tema los presidentes anteriores de la Iglesia. Compartiré con ustedes sólo uno o dos ejemplos de lo que aconsejaron.

Dijo el presidente Harold B. Lee: “…no estamos cumpliendo con nuestra responsabilidad como poseedores del sacerdocio si dejamos pasar la edad de casarnos y nos abstenemos de casarnos de manera honorable con una de estas adorables jóvenes” 6 .

El presidente Gordon B. Hinckley dijo lo siguiente: “Mi corazón se enternece por… las hermanas solteras que deseen casarse y no encuentran con quién hacerlo… Tengo mucho menos lástima de los jóvenes, que bajo las costumbres de nuestra sociedad tienen el privilegio de tomar la iniciativa en esos casos y sin embargo muchas veces no lo hacen” 7 .

Soy consciente de que hay muchas razones por las cuales pueden estar dudando en cuanto a tomar el paso de casarse. Si les preocupa el proveer económicamente para una esposa y una familia, permítanme asegurarles que no tiene nada de bochornoso el que una pareja sea frugal y economice. Por lo general, es durante estas épocas desafiantes que se unirán más como pareja al aprender a sacrificarse y tomar decisiones difíciles. Tal vez tengan miedo de tomar la decisión equivocada, a lo cual les digo que tienen que ejercer fe. Busquen a alguien con quien sean compatibles. Reconozcan que no les será posible anticipar cada reto que se pueda presentar; pero estén seguros de que pueden solucionar casi todo si son ingeniosos y están dedicados a hacer que el matrimonio salga adelante.

Tal vez estén divirtiéndose demasiado al estar solteros, tomando vacaciones extravagantes, comprando automóviles y juguetes costosos, y básicamente gozando de una vida despreocupada con los amigos. Me he topado con grupos de ustedes que salen juntos, y admito que me he preguntado por qué no están con las jovencitas.

Hermanos, llega el momento en que hay que pensar seriamente en casarse y buscar una compañera con la que quieran pasar la eternidad. Si escogen con prudencia, y si están dedicados al éxito del matrimonio, no hay nada en la vida les traerá más felicidad.

Cuando se casen, háganlo en la casa del Señor. Para los que poseen el sacerdocio no debería haber otra opción. Tengan cuidado, no sea que dejen de ser dignos de poder casarse allí. Pueden mantener el cortejo dentro de los límites adecuados y aun así pasarlo muy bien.

Ahora, hermanos, paso a otro tema sobre el cual tengo la impresión de que debo hablarles. En los tres años que han pasado desde que me sostuvieron como presidente de la Iglesia, creo que la responsabilidad más triste y desalentadora que tengo es la de tratar con las cancelaciones de sellamientos. Cada una se vio precedida por un matrimonio dichoso en la casa del Señor, en el que una pareja llena de amor empezaba la vida lado a lado, esperando con anhelo pasar el resto de la eternidad juntos. Después pasan los meses y los años y, por alguna razón, el amor muere. Tal vez sea el resultado de problemas económicos, falta de comunicación, malhumores descontrolados, interferencia de los suegros o el quedar atrapados en el pecado. Hay muchas razones. En la mayoría de los casos, el divorcio no tiene que ser el resultado.

La gran mayoría de las cancelaciones de sellamientos las solicitan mujeres que intentaron con desesperación hacer que el matrimonio saliera adelante pero que, en el análisis final, no pudieron sobrellevar los problemas.

Escojan a la compañera con cuidado y en oración, y cuando estén casados, sean ferozmente leales el uno al otro. Una pequeña placa enmarcada que una vez vi en la casa de un tío y una tía, ofrece un consejo invalorable con estas palabras: “Escoge a quien amar; ama a quien escojas”. Esas pocas palabras encierran mucha sabiduría. La dedicación en el matrimonio es absolutamente esencial.

Su esposa es su igual. En el matrimonio ninguno de los dos es superior o inferior al otro, caminan lado a lado como hijo e hija de Dios. No se la debe degradar ni insultar sino que se la debe respetar y amar. Dijo el presidente Gordon B. Hinckley: “Cualquier hombre de esta Iglesia que… ejerza injusto dominio sobre [su esposa], es indigno de poseer el sacerdocio. A pesar de que haya sido ordenado, los cielos se retirarán, el Espíritu del Señor será ofendido y se acabará la autoridad del sacerdocio de ese hombre” 8 .

El presidente Howard W. Hunter dijo lo siguiente en cuanto al matrimonio: “Ser felices y tener éxito en el matrimonio por lo general no es tanto cuestión de casarse con la persona indicada sino de ser la persona indicada”. Eso me gusta. “El esfuerzo consciente por hacer nuestra parte de la mejor manera posible es el elemento más importante que contribuye al éxito” 9 .

Hace muchos años, en el barrio que yo presidía como obispo, vivía una pareja que a menudo tenía desacuerdos muy serios y acalorados. Desacuerdos realmente serios. Cada uno de ellos estaba seguro de su postura; ninguno quería ceder. Cuando no discutían, tenían lo que yo calificaría como una tregua tensa.

Una madrugada, a las 2:00 de la mañana, recibí una llamada telefónica de la pareja; querían conversar conmigo y querían hacerlo en ese momento. Me obligué a salir de la cama, me vestí y fui a su casa. Estaban sentados en lados opuestos de la sala sin hablarse. La esposa se comunicaba con el marido hablándome a mí, y él también le contestaba hablándome a mí. Pensé: “¿Cómo vamos a hacer para unir a esta pareja?”.

Oré pidiendo inspiración, y me vino la idea de hacerles una pregunta. Les dije: “¿Hace cuánto que no van al templo a presenciar un sellamiento?”. Los dos admitieron que hacía mucho. Por lo demás, eran personas dignas que tenían recomendaciones para el templo y que asistían al templo y hacían ordenanzas por los demás.

Les dije: “¿Me acompañan al templo el miércoles por la mañana a las ocho en punto? Vamos a presenciar una ceremonia de sellamiento allí”.

Al unísono preguntaron: “¿De quién es la ceremonia?”

Yo les respondí: “No sé; será la de quien se case esa mañana”.

El miércoles siguiente, a la hora señalada, nos encontramos en el Templo de Salt Lake. Los tres entramos a una de las hermosas salas de sellamiento sin conocer a nadie en el cuarto, salvo al élder ElRay L. Christiansen, que entonces era ayudante del Quórum de los Doce, un cargo de Autoridad General que existía en esa época. Esa mañana el élder Christiansen tenía programado llevar a cabo la ceremonia de sellamiento de una pareja de novios en ese cuarto. Estoy seguro de que la novia y su familia pensaron: “Ellos deben ser amigos del novio”, y que la familia del novio pensó: “Ellos deben ser amigos de la novia”. Mi pareja estaba sentada en una pequeña banqueta como a medio metro uno del otro.

El élder Christiansen empezó ofreciendo consejos a la pareja que se iba a casar, y lo hizo de forma hermosa. Habló de que el esposo debe amar a su esposa, que debe tratarla con respeto y cortesía y honrarla como el corazón del hogar. Después le habló a la novia sobre honrar a su marido como el cabeza de hogar y ser un apoyo para él en todos los aspectos.

Me di cuenta de que a medida que el élder Christiansen les hablaba a los novios, mi pareja se iba acercando cada vez más, y pronto estaban sentados uno junto al otro. Lo que me agradó fue que los dos se acercaban más o menos al mismo ritmo. Al terminar la ceremonia, mi pareja estaba sentada uno tan cerca del otro como si ellos fuesen los recién casados; y los dos estaban sonriendo.

Ese día nos fuimos del templo sin que nadie supiera quiénes éramos o por qué habíamos ido, pero mis amigos iban de la mano al salir por la puerta principal. Habían dejado sus diferencias de lado, y yo no tuve que decir ni una palabra. Sucede que recordaron el día de su propio matrimonio y los convenios que habían hecho en la casa de Dios. Se habían comprometido a volver a empezar y a esforzarse más esta vez.

Si alguno de ustedes enfrenta dificultades en su matrimonio, los insto a que hagan todo lo posible para corregir lo necesario a fin de que sean tan felices como lo eran cuando su matrimonio comenzó. Los que nos casamos en la casa del Señor lo hacemos por esta vida y por toda la eternidad; y luego debemos hacer el esfuerzo necesario para que eso sea realidad. Soy consciente de que hay situaciones en las que los matrimonios no se pueden salvar, pero estoy convencido de que por lo general se los puede y se los debe salvar. No dejen que su matrimonio llegue al punto de estar en peligro.

El presidente Hinckley enseñó que depende de cada uno de nosotros que poseemos el sacerdocio de Dios el disciplinarnos para estar por encima de las costumbres del mundo. Es esencial que seamos hombres honorables y decentes. Nuestras acciones tienen que ser intachables.

Las palabras que decimos, cómo tratamos a los demás y la forma en que vivimos impactan nuestra eficacia como hombres y jóvenes que poseemos el sacerdocio.

El don del sacerdocio es inestimable. Conlleva la autoridad de actuar como siervos de Dios, de bendecir a los enfermos, bendecir a nuestras familias y también a los demás. Su autoridad puede extenderse más allá del velo de la muerte, hasta las eternidades. “No hay nada que se le compare en todo el mundo; protéjanlo, atesórenlo… y vivan de modo que sean dignos de él” 10 .

Mis queridos hermanos, que la rectitud guíe cada uno de nuestros pasos al viajar por esta vida. Que hoy y siempre seamos dignos receptores del divino poder del sacerdocio que poseemos. Que bendiga nuestras vidas y que lo usemos para bendecir la vida de los demás como lo hizo Él que vivió y murió por nosotros, Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Éste es mi ruego, en Su sagrado nombre, Su santo nombre. Amén.

1. Doctrina y Convenios 121:36–37.

2. Éxodo 20:7.

3. Isaías 1:18.

4. Doctrina y Convenios 58:42.

5. Véase Juan 17:14; Doctrina y Convenios 49:5.

6. “El discurso del president Harold B. Lee de la Sesión General del Sacerdocio”, Ensign, enero de 1974, pág. 100.

7. Véase Gordon B. Hinckley, “Lo que Dios ha unido”, Liahona, julio de 1991, pág. 78.

8. Gordon B. Hinckley, “La dignidad personal para ejercer el sacerdocio”, Liahona, julio de 2002, pág. 60.

9. The Teachings of Howard W. Hunter, ed. Clyde J. Williams , 1997, pág. 130.

10. Véase Gordon B. Hinckley, Liahona, julio de 2002, pág. 61.

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Establecer un hogar centrado en Cristo

Abril 2011 General Conference
Establecer un hogar centrado en Cristo

Richard J. Maynes

De los Setenta

Richard J. Maynes
Entendemos y creemos en la naturaleza eterna de la familia. Este entendimiento y creencia deben inspirarnos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para establecer un hogar centrado en Cristo.


A principios de mi servicio como joven misionero en Uruguay y Paraguay, me di cuenta de que una de las grandes atracciones para los que deseaban saber más en cuanto a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días era su interés en nuestra doctrina en cuanto a la familia. De hecho, desde la Restauración del evangelio de Jesucristo, los investigadores que buscan la verdad se han sentido atraídos a la doctrina de que las familias pueden ser eternas.

El principio de familias eternas es un elemento esencial en el gran plan de nuestro Padre Celestial para Sus hijos. El entendimiento de que tenemos una familia celestial así como una familia terrenal es fundamental en ese plan. El apóstol Pablo nos enseña que nuestro Padre Celestial es el padre de nuestros espíritus:

“Para que buscasen a Dios… [y] le hallasen…

“Porque en él vivimos, y nos movemos y somos… Porque linaje suyo somos” 1 .

Que somos linaje de un amoroso Padre Celestial es un principio tan básico del evangelio de Jesucristo, que incluso nuestros hijos proclaman su verdad cuando cantan la canción de la Primaria “Soy un hijo de Dios”. ¿Recuerdan la letra?
Soy un hijo de Dios;
Él me envió aquí.
Me ha dado un hogar
y padres buenos para mí.
Guíenme; enséñenme
la senda a seguir
para que algún día yo
con Él pueda vivir 2 .

Reconocer que tenemos una familia celestial nos ayuda a entender la naturaleza eterna de nuestra familia terrenal. En Doctrina y Convenios se nos enseña que la familia es una parte fundamental del orden del cielo: “Y la misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí, existirá entre nosotros allá; pero la acompañará una gloria eterna…” 3 .

Entender la naturaleza eterna de la familia es un elemento de importancia crítica a fin de comprender el plan de nuestro Padre Celestial para Sus hijos. El adversario, por otro lado, desea hacer todo lo que esté a su alcance para destruir el plan de nuestro Padre Celestial. En su intento por hacer fracasar el plan de Dios, está dirigiendo un ataque sin precedentes contra la institución de la familia. Algunas de las armas más poderosas que utiliza en sus ataques son el egoísmo, la avaricia y la pornografía.

Nuestra felicidad eterna no es uno de los objetivos de Satanás. Él sabe que una de las claves esenciales para hacer que los hombres y las mujeres sean miserables como él es privarlos de las relaciones familiares que tienen potencial eterno. Puesto que Satanás entiende que la verdadera felicidad en esta vida y en la eternidad se encuentra en la familia, hace todo lo que está a su alcance por destruirla.

Alma, el profeta de la antigüedad, denomina el plan de Dios para Sus hijos “el gran plan de felicidad” 4 . La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles, a quienes sostenemos como profetas, videntes y reveladores, nos han ofrecido este inspirado consejo en cuanto a la felicidad y la vida familiar: “La familia es ordenada por Dios. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honren sus votos matrimoniales con completa fidelidad. La felicidad en la vida familiar tiene mayor probabilidad de lograrse cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo” 5 .

Esta felicidad de la que habla Alma, y más recientemente la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles, indudablemente se encontrará en el hogar y en la familia. Se encontrará en abundancia si hacemos todo lo que esté a nuestro alcance por establecer un hogar centrado en Cristo.

La hermana Maynes y yo aprendimos algunos principios importantes conforme iniciamos el proceso de establecer un hogar centrado en Cristo al principio de nuestro matrimonio. Comenzamos por seguir el consejo de nuestros líderes de la Iglesia. Reunimos a nuestros hijos y llevamos a cabo noches de hogar cada semana, así como oraciones y el estudio de las Escrituras diariamente. No siempre fue fácil, ni conveniente ni tuvimos éxito, pero con el tiempo esas sencillas actividades se convirtieron en preciadas tradiciones familiares.

Aprendimos que nuestros hijos quizá no recordarían todo en cuanto a la lección de la noche de hogar más adelante en la semana, pero que recordarían que la llevamos a cabo. Aprendimos que más tarde, durante el día, quizá no recordarían las palabras exactas de las Escrituras o de la oración, pero recordarían que habíamos leído las Escrituras y que habíamos hecho la oración. Hermanos y hermanas, hay gran poder y protección para nosotros y nuestros jóvenes cuando establecemos tradiciones celestiales en nuestro hogar.

Aprender, enseñar y poner en práctica los principios del evangelio de Jesucristo en nuestro hogar nos ayuda a crear un ambiente en el que el Espíritu pueda morar. Mediante el establecimiento de estas tradiciones celestiales en nuestro hogar podremos vencer las tradiciones falsas del mundo y aprender a poner en primer lugar las necesidades y preocupaciones de los demás.

La responsabilidad de establecer un hogar centrado en Cristo recae tanto en los padres (padre y madre) como en los hijos. Los padres son responsables de enseñar a los hijos con amor y rectitud. El padre y la madre serán responsables ante el Señor en cuanto a la forma en que cumplan con sus responsabilidades sagradas. Los padres enseñan a sus hijos con palabras y mediante el ejemplo. Este poema de C. C. Miller titulado “The Echo” [El eco], ilustra la importancia del ser madre y padre, y el impacto que tienen en los hijos al ejercer influencia en ellos:
Fue una oveja y no un cordero
que se perdió en la parábola de antaño.
Jesús contó de una oveja adulta
que se apartó de las noventa y nueve del rebaño.
¿Por qué a la oveja debemos buscar
y por su bienestar orar?
Porque si la oveja se pierde, peligro hay
de que a los corderos vaya a descarriar.
El camino que las ovejas lleven,
seguramente los corderos seguirán;
las decisiones erróneas que ellas tomen,
tras poco los corderos también tomarán.
Es, pues, por el bien de los corderos
que por las ovejas hemos de rogar;
pues cuando éstas se pierden en el camino,
cuán terrible precio
los corderos han de pagar 6 .

En Doctrina y Convenios el Señor nos explica las consecuencias que tendrán el padre y la madre que lleven por mal camino a sus hijos: “Y además, si hay padres que tengan hijos en Sión… y no les enseñen a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos… el pecado será sobre la cabeza de los padres” 7 .

Es difícil exagerar la importancia de que el padre y la madre enseñen a los hijos las tradiciones celestiales mediante la palabra y el ejemplo. Los hijos también tienen un papel importante en el establecimiento de un hogar centrado en Cristo. Permítanme compartirles un corto discurso que dio Will, mi nieto de ocho años, que ilustra este principio:

“Me gusta andar a caballo y lazar ganado con mi papá. Una cuerda tiene varias hebras entretejidas para hacerla fuerte. Si la cuerda sólo tuviera una hebra, no podría hacer lo que tiene que hacer. Pero como tiene más hebras que trabajan juntas, la podemos usar de muchas maneras diferentes y es fuerte.

“Las familias pueden ser como las cuerdas; cuando sólo una persona está trabajando duro y haciendo lo que es correcto, la familia no puede ser tan fuerte como cuando todos se esfuerzan por ayudarse el uno al otro.

“Sé que cuando hago lo correcto, ayudo a mi familia. Cuando trato a mi hermana Isabelle bien, los dos nos divertimos y mamá y papá se sienten felices. Si mamá necesita hacer algo, para ayudarle puedo jugar con mi hermanito Joey. También puedo ayudar a mi familia si mantengo limpio mi dormitorio y ayudo en todo lo que puedo con una buena actitud. Como soy el mayor de mi familia, sé que es importante ser un buen ejemplo. Puedo esforzarme por escoger lo correcto y seguir los mandamientos.

“Sé que los niños pueden ayudar a su familia a ser fuerte como una cuerda fuerte. Cuando todos se esfuerzan y trabajan juntos, las familias pueden ser felices y fuertes”.

Cuando padres y madres presiden la familia con amor y rectitud y enseñan a sus hijos el evangelio de Jesucristo con palabras y mediante el ejemplo; y cuando los hijos aman y apoyan a sus padres y madres al aprender y poner en práctica los principios que ellos les enseñan, el resultado será el establecimiento de un hogar centrado en Cristo.

Hermanos y hermanas, como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días entendemos y creemos en la naturaleza eterna de la familia. Este entendimiento y creencia deben inspirarnos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para establecer un hogar centrado en Cristo. Les doy mi testimonio de que a medida que nos esforcemos por hacerlo, practicaremos más plenamente el amor y el servicio que fueron ejemplificados mediante la vida y la Expiación de nuestro Salvador Jesucristo; y, como resultado, realmente podremos sentir que nuestro hogar es un pedacito de cielo en la tierra. En el nombre de Jesucristo. Amén.

1. Hechos 17:27-28.

2. “Soy un hijo de Dios”, Himnos, Nº 196.

3. Doctrina y Convenios 130:2; véase también Robert D. Hales, “La familia eterna”, Liahona, enero de 1997, pág. 72.

4. Alma 42:8.

5. Véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.

6. Miller, C. C., “The Echo”, en Best-Loved Poems of the LDS People, editado por Jack M. Lyon y colaboradores, Salt Lake City: Deseret Book, 1996, págs. 312–313.

7. Doctrina y Convenios 68:25; cursiva agregada.

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Oportunidades para hacer el bien

Abril 2011 General Conference
Oportunidades para hacer el bien

Henry B. Eyring

Primer Consejero de la Primera Presidencia

Henry B. Eyring
La manera del Señor para ayudar a quienes tienen necesidades temporales requiere gente que por amor se haya consagrado a sí misma, y lo que posee, a Dios y a Su obra.


Mis queridos hermanos y hermanas, el propósito de mi mensaje es honrar y celebrar lo que el Señor ha hecho y hace para servir a los pobres y a los necesitados entre Sus hijos sobre la tierra. Él ama a Sus hijos que tienen necesidades y también a aquellos que desean ayudar. Él ha creado formas de bendecir tanto a los que necesitan ayuda como a los que la darán.

Nuestro Padre Celestial escucha las oraciones de Sus hijos en toda la tierra pidiendo comida para alimentarse, ropa para cubrir sus cuerpos y la dignidad que viene de poder proveer de lo necesario para sí mismos. Esos ruegos han llegado a Él desde que colocó al hombre y a la mujer sobre la tierra.

Ustedes escuchan de esas necesidades en donde viven y en todo el mundo. Con frecuencia su corazón se conmueve con sentimientos de compasión. Cuando hallan a alguien que no encuentra empleo, sienten ese deseo de ayudar. Lo sienten cuando entran a la casa de una viuda y ven que no tiene comida; lo sienten cuando ven fotografías de niños llorando sentados en las ruinas de sus casas destruidas por terremotos o incendios.

Ya que el Señor escucha sus clamores y siente la profunda compasión de ustedes hacia ellos, desde un principio, Él ha proporcionado maneras para que Sus discípulos ayuden. Ha invitado a Sus hijos a que consagren su tiempo, sus medios y a sí mismos a unirse a Él para servir a los demás.

Su manera de ayudar a veces se ha llamado vivir la ley de consagración. En otro período Su manera se llamó la orden unida; y en nuestra época se llama el programa de bienestar de la Iglesia.

Los nombres y los detalles de cómo funciona se cambian para satisfacer las necesidades y las condiciones de la gente; pero siempre, la manera del Señor para ayudar a quienes tienen necesidades temporales requiere gente que por amor se haya consagrado a sí misma, y lo que posee, a Dios y a Su obra.

Él nos ha invitado y mandado a participar en Su obra de elevar a quienes tienen necesidades. Hacemos convenio de hacerlo en las aguas del bautismo y en los sagrados templos de Dios. Renovamos el convenio los domingos cuando participamos de la Santa Cena.

Hoy, mi objetivo es describir algunas de las oportunidades que Él nos ha proporcionado para ayudar a los necesitados. No puedo hablar de todas ellas en el poco tiempo que tenemos; mi esperanza es renovar y fortalecer su compromiso de actuar.

Hay un himno sobre la invitación del Señor a participar en esta obra que he cantado desde que era niño. En mi niñez prestaba más atención a la tonada alegre que al poder de las palabras. Oro para que hoy sientan la letra en su corazón. Escuchemos las palabras otra vez:
¿En el mundo acaso he hecho hoy
a alguno favor o bien?
¿Le he hecho sentir que es bueno vivir?
¿He dado a él sostén?
¿He hecho ligera la carga de él
porque un alivio le di?
¿O acaso al pobre logré ayudar?
¿Mis bienes con él compartí?
¡Alerta! Y haz algo más
que soñar de celeste mansión.
Por el bien que hacemos paz siempre tendremos,
y gozo y gran bendición 1 .

El Señor nos envía a todos llamados de atención con regularidad. A veces puede ser un sentimiento repentino de compasión por alguien que tiene necesidades. Un padre puede haberlo sentido cuando vio a un niño caerse y rasparse la rodilla. Una madre quizás lo sintió cuando escuchó el grito aterrado de su hijo durante la noche. Un hijo o una hija tal vez haya tenido compasión por alguien que parecía estar triste o tener miedo en la escuela.

Todos nosotros hemos sentido compasión por otras personas que ni siquiera conocemos. Por ejemplo, al oír las noticias de las olas arremetiendo el Pacífico luego del terremoto en Japón, ustedes se preocuparon por quienes podrían estar heridos.

Miles de ustedes tuvieron sentimientos de compasión al saber de las inundaciones en Queensland, Australia. Los informes periodísticos eran sólo cantidades aproximadas de aquellos con necesidades; pero muchos de ustedes sintieron el dolor de la gente. Mil quinientos o más voluntarios miembros de la Iglesia en Australia respondieron al llamado de alerta y fueron a ayudar y a dar consuelo.

Transformaron sus sentimientos de compasión en una decisión de actuar de acuerdo con sus convenios. He visto las bendiciones que vienen a la persona necesitada que recibe ayuda y a la persona que aprovecha la oportunidad de brindarla.

Los padres sabios ven en toda necesidad de los demás una forma de traer bendiciones a la vida de sus hijos e hijas. Recientemente tres niños trajeron a nuestra puerta recipientes con una cena deliciosa. Sus padres sabían que necesitábamos ayuda y ellos incluyeron a sus hijos en la oportunidad de prestarnos servicio.

Los padres bendijeron a nuestra familia con su servicio generoso; por su elección de permitir que sus hijos participaran en la ofrenda, extendieron las bendiciones a sus futuros nietos. Las sonrisas de los niños cuando se iban de casa me dieron la seguridad de que ello sucederá; les dirán a sus hijos del gozo que sintieron al prestar amablemente servicio para el Señor. Recuerdo ese sentimiento de satisfacción en mi niñez cuando sacaba las hierbas del jardín de un vecino a pedido de mi padre. Cuando se me invita a dar, recuerdo y creo en la letra de “Dulce tu obra es, Señor” 2 .

Sé que la letra se escribió para describir el gozo que viene de adorar al Señor en el día de reposo; pero esos niños con los alimentos frente a nuestra puerta sintieron la alegría de hacer la obra del Señor un día de semana; y sus padres vieron la oportunidad de hacer el bien y extender el gozo a través de las generaciones.

La forma en que el Señor cuida de los necesitados proporciona otra oportunidad para que los padres bendigan a sus hijos. Lo vi un domingo en la capilla; un niño pequeño le alcanzó al obispo el sobre de donaciones de su familia al entrar en la capilla antes de la reunión sacramental.

Yo conocía a la familia y al niño. La familia acababa de enterarse de que alguien del barrio estaba pasando necesidades. El padre del niño había dicho algo así al niño cuando puso una ofrenda de ayuno más generosa que lo usual en el sobre: “Hoy ayunamos y oramos por los necesitados. Por favor dale este sobre al obispo de parte nuestra. Sé que lo usará para aquellos que tienen mayor necesidad que nosotros”.

En vez de sentir dolor de estómago por el hambre, ese niño recordará ese día con un cálido sentimiento. Yo pude darme cuenta por su sonrisa, y por la forma en que sostenía el sobre fuertemente, que él sentía la confianza de su padre cuando le pidió que llevara la ofrenda de la familia para los pobres. Recordará ese día cuando sea diácono y tal vez para siempre.

Vi la misma felicidad en los rostros de las personas que ayudaron en nombre del Señor en Idaho años atrás. Una importante represa de Idaho se rompió el sábado 5 de junio de 1976. Once personas murieron; miles tuvieron que dejar sus casas en pocas horas. Algunas de las viviendas fueron arrastradas por el agua y cientos de ellas necesitaban arreglos fuera del alcance de los dueños para que se pudiese volver a vivir en ellas.

Quienes escucharon de la tragedia sintieron compasión y algunos el llamado de hacer algo para bien. Los vecinos, obispos, presidentas de la Sociedad de Socorro, líderes de los quórumes, maestros orientadores y maestras visitantes dejaron sus hogares y trabajos para limpiar las casas inundadas de otras personas.

Una pareja regresó a Rexburg de unas vacaciones justo después de la inundación. No fueron a ver su propia casa; en lugar de ello buscaron a su obispo para preguntarle dónde podían ayudar. Él los dirigió a una familia que necesitaba socorro.

Después de unos días fueron a ver la casa de ellos; ya no estaba, el agua la había arrastrado. Ellos simplemente volvieron al obispo y le preguntaron: “¿Qué más quiere que hagamos ahora?”.

Dondequiera que vivan, ustedes han visto el milagro de la compasión convertido en actos desinteresados. Puede que no haya sido a causa de un desastre natural. Yo lo he visto en un quórum del sacerdocio donde un hermano se puso de pie para describir las necesidades de un hombre o una mujer en busca de una oportunidad de trabajo para mantenerse a sí mismo o a sí misma y a su familia. Sentí compasión en el salón, pero algunos sugirieron nombres de quienes tal vez le darían trabajo a la persona que lo necesitaba.

Lo que sucedió en ese quórum del sacerdocio y lo que sucedió en las casas inundadas de Idaho es una manifestación de la manera en que el Señor ayuda a los que tienen grandes necesidades para que lleguen a ser autosuficientes. Sentimos compasión y sabemos cómo actuar para ayudar a la manera del Señor.

Este año celebramos el aniversario número 75 del programa de bienestar de la Iglesia. El programa se estableció para satisfacer las necesidades de quienes habían perdido el trabajo, granjas y aun sus casas, durante lo que llegó a conocerse como la Gran Depresión.

En nuestra época, los hijos de nuestro Padre Celestial otra vez tienen grandes necesidades temporales, como ha sucedido y como sucederá en todas las épocas. Los principios básicos del programa de bienestar de la Iglesia no son sólo para una época ni para un lugar; son para todas las épocas y todo lugar.

Esos principios son espirituales y eternos. Por esa razón, el comprenderlos y arraigarlos en nuestro corazón hará posible que veamos y aprovechemos las oportunidades de ayudar, toda vez y en todo lugar en que el Señor nos invite a hacerlo.

Éstos son algunos principios que me han guiado cuando he querido ayudar a la manera del Señor y cuando otros me han ayudado.

Primero: Toda la gente es más feliz y tiene mayor autoestima cuando pueden proveer de lo necesario para ellos mismos y para su familia, y luego tender una mano para ayudar a otros. He estado agradecido por aquellos que me han ayudado a satisfacer mis necesidades; he estado aun más agradecido a lo largo de los años por aquellos que me han ayudado a ser autosuficiente; y todavía más agradecido por aquellos que me han mostrado cómo usar mi excedente para ayudar a los demás.

He aprendido que la manera de tener un excedente es gastar menos de lo que gano. Con ese excedente he podido aprender que verdaderamente es mejor dar que recibir. Eso es en parte porque cuando damos ayuda a la manera del Señor, Él nos bendice.

El presidente Marion G. Romney dijo de la obra de bienestar: “Nunca seremos pobres por dar a esta obra”. Y luego citó a su presidente de misión, Melvin J. Ballard, que dijo: “Una persona no [puede] darle al Señor una migaja de pan sin que Él le [devuelva]… toda una hogaza” 3 .

He visto que es verdad en mi propia vida. Cuando soy generoso con los hijos del Padre Celestial que tienen necesidades, Él es generoso conmigo.

Un segundo principio del Evangelio que ha sido una guía para mí en la obra de bienestar es el poder y la bendición de la unidad. Cuando juntamos las manos para servir a las personas en necesidad, el Señor une nuestros corazones. El presidente J. Reuben Clark, Jr. lo dijo de la siguiente manera: “Tal vez el dar ha… traído el mayor sentimiento de hermandad común cuando los hombres de todas las profesiones y ocupaciones han trabajado lado a lado en un huerto de bienestar o en algún otro proyecto” 4 .

Ese mayor sentimiento de hermandad es una realidad tanto para el que recibe como para el que da. Hasta el día de hoy, existe un vínculo entre un hombre con quien trabajé lado a lado para sacar lodo de su casa inundada en Rexburg y yo; y él siente más dignidad personal por haber hecho todo lo posible por sí mismo y por su familia. Si hubiésemos trabajado independientemente, los dos hubiésemos perdido una bendición espiritual.

Eso conduce al tercer principio de acción en la obra de bienestar para mí: Hagan participar a su familia en la obra para que aprendan a cuidar uno del otro como cuidan de los demás. Sus hijos e hijas que trabajen con ustedes para servir a otros con necesidades, estarán más dispuestos a ayudarse mutuamente cuando lo necesiten.

El cuarto valioso principio de bienestar de la Iglesia lo aprendí cuando era obispo. Fue cuando seguí el mandamiento de las Escrituras de buscar a los pobres. Es el deber del obispo encontrar y proveer ayuda a quienes aún la necesiten después de que ellos y su familia hayan hecho todo lo posible. Aprendí que el Señor envía al Espíritu Santo para que sea posible “[buscar] y [hallar]” 5 al velar por los pobres, al igual que lo hace cuando buscamos la verdad; pero también he aprendido a hacer participar a la presidenta de la Sociedad de Socorro en la búsqueda. Ella podría recibir la revelación antes que ustedes.

Algunos de ustedes necesitarán esa inspiración en los meses por delante. Para conmemorar el aniversario número 75 del programa de bienestar de la Iglesia, se invitará a los miembros alrededor del mundo a que participen de un día de servicio. Los líderes y los miembros buscarán revelación al planear cualquiera que sean los proyectos.

Les daré tres sugerencias en cuanto a planificar el proyecto de servicio.

Primero: prepárese usted y a quienes dirige espiritualmente. Únicamente si se ablandan los corazones mediante la expiación del Salvador podrán ver claramente el objetivo del proyecto como una bendición tanto espiritual como temporal en la vida de los hijos del Padre Celestial.

Mi segunda sugerencia es que elijan servir a personas dentro del reino o en la comunidad cuyas necesidades conmoverán a quienes presten servicio. Las personas a quienes presten servicio sentirán su amor. Eso quizás los hará sentir aun más felices, como lo promete la canción, que el satisfacer sólo sus necesidades temporales.

Mi última sugerencia es que planeen aprovechar el poder de los vínculos que existen en las familias, los quórumes, las organizaciones auxiliares y entre la gente que conozcan en sus comunidades. El sentimiento de unidad multiplicará la buena influencia del servicio que den; y el sentimiento de unidad en las familias, la Iglesia y la comunidad crecerá y será un legado que durará hasta mucho después de que se termine el proyecto.

Ahora tengo la oportunidad de decirles cuánto los aprecio. A causa del amoroso servicio que han dado en el nombre del Señor, he recibido el agradecimiento de la gente a quien han ayudado por todo el mundo.

Ustedes encontraron la manera de elevarlos al ayudar a la manera del Señor. Ustedes y humildes discípulos del Salvador como ustedes, han echado su pan sobre las aguas al prestar servicio, y las personas a quienes ayudaron han tratado de darme una hogaza de gratitud a cambio.

Personas que han trabajado con ustedes expresan el mismo agradecimiento. Recuerdo una ocasión que estaba junto al presidente Ezra Taft Benson. Habíamos estado hablando acerca del servicio de bienestar en la Iglesia del Señor. Me sorprendió con su juvenil energía cuando dijo, frotándose las manos: “Me encanta este trabajo, ¡y es trabajo!”.

A nombre del Maestro, les agradezco su labor al servir a los hijos de nuestro Padre Celestial. Él los conoce y ve el esfuerzo, diligencia y sacrificio de ustedes. Ruego que Él les otorgue la bendición de ver los frutos de su labor en la felicidad de aquellos a quienes han ayudado y con quienes han ayudado por el Señor.

Sé que Dios el Padre vive y que escucha nuestras oraciones. Sé que Jesús es el Cristo. Ustedes y las personas a quienes prestan servicio pueden ser purificados y fortalecidos al servirle y guardar Sus mandamientos. Ustedes pueden saber, como yo sé, por el poder del Espíritu Santo, que José Smith fue el profeta de Dios que restauró la Iglesia verdadera y viviente, que es ésta. Les testifico que el presidente Thomas S. Monson es el profeta viviente de Dios. Él es un gran ejemplo de lo que el Señor hizo: [andar] haciendo bienes. Oro para que aprovechemos las oportunidades que nos lleguen para “[levantar] las manos caídas y [fortalecer] las rodillas debilitadas”6. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

1. “¿En el mundo he hecho bien?” , Himnos, Nº 141.

2. “Dulce Tu obra es, Señor”. Himnos, Nº 84.

3. Véase Marion G. Romney, “Las bendiciones del ayuno”, Liahona, diciembre de 1982, pág. 2.

4. J. Reuben Clark Jr., en Conference Report, octubre de 1943, pág. 13.

5. Véase Mateo 7:7–8; Lucas 11:9–10; 3 Nefi 14:7–8.

6. Doctrina y Convenios 81:5.

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domingo, 27 de febrero de 2011

Capacitacion de Marzo 2011 - El Sacerdocio (conpectos del nuevo Manual 2 "Administrando la Iglesia")

Favor de estudiar el material adjunto

No contiene ninguna observación persona

Es palabra por palabra del Manual citado.

 

Noten que se vierten al menos 5 conceptos nuevos

2 de ellos en la sección 7.4

 

 

 

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(desde mi Outlook)

Benicio Samuel Sanchez
Email: samuelsanchez@genealogia.org.mx
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Cell Phone (81) 1667-2480

"Haz tu Arbol Genealogico...El Arbol mas Hermoso de la Creacion"



Por medio de la historia familiar descubrimos el árbol más hermoso de la creación: nuestro árbol genealógico. Sus numerosas raíces se remontan a la historia y sus ramas se extienden a través de la eternidad. La historia familiar es la expresión extensiva del amor eterno; nace de la abnegación y provee la oportunidad de asegurarse para siempre una unidad familiar”.
(Élder J. Richard Clarke, Liahona julio de 1989, pág.69)

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domingo, 20 de febrero de 2011

El Sacerdocio: Una Obligación Sagrada

General Conference / Abril 1994


Thomas S. Monson

"El Sacerdocio: Una Obligación Sagrada," , (abril 1, 1994)

“Nuestro Señor Jesucristo … es nuestro modelo ejemplo y nuestro guía. Para tener éxito en nuestros llamamientos en el sacerdocio debemos seguir Sus huellas.”




Cuan impresionante es estar reunidos con esta congregación de poseedores del sacerdocio, aquí en el Tabernáculo de la Manzana del Templo y los que se encuentran en cientos de edificios alrededor del mundo! Ruego que el Espíritu inspire mis palabras esta noche.

La presencia de quienes poseen el Sacerdocio Aarónico me hace recordar las experiencias que tuve cuando, habiendo aprendido de memoria los Artículos de Fe, me gradué de la Primaria y recibí ese Sacerdocio y el oficio y llamamiento de diácono. Repartir la Santa Cena era un privilegio y recoger las ofrendas de ayuno una obligación sagrada. Se me apartó como secretario del quórum de diáconos y, en ese momento, sentí que ya no era un muchachito y que comenzaba entonces mi juventud.

¿Se pueden imaginar, jóvenes, la sorpresa que recibí cuando en una reunión de oficiales de nuestra conferencia de barrio un miembro de la presidencia de la estaca, después de llamar a lideres del barrio para que hablaran, me invitósin previo avisoCpara que diera un informe acerca de mis responsabilidades y expresara mis sentimientos con respecto a mi llamamiento como secretario del quórum y oficial del barrio? No recuerdo lo que dije, pero de pronto tuve conciencia de mi responsabilidad y esto todavía es parte de mi ser.

Espero sinceramente que cada diácono, maestro y presbítero sea consciente del significado de su ordenación en el sacerdocio y del privilegio de cumplir una función tan importante en la vida de cada uno de los miembros cuando administran y reparten la Santa Cena todos los domingos.

Cuando era poseedor del Sacerdocio Aarónico me pareció que, al comenzar nuestras reuniones, siempre cantábamos los mismos himnos: “Venid, los que tenéis de Dios el sacerdocio”, “(Que firmes cimientos!”, “Israel, Jesús os llama”, y unos pocos mas. No cantábamos muy bien y el volumen de nuestras voces no era muy adecuado, pero aprendimos la letra y recordamos el mensaje de cada uno de esos himnos.

No puedo menos que sonreír al recordar un relato que escuche acerca del hermano Thales Smith y su llamamiento como consejero del obispo Israel Heaton. Un domingo, la hermana Heaton llamó al hermano Smith y le informó que su esposo se hallaba enfermo y que no podría asistir a la reunión del sacerdocio. El hermano Smith mencionó esto en la reunión y pidió al hermano que había de ofrecer la primera oración que orara por el obispo Israel Heaton. Entonces anunció que el primer himno seria “Israel, Jesús os llama”. La sonrisa iluminó el rostro somnoliento de muchos. Y a propósito, el obispo Heaton se recuperó.

Los ejercicios preliminares de la reunión del sacerdocio podrán ser breves, pero deben realizarse sin falta en cada barrio, porque contribuyen a la unión espiritual de todos los que allí se reúnen, a la hermandad del sacerdocio y como recordatorio de nuestros sagrados deberes.

Todo poseedor del sacerdocio tiene muchas oportunidades para prestar servicio a nuestro Padre Celestial y a Sus hijos aquí en la tierra. No podemos observar el espíritu del servicio si vivimos sólo para nosotros y nos desentendemos de las necesidades de los demás. El Señor nos guiara y nos preparara para enfrentar cualquier problema que se nos presente. No olvidemos Su promesa y consejo: “El poder y la autoridad del sacerdocio mayor, o sea, el de Melquisedec, consiste en tener las llaves de todas las bendiciones espirituales de la iglesia: tener el privilegio de recibir los misterios del reino de los cielos, ver abiertos los cielos, comunicarse con la asamblea general de la iglesia del Primogénito, y gozar de la comunión y presencia de Dios el Padre y de Jesús, el mediador del nuevo convenio” (D. y C. 107:18)

Para merecer esta bendición es menester que cada uno de nosotros recuerde quien es el Dador de los dones y el Proveedor de las bendiciones. “El valor de las almas es grande a la vista de Dios” (D. y C. 18:10). Esta no es una simple frase, sino una declaración celestial recibida para nuestro entendimiento e instrucción. Nunca debemos olvidar quienes somos y que es lo que Dios espera que lleguemos a ser. Esta perla de conocimiento se ve representada en la obra musical El violinista sobre el tejado, cuando el campesino Tevye aconseja a sus hijas. Y hay otras obras contemporáneas que se inspiran en ideas dignas de consideración a medida que nos preparamos para el servicio.

En la obra Camelot se incluye la observación de que “la violencia no es fortaleza ni la compasión debilidad”. Y en Shenandoah, “Si no lo intentamos, no lo haremos; si no lo hacemos, para que, entonces, estamos aquí?” Elisa Doolittle, la alumna del profesor Higgins en la obra Mi bella dama, describe su filosofía cuando dice en cuanto al coronel Pickering: “La diferencia entre una dama y una simple muchacha no esta en cómo se comporta, sino en cómo se la trata. Para el profesor Higgins seguiré siendo una muchacha porque siempre me trata como tal … ; pero se que para el coronel Pickering siempre seré una dama porque siempre me trata y me tratara como a una dama”. También de Camelot, el rey Arturo recomienda a Genoveva: “No debemos permitir que nuestras pasiones destruyan nuestros sueños”. Y la lista es extensa. En realidad, cada una de estas observaciones emanan de las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo. El es nuestro modelo ejemplar y nuestro guía. Para tener éxito en nuestros llamamientos en el sacerdocio debemos seguir Sus huellas.

Quisiera compartir con ustedes las palabras de sabiduría de mis camaradas en el servicio que ya se han ido para recibir su recompensa eterna.

Primero, las que un sabio presidente de estaca dijo a un joven obispo: “La tarea es abrumadora; pero para ser un buen obispo, siempre se deben observar estas tres reglas: alimentar a los pobres, no hacer acepción de personas y nunca tolerar la iniquidad”. Con respecto a esta ultima, el presidente Spencer W. Kimball declaró: “Cuando se trata de curar una transgresión, se le debe aplicar una venda de tamaño suficiente para cubrir la herida no muy grande, ni muy pequeña” (La fe precede al milagro, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1975, pág. 178).

Segundo, antes de organizar la Estaca de Toronto Ontario en 1960, el elder ElRay L. Christiansen, quien era Ayudante de los Doce, se refirió en una reunión del sacerdocio a una lección que había aprendido cuando lo llamaron a presidir la Estaca del Este de Cache, en Logan, estado de Utah. Mencionó que se reunió con sus consejeros para ver cuales eran las mayores necesidades de los miembros y que principios del evangelio habrían de destacar como presidencia de estaca. Sus opiniones eran varias, desde la asistencia a la reunión sacramental a la observancia del día de reposo, con muchas otras entre ambas. Al cabo de la reunión, decidieron que el principio que mas necesitaban destacar era la espiritualidad y adoptaron la verdad que encierra esta observación: Cuando tratamos las cosas en general, rara vez tendremos éxito; cuando tratamos las cosas en particular, rara vez fracasaremos.

El presidente Christiansen y sus consejeros fueron refinando en forma espléndida su plan de cuatro años: Primer año: Enriquecer la espiritualidad de los miembros de la estaca al exhortarles para que tengan sus oraciones familiares; segundo año: Enriquecer la espiritualidad de los miembros de la estaca al exhortarles para que asistan todas las semanas a la reunión sacramental; tercer año: Enriquecer la espiritualidad de los miembros al exhortarles para que cada uno de ellos pague un diezmo integro; cuarto año: Enriquecer la espiritualidad de los miembros al exhortarles para que observen el día de reposo y lo santifiquen. Cada uno sirvió como tema y se recalcó durante todo el año.

Al cabo de cuatro años, se cumplió cada uno de los objetivos y, lo que fue mas importante aun, la espiritualidad de los miembros de la estaca mejoro significativamente.

La espiritualidad no se consigue por el simple hecho de desearla, sino mediante el servicio simple y desinteresado. El Señor ha aconsejado: “De modo que, si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra” (D. y C. 4:3). Hace varios años asistí a una conferencia de distrito en Ottawa, en Canadá y llame a dos hermanos de una pequeña rama para ocupar posiciones de responsabilidad al servicio del Señor. Anote entonces sus respuestas y quiero hoy compartirlas con ustedes. John Brady dijo: “He hecho un convenio, por lo tanto, serviré con fidelidad”. Walter Danic dijo: “El evangelio es la cosa mas importante de mi vida; serviré”.

El presidente John Taylor nos ha dejado un consejo bastante definido para nosotros, los poseedores del sacerdocio, al decir: “Si no magnificáis vuestros llamamientos, Dios os hará responsables por aquellos que podríais haber salvado si hubierais cumplido con vuestros deberes” Uournal of Discourses, 20:23).

Quiero creer que si recordamos siempre a quien es que servimos y a quien representamos, nos acercaremos mas a nuestro Maestro y Salvador, la fuente de esa inspiración que tanto anhelamos.

El presidente Harold B. Lee ejerció una notable influencia en la hermana Monson, en mi y en nuestros tres hijos. En breves ocasiones solía hacer a nuestros hijos algunos comentarios en tonos que expresaban una profunda espiritualidad, genuino interés y consejos inspirados.

Nuestro hijo menor, Clark, estaba por cumplir los doce años cuando por casualidad nos encontramos con el hermano Lee en el estacionamiento de las oficinas de la Iglesia. El le pregunto a Clark que edad tenía, y este dijo: “Pronto cumpliré doce”. Y el hermano Lee preguntó: “Que va a suceder cuando cumplas los doce años?”

Mi hijo respondió: “Recibiré el Sacerdocio Aarónico y seré ordenado diácono”.

Con una sonrisa y un apretón de manos, el hermano Lee entonces le dijo: “Bendito seas, muchacho”.

Mi hija, Ann, era jovencita y nos acompañaba a su madre y a mi cuando nos encontramos con el hermano Lee, a quien se la presentamos. El hermano Lee, sonriente y tomándola de la mano, le dijo: “TG, niña, eres tan hermosa por dentro como en tu persona. Que niña tan especial eres!”

En otra ocasión mas seria, me encontré con el hermano Lee a la entrada del hospital LDS en Salt Lake City. Había ido para ayudarme a darle una bendición a mi hijo Tom, quien estaba por someterse a una operación que podría resultar de gravedad. El hermano Lee, tomando una de mis manos y mirándome en los ojos antes de entrar, me dijo: “Thomas, no hay otro lugar en el que preferiría estar hoy sino aquí a su lado, para participar con usted en la sagrada ordenanza del sacerdocio para bendecir a su hijo”. Ya en el cuarto de mi hijo, le dijo entonces: “Vamos a darte una bendición, incluso una ordenanza del sacerdocio. Y tomamos este privilegio con toda humildad, al recordar el consejo del profeta José Smith que dijo que ‘cuando un poseedor del sacerdocio pone sus manos sobre la cabeza de una persona en esta sagrada ordenanza, es como si las manos del propio Señor lo estuvieran haciendo”‘. Le dimos la bendición y la operación fue sencilla, pero aprendimos una lección, sentimos gran espiritualidad y se estableció un modelo a seguir.

Hermanos, hay entre nosotros miles de poseedores del sacerdocio que, ya sea por indiferencia, por causa de alguna ofensa recibida o por timidez o debilidad, no pueden ahora bendecir a sus esposas e hijos, sin contar a tantos otros que necesitan ser edificados y bendecidos. Nuestro es el serio deber de renovar, de tomar de la mano a esas personas, de ayudarles a levantarse y a sentirse espiritualmente mejor. Al hacerlo, muchas dulces esposas bendecirán nuestro nombre y muchos hijos agradecidos se admiraran de ese cambio en sus padres, a medida que su vida mejora y su alma se regocija.

Cuando asistía a conferencias de estaca como miembro de los Doce, siempre tomaba nota de las estacas que habían logrado activar a aquellos hermanos que tenían talento y potencial como lideres aunque no se manifestaban. Por supuesto, siempre les preguntaba: “Como pudieron alcanzar este éxito? Que y como lo hicieron?” El hermano Cecil Broadbent era el presidente de una de esas estacas, la Estaca North Carbon. Fue allí que se reactivo a 87 hermanos que, cada uno con su esposa e hijos, fueron al templo de Manti, estado de Utah, en el espacio de un año. A mis preguntas, el presidente Broadbent respondió, volviéndose hacia uno de sus consejeros, un corpulento y bondadoso minero: “De ellos es responsable el presidente Stanley Judd. El podrá contestarle”.

Al reiterar mi pregunta, le pedí al presidente Judd: “Quiere decirme cómo lo hizo?”

Sonriente, replico: “No”. Yo quede sorprendido! pero entonces dijo: “Si le digo como, otros superaran nuestro récord”. Y guiñándome un ojo, agrego: “Sin embargo, si usted me consigue dos entradas para la Conferencia General, se lo diré”.

Le conseguí las dos entradas y el me reveló la fórmula para el éxito. El presidente Judd tenía la idea de que el nuestro era un acuerdo perenne, así que le conseguí dos entradas para cada conferencia hasta el día en que se le ordenó patriarca.

La fórmula era, en general, la misma que la de toda estaca progresista con respecto a esta fase de la obra. Consistía de cuatro ingredientes: 1) Dedicar todo el esfuerzo a nivel de barrio; 2) trabajar por medio del obispo; 3) proveer una enseñanza inspirada; y 4) no tratar de concentrarse en todos los hermanos al mismo tiempo, sino trabajar con pocos esposos y esposas a la vez y pedirles que ellos trabajen entonces con otros.

Los eficaces métodos de venta que se utilizan en el comercio no son apropiados para los lideres del sacerdocio; mas bien son la dedicación al deber, el esfuerzo constante, el amor sincero y la espiritualidad personal. Todo en conjunto, favorece la transformación y atrae a la mesa del Señor a aquellos, Sus hijos sedientos, que han estado deambulando por los desiertos del mundo y que ahora han regresado al “hogar”.

Hace muchos años tuvimos que reorganizar la Estaca de Star Valley (en el estado de Wyoming) y relevar a un líder proverbial, el presidente E. Francis Winters, quien había servido con fidelidad y distinción por largo tiempo.

Ese domingo, al amanecer, los miembros llegaron de lugares distantes y colmaron la capilla de la ciudad de Afton. No quedaba un solo asiento libre. Al completar la reorganización de la presidencia de la estaca, hice algo que jamas había hecho antes. Tuve la inspiración de proponer una modesta prueba, y dije: “Por favor, pónganse de pie todos los que hayan recibido un nombre, o que hayan sido bautizados o confirmados por Francis Winters, y permanezcan de pie”. Muchos lo hicieron y entonces proseguí: “Ahora, pónganse de pie todos los que hayan sido ordenados o apartados por Francis Winters, y manténganse de pie”. Muchos mas lo hicieron. “Finalmente”, pedí, “pónganse de pie todos los que hayan recibido una bendición bajo las manos de Francis Winters, y también permanezcan de pie”. El resto de la congregación se puso entonces de pie.

Volviéndome hacia el presidente Winters y con lágrimas en los ojos, le dije: “Presidente Winters, tiene usted aquí el resultado de su ministerio como presidente de estaca. El Señor esta complacido con usted”.

Con movimientos de cabeza, todos asintieron en tanto que se podían oír sollozos de la emoción, y todos empezaron a sacar sus pañuelos. Aquella fue una de las experiencias de mayor satisfacción espiritual de mi vida. No creo que haya una sola persona en esa congregación que haya olvidado cómo nos sentimos todos en esa hora.

Después de terminada la conferencia y de haberme despedido, tome el camino de regreso y, sin advertirlo, me puse a cantar mi himno favorito de la Escuela Dominical en los días de mi juventud:
Hoy nos juntamos aquí con amor,
Escuela Dominical del Salvador;
Démosle gracias al Rey Celestial
Por nuestros maestros de noble ideal.
Hoy es el tiempo de preparación,
Ganar las virtudes, vencer
Demos impulso al plan celestial,
Luchando sin tregua en contra del mal.
Juntos cantemos la dulce canción,
Id con los fieles al compás del son;
Un galardón los obreros tendrán,
Que en la justicia y paz obraran.

Estaba yo solo en el automóvil la distancia fue acortándose y en silencio medite acerca de aquella conferencia. Francis Winters, el contador de la fabrica de quesos de la comunidad, un hombre de humilde condición y modesto hogar, habla recorrido el camino por el que anduvo Jesús y, tal como el Maestro, “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38). Y merecía la descripción que el Salvador hizo de Natanael al verlo venir, cuando dijo: “He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño” (Juan 1:47). Hermanos, mi oración en esta noche es que todos nosotros, no importa la posición que ocupemos en la Iglesia, lleguemos a merecer el toque bondadoso de la mano del Maestro en nuestros hombros, y que recibamos el mismo saludo que de El recibió Natanael. Y que al termino de nuestra jornada en la vida podamos escuchar aquellas palabras divinas: “Bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25:21), es mi oración en el nombre de Jesucristo. Amen.

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jueves, 10 de febrero de 2011

Hogares celestiales, familias eternas

Hogares celestiales, familias eternas

Presidente Thomas S. Monson

Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson, "Hogares celestiales, familias eternas", Liahona, Junio de 2006, 66


Edificar un hogar eterno

Con espíritu de humildad represento a la Primera Presidencia como el último discursante de esta reunión. Hemos sido inspirados y edificados por las palabras del élder Bednar, del élder Perry y de la hermana Parkin. Nuestros pensamientos se han centrado en el hogar y la familia, y se nos ha recordado que “el hogar es el fundamento de una vida justa y ningún otro medio puede ocupar su lugar ni cumplir sus funciones esenciales” 1 .

Un hogar es mucho más que una casa construida de madera, ladrillos o piedra. Un hogar se edifica con amor, sacrificio y respeto. Nosotros somos responsables del hogar que edifiquemos, y debemos edificar con sabiduría, ya que la eternidad no es un viaje corto. En él habrá tranquilidad y viento, luz del sol y sombras, alegría y pesar, pero si de verdad nos esforzamos, nuestro hogar puede ser un pedacito de cielo en la tierra. Lo que pensemos, lo que hagamos, nuestro modo de vivir no sólo influyen en el éxito de nuestra jornada terrenal, sino que también señalan el sendero hacia nuestras metas eternas.

Algunas familias Santos de los Últimos Días están formadas por la madre, el padre y los hijos, todos viviendo dentro del seno del hogar, mientras que otras han visto alejarse primero a uno, luego a otro y a otro de sus miembros. A veces una sola persona constituye una familia; pero cualquiera sea su composición, continúa siendo una familia, porque las familias son eternas.

Podemos aprender del Señor, el Supremo Arquitecto. Él nos ha enseñado cómo edificar, y dijo que “toda… casa dividida contra sí misma, no permanecerá” (Mateo 12:25). Más tarde, advirtió: “He aquí, mi casa es una casa de orden… y no de confusión” (D. y C. 132:8).

En una revelación que se dio a José Smith en Kirtland, Ohio, el 27 de diciembre de 1832, el Maestro aconsejó: “Organizaos; preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios” (D. y C. 88:119; véase también 109:8).

¿Dónde podríamos encontrar un diseño más apropiado para establecer sabia y adecuadamente nuestro hogar? Este diseño cumpliría con las especificaciones descritas en Mateo, una casa edificada “sobre la roca” (Mateo 7:24, 25; véase también Lucas 6:48; 3 Nefi 14:24, 25), capaz de resistir las lluvias de la adversidad, los ríos de la oposición y los vientos de la duda que se encuentran presentes en todas partes del mundo cambiante y lleno de desafíos en el que vivimos.

Algunos podrían preguntarse: “Pero si esa revelación se dio como guía para la construcción de un templo, ¿se aplica a nosotros en la actualidad?”

Yo les respondería: “¿Acaso el apóstol Pablo no dijo: ‘¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?’ ” (1 Corintios 3:16).

Dejemos que el Señor sea el Arquitecto Maestro de nuestro proyecto de construcción. Entonces cada uno de nosotros será el constructor responsable de una parte vital de ese proyecto, y por esa razón todos podremos ser constructores. Además de edificar nuestro propio hogar, también tenemos la responsabilidad de edificar el reino de Dios sobre la tierra al servir de manera fiel y eficaz en nuestros llamamientos de la Iglesia. Quisiera brindar algunas pautas que provienen de Dios, de las lecciones de la vida y algunos puntos que debemos considerar a medida que empecemos a edificar.
Arrodillémonos a orar.

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5–6). Así habló el sabio Salomón, hijo de David, rey de Israel.

En el continente americano, Jacob, el hermano de Nefi, declaró: “Confiad en Dios con mentes firmes, y orad a él con suma fe” (Jacob 3:1).

Este consejo divino nos llega hoy como llega el agua pura y cristalina a una tierra seca y sedienta, porque vivimos en tiempos difíciles.

Hace apenas unas cuantas generaciones, nadie se había imaginado el mundo en el que vivimos hoy día y los problemas que eso presenta. Nos rodea la inmoralidad, la pornografía, la violencia, las drogas y una infinidad de maldades que afligen a la sociedad moderna. Tenemos el desafío, e incluso la responsabilidad, no sólo de mantenernos “sin mancha del mundo” (Santiago 1:27), sino también de guiar a salvo a nuestros hijos y a las personas de quienes somos responsables, a través de los mares turbulentos del pecado que nos rodea, a fin de que un día podamos volver a vivir con nuestro Padre Celestial.

La guía de nuestra propia familia requiere nuestra presencia, nuestro tiempo y nuestros mejores esfuerzos. A fin de ser eficaces en nuestra instrucción, debemos ser firmes en el ejemplo que demos a los miembros de nuestra familia, y dedicar tiempo individual a cada uno de ellos, así como tiempo para dar consejo y guía.

A veces nos sentimos abrumados por la tarea que tenemos ante nosotros; sin embargo, siempre tenemos ayuda a nuestro alcance. Aquel que conoce a cada uno de Sus hijos contestará nuestra oración sincera y ferviente a medida que suplicamos ayuda para guiarlos. Esa oración resolverá más dificultades, aliviará más sufrimiento, prevendrá más transgresión y traerá más paz y satisfacción al alma humana que lo que se podría lograr de ninguna otra manera.

Además de necesitar esa orientación para nuestras familias, se nos ha llamado a puestos en los que somos responsables por otras personas. En calidad de obispo o consejero, líder de un quórum del sacerdocio o de las organizaciones auxiliares, ustedes tienen la oportunidad de influir en la vida de los demás. Tal vez haya personas que provengan de familias donde no todos sean miembros de la Iglesia o sean menos activos; que se hayan enemistado con sus padres, despreciando sus súplicas y consejos. Es muy posible que seamos el instrumento en las manos del Señor para influir en la persona que esté en esa situación. Sin embargo, sin la guía de nuestro Padre Celestial, no podemos hacer todo lo que se nos ha llamado a hacer, y esa ayuda se logra mediante la oración.

A un destacado juez de los Estados Unidos se le preguntó qué podemos hacer los ciudadanos de los países del mundo para reducir el delito y la desobediencia a las leyes para que haya paz y tranquilidad en nuestra vida y en nuestras respectivas naciones. Seriamente contestó: “Yo diría que el volver a la antigua práctica de la oración familiar”.

¿No se sienten agradecidos ustedes de que la oración familiar no sea algo pasado de moda para nosotros? Realmente hay un gran significado en lo que se dice de que “la familia que ora unida permanece unida”.

El Señor mismo indicó que debíamos llevar a cabo la oración familiar cuando dijo: “Orad al Padre en vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidas vuestras esposas y vuestros hijos” (3 Nefi 18:21).

En calidad de padres, de maestros y de líderes en el desempeño de cualquier función, no podemos intentar realizar esta difícil jornada por la mortalidad sin contar con la ayuda divina que nos ayude a guiar a aquellos por quienes tenemos responsabilidad.

Al ofrecerle a Dios nuestras oraciones familiares y personales, hagámoslo con fe y confianza en Él. Arrodillémonos a orar.
Servir diligentemente.

Para obtener un ejemplo de ello, acudimos a la vida del Señor. Al ministrar entre los hombres, la vida de Jesús fue como un resplandeciente faro de bondad. Devolvió la fuerza a las extremidades del paralítico, dio vista a los ojos del ciego, oído al sordo y vida a los muertos.

Sus parábolas predican poder. Con el buen samaritano enseñó: “Amarás a tu prójimo” (véase Lucas 10:30–35). Por medio de la bondad demostrada a la mujer adúltera, enseñó compasión comprensiva (véase Juan 8:3–11). En su parábola de los talentos nos enseñó a superarnos y a esforzarnos por lograr la perfección (véase Mateo 25:14–30). Es posible que nos haya estado preparando para la función de edificar una familia eterna.

Cada uno de nosotros, ya sea un líder del sacerdocio o un oficial en una organización auxiliar, tiene responsabilidad para con su llamamiento sagrado. Hemos sido apartados para la obra para la cual hemos sido llamados. En Doctrina y Convenios 107:99, el Señor dijo: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado”. Al ayudar a bendecir y fortalecer a aquellos por quienes somos responsables en nuestros llamamientos de la Iglesia, en realidad estaremos bendiciendo y fortaleciendo a sus familias. Por tanto, el servicio que llevemos a cabo en nuestras familias y en nuestros llamamientos de la Iglesia puede tener consecuencias eternas.

Hace muchos años, cuando era obispo de un barrio grande y diverso de más de mil miembros, ubicado en el centro de Salt Lake City, hice frente a muchos desafíos.

Un domingo por la tarde recibí una llamada telefónica del propietario de una farmacia que estaba dentro de los límites del barrio; me indicó que esa mañana, un niño había entrado en la tienda y había comprado un helado. Había pagado con dinero que había sacado de un sobre y que, al salir, había olvidado el sobre. Cuando el propietario pudo examinarlo, descubrió que era un sobre de ofrendas de ayuno, con el nombre y el número de teléfono de nuestro barrio. Cuando me describió al niño que había entrado a la tienda, de inmediato supe quién era; era un diácono de nuestro barrio que provenía de una familia menos activa.

Mi primera reacción fue una de asombro y de desilusión al pensar que uno de nuestros diáconos tomara fondos de las ofrendas de ayuno destinados para los necesitados, y se fuera a la tienda en domingo a comprar una golosina con ese dinero. Decidí que esa tarde visitaría a ese niño para enseñarle en cuanto a los fondos sagrados de la Iglesia y su deber como diácono de recabar y proteger esos fondos.

Mientras me dirigía a ese domicilio, hice una oración en silencio para suplicar orientación en lo que debía decir para arreglar la situación. Llegué y toqué a la puerta; la abrió la madre del niño, y me invitaron a pasar a la sala. A pesar de que la luz de la habitación era muy tenue, pude darme cuenta de que era un lugar muy pequeño y escuálido. Los pocos muebles estaban desgastados y la madre tenía una apariencia de cansancio.

La indignación que sentía por las acciones de su hijo aquella mañana se desvaneció al darme cuenta de que era una familia muy necesitada. Sentí la impresión de preguntarle a la madre si había alimentos en la casa; con lágrimas contestó y dijo que no tenía nada. Me dijo que desde hacía tiempo su esposo había estado sin trabajo y que necesitaban desesperadamente no sólo comida, sino dinero para pagar el alquiler a fin de que no los desalojaran de la pequeña casita.

No me atreví a mencionar el asunto de los donativos de las ofrendas de ayuno, ya que me di cuenta de que lo más probable era que el niño habría tenido mucha hambre cuando se detuvo en la tienda. Más bien, inmediatamente hice los arreglos para dar ayuda a la familia, a fin de que tuviesen qué comer y un techo sobre su cabeza. Además, con la ayuda de los líderes del sacerdocio del barrio, pudimos conseguirle empleo al marido para que pudiese proveer de lo necesario para la familia.

Como líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares, tenemos derecho a recibir la ayuda del Señor al magnificar nuestros llamamientos y cumplir nuestras responsabilidades. Busquen Su ayuda, y cuando reciban la inspiración, actúen de acuerdo con ella para saber a dónde ir, a quién consultar, qué decir y cómo decirlo. Es posible que se nos ocurra una idea una y otra vez, pero sólo cuando actuemos según esa idea, podremos bendecir a los demás.

Ruego que seamos verdaderos pastores para aquellos por quienes somos responsables. John Milton escribió en su poema “Lícidas”: “Las ovejas hambrientas levantan la cabeza y no se les apacienta” (renglón 125). El Señor mismo le dijo a Ezequiel el profeta: “Ay de los pastores de Israel que… no [apacientan] a las ovejas” (Ezequiel 34:2–3).

Tenemos la responsabilidad de cuidar del rebaño, ya que esas queridas ovejas, esos tiernos corderos, están por todas partes: en el hogar en nuestras propias familias, en los hogares de nuestros familiares, y esperándonos en nuestros llamamientos en la Iglesia. Jesús es nuestro Ejemplo; Él dijo: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas” (Juan 10:14). Tenemos la responsabilidad de conducir a las ovejas. Ruego que sirvamos diligentemente.
Ayudemos a los que van por mal camino.

A lo largo del camino de la vida se producen bajas. Algunos se alejan de las señales que conducen a la vida eterna, sólo para descubrir que el desvío escogido no conduce sino a un callejón sin salida. La indiferencia, la despreocupación, el egoísmo y el pecado cobran un elevado pago de vidas humanas. Hay quienes, por motivos inexplicables, marchan al compás de otra melodía, para más tarde descubrir que han seguido al flautista del dolor y del sufrimiento.

En 1995, la Primera Presidencia expresó su preocupación por los miembros que habían abandonado el redil de Cristo y emitió una declaración especial titulada: “Una invitación a regresar”. El mensaje contenía la siguiente súplica:

“A aquellos que por alguna razón se encuentran fuera de la hermandad de la Iglesia, les decimos: Regresen. Los invitamos a regresar y a participar de la felicidad que una vez conocieron. Encontrarán a muchas personas con los brazos abiertos para recibirlos, ayudarlos y darles consuelo.

“La Iglesia necesita su fuerza, amor, lealtad y devoción. El camino por el que la persona puede volver a participar de todas las bendiciones del ser miembro de la Iglesia es definido y seguro, y estamos listos para recibir a todos aquellos que deseen hacerlo”.

Quizás una escena que se repite con frecuencia les ayudará a encontrar la oportunidad de ayudar a los que van por mal camino. Demos una mirada a una familia que tiene un hijo llamado Jack, quien, desde muy temprana edad, ha tenido serias diferencias con su padre. Un día, cuando tenía diecisiete años, tuvieron una discusión muy violenta. Jack le dijo a su padre: “¡Ésta es la gota que colma el vaso; me voy de casa y jamás regresaré!”. Se fue a su habitación y empacó sus cosas. Su madre le rogó que se quedara, pero estaba demasiado enojado para escucharla, y la dejó llorando a la puerta de la casa.

Al salir del jardín y casi en el momento que pasaba por el portón, oyó que su padre le llamaba: “Jack, reconozco que en gran parte es mi culpa el que te vayas de casa, y sinceramente lo siento. Pero deseo que sepas que si alguna vez deseas volver a casa, siempre serás bienvenido. Trataré de ser un buen padre y quiero que sepas que te amo y que siempre te amaré”.

Jack no dijo nada, siguió hasta la terminal de autobuses y compró un pasaje hacia una ciudad distante. Mientras viajaba y contemplaba el paso de los kilómetros, pensó en las palabras de su padre. Se dio cuenta de todo el valor y el amor que habían sido necesarios para que su padre dijera esas palabras. Su padre se había disculpado; lo había invitado a regresar y en el aire de aquel verano resonaban sus palabras: “te amo”.

Jack se dio cuenta de que el próximo paso lo debía dar él. Supo que la única forma de encontrar paz interior era demostrarle a su padre el mismo grado de madurez, de bondad y de amor que su padre le había demostrado. Jack se bajó del autobús, compró un pasaje de regreso y emprendió el camino a casa.

Llegó poco después de la medianoche, entró en la casa y encendió la luz. Allí, en la mecedora, estaba su padre, con la cabeza inclinada. Al ver a Jack, se levantó y ambos se abalanzaron a abrazarse. Más tarde, Jack dijo: “Esos últimos años que viví en casa fueron unos de los más felices de mi vida”.

He aquí un padre que, superando su cólera y controlando su orgullo, decidió rescatar a su hijo antes de que se convirtiera en parte de ese “batallón perdido” que proviene de familias divididas y hogares destrozados. El amor fue el vínculo unificador, el bálsamo curativo; el amor que se siente tan a menudo pero que pocas veces se expresa.

Desde el monte Sinaí retumba en nuestros oídos: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20:12), y más tarde, escuchamos de ese mismo Dios la orden de vivir “juntos en amor” (D. y C. 42:45).
Seguir el camino del Señor

Arrodíllense a orar; sirvan diligentemente; ayuden a aquellos que van por mal camino. Cada uno es un componente vital del diseño preparado por Dios para hacer de nuestra casa un hogar, y de un hogar un cielo.

El equilibrio es la clave en nuestras sagradas y solemnes responsabilidades en nuestros hogares y en nuestros llamamientos en la Iglesia. Debemos tener sabiduría, inspiración y un buen criterio al velar por nuestras familias y cumplir nuestros llamamientos de la Iglesia, ya que ambos son de vital importancia. No podemos descuidar a nuestras familias y no debemos descuidar nuestros llamamientos en la Iglesia.

Edifiquemos de la manera correcta, siguiendo Su diseño; entonces el Señor, que es nuestro inspector en esa construcción, nos dirá, como lo hizo cuando se le apareció a Salomón, constructor de otra época: “Yo he santificado esta casa que tú has edificado, para poner mi nombre en ella para siempre; y en ella estará mis ojos y mi corazón todos los días” (1 Reyes 9:3). Entonces tendremos hogares celestiales y familias eternas y así podremos ayudar, fortalecer y bendecir a otras familias.

Ruego de manera muy humilde y sincera que cada uno de nosotros reciba esa bendición. En el nombre de Jesucristo. Amén.
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Nota
1. 1.

Carta de la Primera Presidencia, 11 de febrero de 1999; véase Liahona, diciembre de 1999, pág. 1.